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25 de octubre de 2018
EL ESCÁNDALO DEL CONSULADO . Mohamed bin Salman, el príncipe que se creyó invencible.
“La pregunta ahora es si Salman mantendrá su apoyo a este hijo que se ha convertido en persona non grata en Washington, quizás no en la Casa Blanca pero sí en el Congreso y en la prensa,

Mohamed bin Salman, el príncipe que se creyó invencible    El escandalo del consulado .                                                                     El hijo favorito del rey Salman concentra un poder sin precedentes en Arabia Saudí, pero tiene también muchos enemigos.

Mohamed bin Salman, el príncipe que se creyó invencible                                         El príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, durante su visita al Pentágono, en Washington, el pasado mes de marzo (Cliff Owen / AP)

No hace tanto, apenas tres años y medio, Mohamed bin Salman era un príncipe saudí más en una familia real legendariamente extensa, que como tantos de sus tíos y primos se entretenía con la bolsa y los negocios y alguna que otra veleidad filantrópica.                            Todo cambió cuando su padre, Salman, ascendió al trono en enero del 2015.                  Mohamed emergería de las sombras, acumulando más poder que ningún otro príncipe antes, y en cuestión de meses pondría patas arriba Arabia Saudí, donde los cambios siempre llegaban a cuentagotas, con un discurso de transformación que embelesaría no sólo a jóvenes y mujeres saudíes sino también a los líderes occidentales.                                          Nacido en 1985, es el primogénito de la tercera y última esposa de Salman, Fahda. De todos los vástagos, no era el que parecía mejor colocado frente a sus admirados tres hermanos mayores, hijos de la primera mujer.                                                                                              Pero tenía una cualidad que le hizo pasar por delante de todos: era el favorito de Salman.    Creció pegado a él.                                                                                                                              Tenía 12 años cuando empezó a acompañar a su padre, entonces gobernador de la provincia de Riad, a las reuniones.                                                                                                                    Según su biografía oficial, ya en la escuela destacó por su inteligencia, al graduarse entre los diez mejores estudiantes del reino. Algunos enemigos le han descrito como un niño rechoncho que recibía burlas y pasaba mucho tiempo solo.                                                          A diferencia de muchos príncipes, que van a la universidad en el extranjero para probar las libertades occidentales, Mohamed prefirió quedarse en Riad, cerca de su padre. Se licenció en Derecho en la Universidad Rey Saud, segundo de su promoción. Cuentan que nunca fumó, bebió alcohol ni le gustaron las juergas. Hizo sus pinitos en el mundo de los negocios inmobiliarios y la bolsa, y mostró intereses filantrópicos con la fundación MiSK, cuyo apoyo a los jóvenes emprendedores le valió en el 2013 el premio de la edición regional de Forbes.  “Decide sin pensar en las consecuencias; a veces me pregunto si es paranoico, pero es muy inteligente”.                                                                                        Al llegar al trono, Salman nombró a su hijo favorito ministro de Defensa –con 29 años, el más joven del mundo– y en pocos meses lo puso al frente del monopolio estatal de petróleo y el órgano de inversión pública. Mohamed, a quien empezaron a llamar MBS, no tardó en mostrar sus ambiciones. Lanzó una campaña militar en Yemen (que ha acabado en desastre), montó un boicot a Qatar, anunció una transformación económica para reducir la “adicción” al crudo y proclamó que Arabia Saudí debía dar la espalda al islam radical. Inversores extranjeros, y también los jóvenes saudíes, estaban entusiasmados con el aire fresco. En una decisión que retrospectivamente parece una pieza de un plan maestro, Salman designó príncipe heredero a Mohamed bin Nayef, ministro de Interior y primero de los nietos de Ibn Saud, fundador del reino, que llegaba a la primera línea de la sucesión. Significativamente, Salman se aseguró de limitar su poder, integrando su corte real en la del rey, que presidía su hijo.                                                                                                                    El ascenso del príncipe comenzó a levantar ampollas en la familia real, donde circuló una carta criticando su arrogancia y llamando a un golpe de palacio. Pero en junio del 2017 los Salman se adelantaron: Bin Nayef fue defenestrado y Mohamed fue nombrado heredero. Se quitó de la cartera de Interior la inteligencia y el contraterrorismo, que pasaron a estar bajo Bin Salman. La purga se consolidó en noviembre, con la detención de cientos de príncipes y poderosos empresarios en una supuesta “operación anticorrupción”. Entre ellos, Miteb bin Abdulah –hijo del fallecido rey Abdulah y aspirante al trono–, destituido al frente de la Guardia Nacional, la última rama de las fuerzas de seguridad que escapaba a Bin Salman.    