Martes 20 de Octubre de 2020

Hoy es Martes 20 de Octubre de 2020 y son las 14:46 Tomemos Conciencia. "No me preocupan los corruptos y ladrones." Me preocupa todo un pueblo que mira con indiferencia el comportamiento mafioso.

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21 de julio de 2018

FECHA PATRIA CON MANUAL DEL BUEN ARGENTINO. Por :Lic. Francisco Scolaro.

Es bueno pensar

La última visita que hizo Ortega a la Argentina fue en 1939.
en una famosa conferencia (conocida como Meditación del pueblo joven), dijo:
“¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. . .

FECHA PATRIA CON MANUAL DEL BUEN ARGENTINO         Por : Lic. Francisco Scolaro. 

Cuando alguien le preguntó al travieso Gilbert Keith Chesterton qué opinión tenía de los franceses, respondió: “Apenas trato a unos pocos. No los conozco a todos. ¿Qué puedo opinar yo?”

Resultado de imagen para Gilbert Keith Chesterton                                                             Al ofrecer esta respuesta, quizá sin pensarlo, nos remitía a un complejo asunto psicológico, de raíces filosóficas, que se remonta a la época medieval; muy difícil de resolver, por otro lado, ya que no es posible hablar en términos universales sobre cosas o personas que abarcan un carácter colectivo, casi siempre contaminado de cierto egoísmo o de un contundente narcisismo.

Cuando el filósofo español José Ortega y Gasset arribó por primera vez a la Argentina en compañía de su padre, don José Ortega Munilla, allá por 1916, percibió enseguida que lo que se hace en este complejo país es dislocar lo real y, por lo tanto, las ideas que se elaboran son casi siempre una forma exagerada de la realidad, que roza con aguas muy próximas a las de la falsificación. Teniendo en cuenta, por supuesto, que exagerar también es algo propio del pensamiento de todos los tiempos.

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Ortega ofreció otro reparo a la hora de analizar con su escalpelo intelectual, al llamado “ser argentino”. Prudente en su manera de pensar, pues él mismo se consideraba en su relación con nuestro país una suerte de “entusiasta que está de paso” (o un “argentino imaginario”, como se definió ante Victoria Ocampo; es decir, un compatriota más del cual no podría surgir, como tampoco era de esperar de un extranjero, ninguna verdad absoluta respecto del pueblo que visitaba). Aunque se atrevió, sin embargo, a postular libremente sus ideas.

A pesar de lo dicho, Ortega nunca consideró a la gente de esta tierra como seres egoístas “porque con egoístas no se podría hacer, en un siglo, un pueblo con el nivel de la Argentina”. Nos ve narcisista y volátiles, eso sí. Pues “el argentino no tiene puesta su vida en nada, pero tampoco es su persona lo que más le importa sino lo que le preocupa es la idea que él y los demás tienen de su persona”. Ahora bien, entre el narcisista y el egoísta (a pesar de que ambos términos suelen ser considerados sinónimos) hay puntuales diferencias. El egoísta es, por definición, un hombre con pocos ideales que procede en función de sí mismo y de sus propios beneficios, y que rara vez se trasciende; en cambio, el argentino es un idealista compulsivo ya que tiene puesta su vida en una cosa que no es él mismo sino la idea que tiene de sí mismo. Vive atento a una figura ideal que de sí mismo posee, se gusta a sí mismo y le interesa, a su vez, parecer lo mejor del mundo. El argentino nace con una fe ciega en el destino glorioso de su pueblo (y de su propia persona) y es esa una de las grandes fuerzas que asociadas a su narcisismo individualista, empujan al país. Al observar esta actitud, sentenció Ortega con una buena cuota de ironía: “El argentino es demasiado Narciso; qué duda cabe, vive absorto en la atención de su propia imagen y lo grave es que se acostumbra el individuo a negar su ser espontáneo en beneficio del personaje imaginario que cree ser y, por lo tanto, al intentar hablar con él y buscar su intimidad, nos presenta su imagen ideal. Aguda observación, sin ninguna duda, e inteligentemente diferenciadora.

