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3 de octubre de 2019
Al Presidente, Doctor Victorino de la Plaza ...
"Su vida y trayectoria deberían ser ejemplo para políticos contemporáneos . . . "

Es la Historia individual de un Gran Hombre.
Y un claro ejemplo de lo que era nuestro país en tiempos en que la movilidad social gozaba de plena vigencia merced a la irresricta aplicación de los principios liberales de la sabia Constitución Nacional de 1853/60, y los lineamientos trazados por la recordada Generación del Ochenta.
Dr​. Horacio Galvez.
 
Cruzada Conservadora  rinde homenaje al Dr. VICTORINO de la PLAZA.
Injustamente muy poco recordado pese a que su vida y trayectoria deberían ser ejemplo para políticos contemporáneos...
Así comenzó a hablando el señor Presidente de Cruzada Conservadora junto a un nutrido grupo de Conservadores Salteños y de la Provincia de Bs As. Para ser breve resumo aquí lo importante de su Obra de  Gobierno:
 
Afirmación de la neutralidad argentina en la Primera Guerra Mundial. 
Implementación de la Ley de Voto secreto, universal y obligatorio. 
Creación de la Caja Nacional de Ahorro Postal. 
Firma del “Tratado A.B.C.” (Argentina, Brasil y Chile). 
Sanción de la Ley de accidentes de trabajo. 
Incremento del número de talleres industriales, en particular, metalúrgicos. 
Crecimiento en las exportaciones de carne y caída en las de granos. 
Es creada, mediante una Ley, la Comisión Nacional de Casas Baratas (“Ley Cafferata”). 
Electrificación del tendido ferroviario desde Retiro a Tigre. 
Festejos conmemorativos del Centenario de la Independencia.
 
Esta es una parte de la historia argentina y fundamentalmente de un hombre que merece ser recordado y es injustamente olvidado.                                                                             
 
