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22 de diciembre de 2018
LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA CASA BLANCA. LAVANGUARDIA|Internacional . Chau Afganistán.
A punto de cumplirse dos años de su llegada a la Casa Blanca, Donald Trump, sus votantes y el mundo empiezan a ver claro que ni México pagará por el muro que prometió en la frontera sur ni el Congreso le va a dar el dinero que pide para las obras.

LAVANGUARDIAInternacional.                                                           Y ahora un pie fuera de Afganistán.

Y ahora un pie fuera de Afganistán

A punto de cumplirse dos años de su llegada a la Casa Blanca, Donald Trump, sus votantes y el mundo empiezan a ver claro que ni México pagará por el muro que prometió en la frontera sur ni el Congreso le va a dar el dinero que pide para las obras. No lo ha conseguido hasta ahora y no lo va a lograr cuando, en enero, los demócratas recuperen el control de la cámara baja, aunque vaya a llevar el pulso hasta el final. Anoche se disponía a dejar al Gobierno sin fondos el tiempo que haga falta hasta que le den “el muro, la barrera o como lo quieran llamar”.                                                                                                                                             Pero hay algo que Trump prometió y sí puede hacer por su cuenta, como comandante en jefe de los Estados Unidos: ordenar el retorno de las tropas desplegadas en el extranjero.                                              En un ambiente de absoluto caos político en Washington, apenas un día después de anunciar el final de la misión antiterrorista en Siria y el retorno de 2.000 soldados, Trump ordenó al Pentágono que inicie los preparativos para retirar a 7.000 efectivos de Afganistán, la mitad de los actualmente destinados en el país asiático después de 17 años deguerra.

El presidente ordena al Pentágono el retorno de la mitad de sus 14.000 soldados

El presidente ha desoído, una vez más, los consejos de sus colegas republicanos, sus analistas y sus militares, incluido el recién dimitido secretario de Defensa, el general de cuatro estrellas James Mattis. En contra de sus instintos, en agosto del 2017 siguió el consejo de Mattis y anunció un pequeño aumento de tropas en Afganistán para intentar, una vez más, garantizar que se dieran las condiciones sobre el terreno para la retirada.                                                                                                                                                                Algunos senadores le han recomendado que vaya al país y vea el trabajo que hacen los soldados estadounidenses, pero Trump ve Afganistán como una causa perdida.                                                               Los 100.000 efectivos que Estados Unidos llegó a tener desplegados en el 2010 se rebajaron a 10.000 en el 2015 con Barack Obama pero el empeoramiento de la situación aconsejó a su sucesor un nuevo aumento de tropas. Aproximadamente la mitad de los 14.000 efectivos actuales están consagrados a formar a soldados del ejército nacional afgano, mientras la otra mitad se dedica a tareas de combate. La misión forma parte de una operación de la OTAN a la que otros países, entre ellos España, aportan otros 8.000 efectivos. La retirada, por tanto, se deberá pactar y será progresiva.

El asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, uno de los halcones de la actual Administración, también desaconsejó ambas decisiones al presidente, al igual que hizo el general John Kelly, su jefe de gabinete, que en unos días abandonará el puesto. Mattis y Kelly formaban parte, junto con Michael Flynn (el dimitido asesor de Seguridad Nacional) y su sucesor, H.R. McMaster, del grupo de militares que el presidente llamaba con aprecio “mis generales” cuando formó su primer equipo.                                                                                  Mattis –que se irá en febrero, según ha decidido él mismo, para facilitar la transición– era el último que faltaba por abandonar la Casa Blanca y lo ha hecho dando un portazo a su actual inquilino, después de soportar un sinfín de desaires y de resistir por sentido del deber con las fuerzas armadas. Su carta de renuncia –Trump presentó inicialmente su salida como una merecida jubilación– es un repudio inequívoco a una concepción de la política exterior que, poco a poco, el presidente, liberado de incómodos filtros, empieza a llevar a la práctica.                                                                                                                                        El personal militar del Pentágono y algunos asesores están intentado hacer cambiar de opinión a Trump sobre la retirada de Afganistán, que aún no ha confirmado personalmente. Sus aliados internacionales contienen el aliento pero parece difícil que cambie de parecer. Mattis, cuyo mayor legado es haber frenado algunos instintos del presidente (como la orden de “matar al jodido Asad” o romper los acuerdos con Corea del Sur, según relata Bob Woodward en Miedo), acudió el jueves al despacho oval para intentar disuadirlo y salió dejando sobre la mesa su carta de dimisión.                                                                                                      El repliegue de tropas no es sin embargo ninguna ocurrencia de última hora de Trump. La decisión forma parte de una concepción de la política exterior profundamente aislacionista que conecta con el hartazgo de muchos estadounidense con el coste económico y vital de tantas guerras lejanas pero que se aleja de décadas de doctrina intervencionista de los republicanos. Trump, ya lo dijo el jueves, no quiere ser “la policía del mundo”. Sólo algunos conservadores –los más radicales, la mayoría herederos del Tea Party– han aplaudido sus últimas anuncios. Mattis era una de las tres personas que, según el senador republicano Bob Corker, presidente de la comisión de Exteriores, ayudaban a “alejar a nuestro país del caos”. Todas las demás se han ido ya.

 



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