La última visita que hizo Ortega a la Argentina fue en 1939, vino con su familia y se extendió por casi tres años. Su intención era radicarse entre nosotros. Por esa época, en una famosa conferencia (conocida como Meditación del pueblo joven), concluyó con unas palabras que aún martillan nuestra memoria: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcicismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.

Ortega descubrió que la vida argentina tenía otra edad que la de Europa, era una vida adolescente y, por lo tanto, descontenta, habituada a sentir angustias, apetitos indecisos y vastos que no se logran nunca, pero donde las pasiones funcionan a toda máquina con plenos y recientes hechos que hacen de resortes para proyectarla. Y confiesa Ortega que ha venido “a esta tierra a llevarse juventud, algo que sobra en la Argentina y se ha agotado en Europa. Esa fuerza que le poda al hombre decrepitudes y lo instala en un mundo nuevo, en una vida nueva…”

Ha pasado demasiado tiempo de aquella última visita con la que nos honrara Ortega y sigue siendo difícil entender a los argentinos. Gente enrevesada como pocas en el Planeta. Nos cuesta aceptar la realidad y acaso para justificarnos podemos echar mano a unos versos del poeta César Fernández Moreno que también nos retrata en buena medida:

Y bueno soy argentino…

así engendrado y concebido

me muevo como buzo ágil a distintas alturas de la sociedad,

o como avión con base bien situada y mucha autonomía de vuelo…

En un almuerzo que con mis amigos Ricardo Freixá y Raúl Casal tuvimos en Buenos Aires con el filósofo Julián Marías en los años 80, el ilustre discípulo de Ortega, recuerdo que fue más contundente que su maestro y nos retrató con menos piedad que acritud cuando le preguntamos con tímido complejo de inferioridad que opinaba de nosotros:

Ardua tarea definir a los argentinos, en lo individual sois asombrosamente maravillosos y complejos, de una dualidad apabullante. Ni ustedes mismos se reconocen en ustedes -empezó a solazarse don Julián, mientras yo encendía mi grabadora-. Pues beben en la misma copa la alegría y la amargura. Todo lo quieren hacer al mismo tiempo y siempre se quedan cortos. Toman en serio todos los chistes y de todo lo serio hacen bromas. Tienen devoción por Freud, pero le discuten la interpretación de los sueños. Visitan al médico y al curandero a un mismo tiempo. Se mofan de los mitos religiosos; lo tratan a Dios como al vecino y en algunos tangos, hasta lo apodan “el flaco” o “el barba”. No renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones. Es casi imposible discutir con ustedes porque opinan de cualquier cosa y en un almuerzo o en una mesa de café lo arreglan todo; no sé, parecen el pueblo elegido. Ahora bien, detrás de tanto “fuego amigo” y tanta mezcolanza de intereses cruzados yace un sistema político disfuncional y perezoso, inmerso en una sociedad caracterizada por un atributo singular: existe una tendencia generalizada por la cual ante cada desafío, tensión o problema, los responsables tienden a poner la culpa en algún “otro”. Aquí siempre “el otro” es el culpable. Esto complica la interacción entre quienes deberían ser parte de la solución que, dada esta predisposición a ver la paja en el ojo ajeno, terminan siendo parte del problema.”

Además de darle la razón y agradecer a este pensador por tan valiosa crítica, que aportó nuevos conceptos al desbarajuste estructural que tenemos como individuos y como sociedad, detengámonos en la compleja realidad que nos toca sobrellevar por estos días que tropiezan. Agreguemos que los orígenes de nuestros males ya son remotos y desesperanzadores. Digamos, también, que en el manual del buen argentino siempre existe la retórica del zafar o tirar la pelota afuera para echarle la culpa al otro. En el presente seguimos con un relato oficialista que hace hincapié en la “herencia recibida” o en la “crisis de los mercados emergentes”. Mientras que la oposición junta fuerzas y se reconstruye apoyada en esa debilidad, cada día se exponen más quienes nos gobiernan.

