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4 de marzo de 2020
CINCO PRUEBAS QUE EL PROGRESISMO . . .
se ha transformado en una ideología intolerante .

LOS EJEMPLOS QUE DEMUESTRAN SU CLARA INCAPACIDAD PARA ACEPTAR LA DISCREPANCIA.

En las últimas décadas, el progresismo se ha convertido en la ideología hegemónica en gran parte de Occidente.                                                                                                                Para lograr esa posición dominante ha aplicado justo lo que achaca a sus adversarios.

Y es que si nos fiamos del discurso progresista, los conservadores son personas intolerantes y enemigas de la democracia. 

De hecho, a menudo los progresistas ya no hablan de derechistas o de conservadores, sino de fascistas, a pesar de que el fascismo es una ideología surgida del socialismo (Benito Mussolini fue dirigente del Partido Socialista justo antes de fundar el Partido Fascista).

A decir verdad, el progresismo está aplicando en el debate de ideas un mecanismo de defensa que la psicología denomina proyección, y que consiste en achacar a los demás los propios defectos o carencias a fin de considerarse libre de los mismos.

En el mismo sentido, cuando el progresismo ataca a los conservadores acusándoles de intolerantes, no hace más que crear un reflejo de sí mismo, a juzgar por pruebas como las siguientes:

1. Considera toda discrepancia como una fobia o un signo de odio

Es realmente pasmoso observar que sociedades que se creen tolerantes, abiertas y democráticas se han dejado colonizar ideológicamente por el discurso progresista hasta el extremo de acusar de fobias -es decir, temores enfermizos- a todo el que contradice sus postulados. Términos como homofobia, transfobia, islamofobia y xenofobia se han convertido en palabras-policía para censurar a quienes discrepan de dogmas progresistas como la ideología de género, la corrección política, el multiculturalismo y el internacionalismo. De igual forma, el progresismo insiste cada vez más en acusar de discursos de odio a todos los que lo contradicen, llegando al extremo de negar la libertad de expresión bajo la excusa de que el odio no cabe en ese derecho. ¿Y qué es el odio? Pues todo lo que le molesta a un progresista. Es un discurso genuinamente intolerante que se intenta disfrazar con una falsa imagen de tolerancia para que parezca más aceptable.

2. Considera que todo el que discrepa es un extremista

Como consecuencia de lo anterior, el progresismo ha asumido la falsa idea de que todo el que discrepa es un extremista. Palabras como ultraderechista han dejado de aplicarse a partidarios del fascismo (a pesar de que, como ya he señalado, esa ideología totalitaria procede del socialismo) y han empezado a aplicarse a liberales, conservadores y democristianos de forma indiscriminada, hasta el punto de trivializar al verdadero fascismo y a su hermano menor, el nacional-socialismo. De igual forma, el progresismo tacha de ultracatólico a todo aquel católico que no suscribe sus tesis ideológicas, que en su amplia mayoría chocan abiertamente con la visión cristiana de la sociedad.

Curiosamente, el progresismo no aplica términos similares a los musulmanes, tal vez porque ve al Islam como un aliado en su discurso antioccidentalista. De igual forma, es dificilísimo ver a un progresista llamando ultraizquierda al comunismo, a pesar de ser una ideología totalitaria que ha sembrado el mundo con dictaduras. Y es que en su sectarismo izquierdista, el progresismo se siente más afín al totalitarismo marxista que a la derecha democrática.

3. Cree que el que discrepa merece ser insultado

Como consecuencia de los dos puntos anteriores, muchos progresistas han acabado creyendo que discrepar de ellos te convierte en una mala persona, y por tanto consideran justificado emplear la violencia verbal contra ese discrepante. No es extraño ver a progresistas en las redes sociales justificando cualquier insulto bajo la falsa premisa de que lo realmente insultante es la fobia, el odio y el extremismo que atribuyen al que opina distinto. Una fobia, un odio y un extremismo que en la amplia mayoría de los casos sólo existen en la imaginación de los progresistas, en una caricatura mental que hacen de sus enemigos hasta el punto de confundirla con la realidad.

4. Se cree con derecho a imponer sus ideas a otros para que no discrepen

Los tres puntos anteriores llevan a muchos progresistas a considerar que tienen el deber de imponer sus ideas para evitar que esos discrepantes sigan extendiendo sus fobias, su odio y su extremismo. Así nos encontramos con cosas como el adoctrinamiento ideológico en las escuelas desde las edades más tempranas, un adoctrinamiento que atenta contra derechos fundamentales protegidos por tratados internacionales. Así mismo, cualquier intento de rechazar ese adoctrinamiento, que es la reacción propia de un demócrata que ve atacados sus derechos, es presentado también como un gesto de intolerancia y de odio. Basta con ver la histérica respuesta de la izquierda a medidas como la objeción de conciencia a asignaturas de adoctrinamiento, el pin patental y el cheque escolar, presentándolos como ataques a los profesores y a la educación pública, en un intento rastrero y desesperado de impedir toda resistencia a ese adoctrinamiento, una forma de imposición de ideas que es propia de una dictadura, y no de una democracia.

5. Llega a justificar la violencia contra el discrepante

Éste es el último escalón y el más peligroso. Cuando el progresismo ve que no funcionan ninguno de los cuatro pasos precedentes, a veces recurre a este quinto, ya sea por activa o por pasiva. En países como España, Estados Unidos, Alemania, Chile, Argentina y otros, los partidarios de la derecha democrática vienen sufriendo una creciente violencia por parte de la izquierda más radical, una violencia a menudo alentada por medios progresistas. En España hemos tenido un caso muy llamativo: una ministra socialista justificando la agresión a una candidata del partido derechista Vox por parte de extremistas de izquierda: “ustedes están sembrando el odio”, dijo esa ministra en un debate electoral cuando una compañera de partido de la agredida le pidió condenar la agresión. Por lo visto, en su deriva hacia la intolerancia, muchos progresistas parecen haber olvidado que la violencia con fines políticos nunca tiene justificación, y ellos a menudo la justifican igual que lo hacen con los insultos, con argumentos tan falsos y absurdos como que la verdadera violencia es la homofobia, el machismo o la xenofobia, aunque los agredidos no hayan defendido nada de eso. Espero que más de uno se dé cuenta de que esta prueba ya no sólo demuestra la intolerancia de una ideología, sino también su carácter totalitario.



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