Al conceder a su hijo, uno a uno, todos los resortes del poder, Salman “destruyó el principio de consenso” que imperaba en la casa de los Saud para atajar las luchas fratricidas tras la muerte del patriarca, señala David Ottaway, del think tank estadounidense Wilson Center y gran conocedor del entramado de poder saudí. “Es trágico, porque Salman siempre había sido el gran conciliador en la familia real, el que resolvía las disputas internas, hasta que decidió que su legado iba a ser su hijo favorito”, lamenta Ottaway.                                                                                           “Puede sorprender, pero en Arabia Saudí había una cierta descentralización del poder”, añade el experto. Los ministerios se repartían entre los clanes familiares, mientras que Petróleo y Finanzas estaban en manos de tecnócratas.
“Mohamed y su padre han sido muy estratégicos al colocar a miembros leales del clan Salman en los cargos clave. 
Nunca un príncipe había concentrado tanto poder”, dice Courtney Freer, analista del Middle East Centre de la London School of Economics.
El escándalo Khashoggi ha lanzado por los aires la imagen de reformista cultivada por Mohamed bin Salman, que tantos elogios le ha valido desde los gobiernos occidentales. Sus decisiones de quitar el poder a la policía religiosa, de abrir cines y salas de conciertos, de permitir conducir a las mujeres, de repente parecen chiquilladas al lado de la imagen siniestra de un príncipe que se cree tan invencible como para mandar asesinar a un periodista crítico en un consulado.
“Es impetuoso: toma decisiones sin pensar en las consecuencias de sus actos. Es errático. A veces me pregunto incluso si es paranoico. Es narcisista, como Trump. Pero no se puede negar que es muy inteligente y trabajador, de los que llega a las reuniones con los informes estudiados al detalle”, le describe Ottaway.
Hace tiempo que los activistas advertían de la cara oscura del príncipe, que decía que detenía a imanes radicales pero aprovechaba para apartar a reformistas religiosos, que pide la pena de muerte para un economista crítico con sus reformas, que tiene detenidas en aislamiento a feministas mientras presume de defender los derechos de la mujer.
Para Adam Coogle, investigador de Human Rights Watch, Bin Salmones un monstruo fabricado por EE.UU. “El factor decisivo en su ascenso fue el apoyo de la Administración Trump, particularmente su romance con el yerno del presidente, Jared Kushner”, dice Coogle. Hasta entonces, el hombre de EE.UU. era Mohamed bin Nayef, muy respetado por su trabajo en la lucha antiterrorista entre las agencias de seguridad y el ejército estadounidenses, que han visto con aprensión el auge del joven e irreflexivo príncipe. La noticia de que Bin Nayef había sido defenestrado y puesto bajo arresto domiciliario (al parecer así sigue) “cabreó a muchos en Washington”, señala Coogle.
Bin Salman se ha ganado muchos enemigos en la casa real saudí que podrían ver en el escándalo Khashoggi la oportunidad que esperaban para acabar con él. Pero tras la implacable purga de los Salman, no está claro que quede nadie con capacidad para dar un golpe palaciego. “Sólo el rey Salman, si abre los ojos a que su hijo favorito está fuera de control y es un peligro, puede quitarle del poder”, opina Ottaway, quien piensa que quizá el rey es el “único que decía la verdad” cuando aseguró a Trump que no sabía nada de lo ocurrido con Khashoggi.
Se rumorea que el rey padece demencia senil y que Bin Salman ha logrado extender sus tentáculos de poder y aislarlo, pero Ottaway cree que Salman aún manda. Señala un precedente significativo, cuando Bin Salman pretendió sumarse al plan de paz palestino-israelí de Kushner. “El rey se puso firme y se negó”.
“La pregunta ahora es si Salman mantendrá su apoyo a este hijo que se ha convertido en persona non grata en Washington, quizás no en la Casa Blanca pero sí en el Congreso y en la prensa, y que ha hecho un daño irreparable a la relación entre Arabia Saudí y Estados Unidos”, concluye Ottaway.                    Hace tiempo que los activistas advertían de la cara oscura del príncipe, que decía que detenía a imanes radicales pero aprovechaba para apartar a reformistas religiosos, que pide la pena de muerte para un economista crítico con sus reformas, que tiene detenidas en aislamiento a feministas mientras presume de defender los derechos de la mujer.                                                                                                                 
Para Adam Coogle, investigador de Human Rights Watch, Bin Salmanes un monstruo fabricado por EE.UU. “El factor decisivo en su ascenso fue el apoyo de la Administración Trump, particularmente su romance con el yerno del presidente, Jared Kushner”, dice Coogle. Hasta entonces, el hombre de EE.UU. era Mohamed bin Nayef, muy respetado por su trabajo en la lucha antiterrorista entre las agencias de seguridad y el ejército estadounidenses, que han visto con aprensión el auge del joven e irreflexivo príncipe. La noticia de que Bin Nayef había sido defenestrado y puesto bajo arresto domiciliario (al parecer así sigue) “cabreó a muchos en Washington”, señala Coogle.



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