En ese tire y afloje, el oficialismo se queja de que los empresarios suben los precios en un contexto de incertidumbre y volatilidad que se les ha ido de las manos, con un dólar indetenible y una inflación que, en consecuencia, supera el 30 por ciento y sigue sumando pobres. Sostiene, además, que los opositores bloquean sus iniciativas en el Congreso o presentan propuestas que implican más gastos, y de que un llamado “círculo rojo”, al que pertenecen ellos mismos, no comprende su visión prístina de las cosas, leyendo la realidad con intenciones bastardas y meramente mercantilistas. Eso hace, según este relato, que las presiones a las que se encuentra sometida la sociedad le den al momento una dramaticidad inquietante.

Como siempre, o desde siempre, el mismo error y la insistencia de seguir tropezando con una idéntica piedra. Todos, gruesos errores iniciales de diagnóstico, basados en escenarios idealizados o simplistas del mundo y del país que nos han llevado al fracaso; sobre todo en la comunicación de un panorama general que no acierta con una salida posible. Extravagante diseño de gestión que se ha ido vaciando de autoridad e iniciativa generando un cuello de botella insostenible con dibujados presupuestos alejados de un cotidianeidad cada vez más insostenible para todos. Porque nadie se salva de la volteada.

La procesión va por dentro y sin camino de salida ni horizonte a la vista. Todos los rumbos conducen a un desfiladero que desemboca en un abismo; aunque, según el equipo gobernante, se maduran cambios muy importantes tanto en la agenda y en el método de toma de decisiones como en el seno del gobierno que aún espera cándidamente una lluvia de inversiones o la reencarnación de brotes verdes, para decirlo de una manera poética. Esas tribulaciones estarán determinadas por una tensión clave que amenaza las elecciones de 2019.

Los sindicalistas y los líderes de los movimientos sociales no son, como era de esperar, la excepción a esta regla. En un contexto de caída del salario real y brutal puja distributiva, los sectores con ingresos fijos son los que más pierden y sufren. La inflación devora todo. Los mecanismos de indexación existentes, aunque imperfectos, tienden a limitar -así sea parcialmente y no dudamos que con buenas intenciones- este fenómeno. Para evitar agravar la conflictividad social y que se desplome el consumo (y mantener vivas las esperanzas de cara a las elecciones del año próximo), tanto el Gobierno como el sector privado, incluyendo a la oposición, muestran cierta flexibilidad frente al adversario y todos postulan el diálogo. Entre sordos y mudos, claro.

Sin embargo, el reciente documento de la Pastoral Social  aparece como una llamada de atención respecto de cuáles son los sectores más vulnerables y, por consiguiente, los más afectados por la crisis. A la distancia aún, pero visible, un movimiento llamado En Marcha, estimulado por la Iglesia y por el Papa sigue convocando adherentes.

Así transcurren los días de la Argentina, con un sistema político que tambalea y en el que todos consideran que los demás son responsables de los principales problemas que deben solucionarse en conjunto y protegiendo a los débiles. El conjunto, con individualidades cada día menos representativas, constituye una expresión palmaria de que los mecanismos institucionales formales funcionan pésimamente. Y esto no tiene que ver con ideologías ni políticas económicas de shock o gradualismo, sino con la ausencia de una infraestructura básica para debatir, elaborar, implementar y monitorear políticas públicas consistentes, coordinadas y sustentables para desarrollar un país que lleva décadas desperdiciando oportunidades.

Un círculo vicioso asfixiante y decadente que es imprescindible romper se cierne amenazante sobre la ciudadanía. Ese motivo, más que ningún otro, debiera impulsar ya mismo a un diálogo nacional y a consensuar en serio, con entrega y humildad, acuerdos fundamentales para sacar el país adelante. El conocimiento de unos pocos y el desconocimiento hacia las mayorías es el peor riesgo que asume la República por parte de su dirigencia. Ya ni el día de la Independencia se ha podido festejar como Dios manda, pues el manual del buen argentino naufraga en el inadmisible fracaso. Y unos por allá y otros por aquí realizan actos de puro desencuentro que se abisman, cada vez más, en el narcisismo argentino puntualizado por dos piadosos españoles amigos.                          

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