Hoy es martes 16 de julio de 2019 y son las 22:43 hs. “Queremos evitar que Nisman vuelva a morir”. Que los jueces cumplan con la Justicia, o que la Justicia alcance a los Jueces.

10 de abril de 2019
ME HUBIESE ENCANTADO… Pluma de ganso o ganso con pluma de Internet. Por el Dr. Daniel Enrique Butlow
Acabo de vencer la disposición formal contenida en el Art. 1633 bis del Código Civil… y en su sucesor, el Art. 1264 del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, actualmente vigente.

ME HUBIESE ENCANTADO…

Pluma de ganso o ganso con pluma de Internet.

Por el Dr. Daniel Enrique Butlow (*)

consultas@arquilegal.com

Los auspiciantes de este escrito, agradecen  la generosa  colaboración de S.S. Juan Pablo I,  Oscar Wilde, Elías Canetti, Jean Paul Sartré, Imré Kertesz, Jorge Joaquín Llambías, Luís María  Rezzónico, Edmundo Gatti, Agustín Alberto Gordillo y los Copiones, sin cuya asistencia hubiera resultado imposible.

Allí está la respuesta.                                                                              Esos no son adicionales, sino trabajos correspondientes a un nuevo contrato de locación de obra que por tanto, no tienen porque estar expresados por escrito.                                                                          Acabo de vencer la disposición formal contenida en el Art. 1633 bis del Código Civil… y en su sucesor, el Art. 1264 del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, actualmente vigente.

Me hubiese encantado ser el descubridor de la diferencia, pero ya lo había hecho Rezzónico, en su Tratado de los Contratos.

Cuanto talento hay que tener, para poder comprimir en una sola frase, la solución jurídica de tantos casos que nos desvelan.                                     Me hubiese encantado inventar aquello de que el Derecho, no es una física de las relaciones humanas, pero claro…fue creada por Llambías y yo debo conformarme con citarla…

Advierto hoy, que he mal usado la defensa de abuso del derecho, durante más de 30 años.                                                                                              Es lógico y resulta casi mágico, pensar que si hay abuso no puede haber derecho y si hay derecho no puede haber abuso.                                Lamento que haya sido a Edmundo Gatti y no a mí, a quién se le ocurrió, pero me alivia pensar que fue mi profesor de derechos reales y sigue siendo un abogado extraordinario.

Cuando soy “víctima” de una fuerte crítica suelo contestar “que toda crítica es una autobiografía” y cuando se discute sobre buena fe suelo sorprender a mi contrincante con aquello de que “la mala fe, también es fe”, pero trato de no evitar un agregado puntual:                                                                  La primera frase no es mía, sino de Oscar Wilde y la segunda, ni más ni menos que de Jean Paul Sartré.

Copiar, robar ideas ajenas o hacerse el olvidadizo para no citar la fuente, no es tan buen negocio como parece…

 Es cierto que momentáneamente permite engañar a muchos y satisfacer un despiadado narcisismo al lograr provisoriamente apariencia de profundidad, estudio, inteligencia, o aún brillantez, pero también es cierto, que como todo fraude, generalmente se descubre y resulta imperdonable para los defraudados.

Además, claro está, que como en estas cuestiones no es posible el autoengaño (porque uno sabe desde el fondo del corazón a quien copió, cuando lo hizo, de donde y porqué), comienza a crecer dentro del simulador, la semilla de la autodenigración, que lo hace comprender, su incapacidad para crear o su oculta confesión de inferioridad intelectual.

El copiador padece también otros efectos terminales. Descubierto el primer fraude ya no se confía más en él, aunque se haya transformado a posteriori en un creativo. Cuando hace cuatro décadas le pregunté a Agustín Gordillo que hacía con los copiadores de sus libros y artículos, sonrío y me dijo: Muy sencillo, no los cito nunca más…

 Tenía razón. Para un escritor de verdad, la condena al ostracismo es la más brutal y severa sentencia.

La copia representa además una flagrante expresión de inmadurez. Es por ello, que los niños siempre copian y también hay copia, cuando se opina o se escribe siempre lo contrario al copiado, con esa estrategia tan común y reiterada por los adolescentes, que necesitan contradecir, para resultar llamativos.

El delincuente suele defenderse utilizando la excusa absolutoria de diferenciar la copia del seguimiento de un estilo. No es mala idea, pero tiene sus límites…

Durante años frecuenté un restaurant “MUÑICH” con regular comida alemana.                                                                                                        Su gran cartel luminoso atraía a los transeúntes y por algún motivo desde lejos se advertía una incomprensible tilde sobre la “N”.                            Cuando un día me tomé el trabajo de leerlo de cerca apareció casi en letra imperceptible la palabra “estilo”. No era un tilde…era un fraude.

Todos tenemos el derecho a habilitar y explotar un restaurant alemán, pero solo uno a llamarlo “Munich”, es decir el dueño de la marca o quien la creó y registró a su nombre.

Otra pretendida excusa absolutoria sería asumir que “todos lo hacen”, es decir, una mala costumbre aceptada, a lo que se podría contestar que “una cosa mala sigue siendo mala, aunque la hagan todos”.                          También me hubiera encantado que esta frase fuera mía, pero le corresponde a Albino Luciani, es decir, al Papa Juan Pablo I y no es bueno copiar al Papa en tiempos de beatificaciones.                                            No ha existido una gran evolución espiritual en materia de copias.            Tanto hace seiscientos años, cuando se lo hacía bajo la luz de la vela y con pluma de ganso, como ahora cuando lo hace el ganso con pluma de Internet, estamos en presencia de un pecado moral y un delito criminal.

El copiador debe ser puesto al descubierto por el ofendido porque está en juego la salud de ambos y también la de los incautos que no lo saben.

Al fin y al cabo y como terapia de apoyo para los ingenios copiones, debe recordárseles aquella solución que sentó el Premio Nobel de Literatura Imré Kertesz al señalar que “el escritor debe cuidarse sobre todo de volverse ingenioso, cuando ya no tiene nada para decir.”

 (*) Abogado y Profesor titular honorario de arquitectura e ingeniería legal.

 

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