Que sea ejemplo para las nuevas generaciones.
Uno de los  Padres de la  PATRIA 
Victorino de la  Plaza.                                                                                                                    El estadista silencioso, que comenzó su vida como humilde colla en su Salta natal
Una historiografía tuerta eleva - y con razón - la ley del  voto secreto inspirada y sancionada por Roque Sáenz Peña  y olvida a su vicepresidente, Victorino de la Plaza, que la hizo cumplir cuando su antecesor ya había muerto, por lo que debe adjudicársele como verdadero padre de la  democracia  argentina. 
Más aún, rechazó las reiteradas  embestidas de  los dirigentes políticos de su partido, con la frase expresada en muy baja voz y con los ojos entrecerrados: “seré fiel a la memoria de mi presidente muerto”.  
Y así, el 12 de octubre de 1916, merced a su tenacidad  y decisión, Hipólito Yrigoyen juró como presidente de la República, aunque nunca le hizo justicia a su antecesor, como tampoco se lo ha hecho el pueblo argentino.  
Sin embargo, Victorino de la Plaza merece casi un desagravio nacional. 
Era un niño colla, huérfano de padre, que vendía descalzo en la plaza de su Salta natal las empanadas que su madre cocinaba con empeño, cuando logró ingresar en la escuela gratuita de San Francisco. 
Luego Urquiza lo becó para proseguir estudios en el Colegio de Concepción del  Uruguay, donde estudió con los que serían años más tarde dirigentes de la generación del ochenta.  En los ratos libres lavaba la ropa de sus compañeros para obtener unas monedas hasta que logró emplearse en una escribanía. 
Se recibió con las mejores notas.  
La vida de Victorino es una novela, en la que fue su propio protagonista. 
No supo de halagos y solamente conoció el esfuerzo y el trabajo desempeñado con responsabilidad y notable talento. 
Hablaba, leía y escribía varios idiomas - incluyendo latín -, y se decía que solamente el  papa Pío IX lo aventajaba. 
Cuando vino a Buenos Aires a estudiar derecho, obtuvo una pasantía en el estudio del doctor Vélez Sarsfield para  ganarse la vida. 
En esos días el doctor Vélez iniciaba la redacción del Código Civil y Victorino de la Plaza fue su auxiliar  más  eficaz. 
No fue un simple amanuense, sino un colaborador.                                                                       Ambos eran en extremo laboriosos e iniciaban su jornada  a las cinco de la mañana.
Interrumpió sus estudios para participar en la dolorosa guerra del Paraguay. 
Intervino como Artillero en numerosas batallas, recibió la medalla de plata en Estero  Bellaco y los cordones de honor en Tuyutí. 
Fue ascendido a capitán y el ejército uruguayo lo nombró teniente honorario. 
Ascendido a capitán, debió regresar a Buenos  Aires por  haber contraído una enfermedad, que le impidió continuar en el frente de guerra.
Cuando se recibió de abogado, por sus altas notas fue eximido de pagar la costosa matrícula de la época, de lo contrario no hubiera podido obtener el diploma, según lo  expresó años después.   
El Código Civil, con sus notas, aprobado a libro cerrado por el Congreso Nacional, fue escrito y nuevamente copiado en forma manuscrita  con destino a las prensas de los Estados Unidos por Victorino de la Plaza. 
Sarmiento lo nombró profesor de Filosofía del Colegio Nacional en reemplazo de Pedro Goyena.
Después, su sucesor, el presidente  Avellaneda, lo designó ministro de Hacienda donde brilló con luz propia. 
Solucionó el problema de la deuda y de la crisis internacional de 1876. 
Será años después  diputado por Salta y quien proponga y defienda la nominación de la ciudad de Buenos Aires como Capital Federal en 1880.
Roca lo nombró canciller en 1882 y después ministro de Hacienda, más tarde del Interior y finalmente de Justicia e Instrucción Pública. 
Fue, con Bernardo de Irigoyen y Carlos Pellegrini, uno de los realizadores efectivos de la obra de la generación del ochenta que catapultó al  país hacia el progreso; pero, por encima de todo, fue un gran hacendista, autor de nuestra moneda y de nuestro desarrollo económico.  
Pudo haber sido presidente en 1886, pero un año antes, con su habitual lucidez, comprendió que el sucesor de Roca sería su concuñado, el doctor Juárez Celman.                                    Como no era hombre de controversias, prefirió renunciar e irse en silencio. 
Se trasladó a Londres, donde fue el único abogado de América latina inscripto en ese foro donde estuvo  ¡hasta 1907! 
En ese lapso siguió informado sobre la situación del país, apoyó la reestructuración de la deuda en 1890 y ayudó a realizar las inversiones ferroviarias y la colocación de títulos públicos en la banca inglesa. 
Rechazó los numerosos cargos que le fueron ofreciendo los diversos gobernantes, pero en un viaje a Buenos Aires, en 1899, fue ministro de  Justicia e Instrucción Pública. 
A su definitivo regreso, el presidente Figueroa Alcorta lo nombró canciller y pudo solucionar los graves problemas  planteados con Bolivia. 
Finalmente, Roque Sáenz Peña, candidato a presidente de la República , lo eligió como compañero de fórmula y juraron el 12 de octubre de 1910.
De los seis años de gobierno, Roque Sáenz Peña gobernó efectivamente dos. 
En 1912 enfermó gravemente y el vicepresidente ocupó su lugar en forma interina hasta 1914, año trágico para la Argentina  porque la guerra mundial cerró los mercados internacionales por falta de transportes, y porque murió Roque Sáenz Peña, Julio Argentino Roca, Adolfo Carranza y José Evaristo Uriburu, es decir tres presidentes, entre otras grandes figuras. Con ellos se iba una época de la generación del ochenta.  
Le tocó a Victorino de la Plaza enfrentar la crisis mundial del inicio de la mayor guerra de la historia, y en ese momento se pudo ver su estatura gigantesca de estadista.                              Los grandes bancos extranjeros de los países contendientes se llevaban el oro de la Caja de Conversión. 
Victorino de la Plaza detuvo la  sangría de un solo golpe, interrumpió la convertibilidad, a  cuyo nacimiento él mismo había colaborado, decretó  una moratoria nacional e internacional, cerró todas las operaciones bancarias y creó, novedosamente, un apéndice de la Caja de Conversión en todas las legaciones argentinas del exterior para poder recibir y pagar con oro.
Era un hombre peculiar.                                                                                                              Dominaba todos sus  sentimientos, no se sabía qué pensaba, hablaba con los  ojos entrecerrados - lo que le valió el mote de “Doctor Confucio”.
Cuando le entregó el poder a Irigoyen, salió de la Casa de Gobierno y se fue caminando hasta su domicilio en silencio, mientras el público lo vivaba en el camino.
Murió tres años después, el 2 de octubre de 1919.
Así se desempeñaban estos hombres de aquella LEGIÓN DE CONSERVADORES  de la  GENERACIÓN del 80.
Nuestra ETERNA GRATITUD Dr. de la PLAZA.
FernandoCastro Pintos
Presidente.


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