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10 de agosto de 2020

UNA HISTORIA DE VIDA . . . Desde el Archivo de la Memoria.

DELFO CABRERA . Un deportista para recordar.
Bernardo y Rodolfo. www.buendianoticia.com

Delfo Cabrera: del oro olímpico en Londres a la persecución por peronista

 

Delfo Cabrera nació el 2 de abril de 1919. Fue el cuarto de 6 hermanos, que se criaron en una humilde casa en Armstrong, provincia de Santa Fe, Argentina.

Su vinculación con atletismo comenzó a sus 13 años, en 1932.                                                                                     

En ese momento otro argentino, Juan Carlos Zabala, apodado "El Ñandú criollo", fue campeón olímpico de maratón en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, y eso sería la gran inspiración de Delfo.

Ya en su adolescencia, realizaba parte del recorrido desde su trabajo a su casa corriendo, junto a uno de sus hermanos. El trayecto que emprendía corriendo era cada día mayor, así fue como se fue forjando el espíritu de corredor.

Al terminar su servicio militar, migró a Buenos Aires donde se estableció y formó familia. Una vez allí, comenzó la influencia del que sería su maestro y unos de los profesores más brillantes del atletismo argentino: Francisco Mura. Bajo sus órdenes, y en las filas del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, comenzaría su carrera profesional, siendo luego múltiple campeón Nacional y Panamericano.

El gran hito en la vida de Cabrera sería el 7 de agosto de 1948, cuando a sus 29 años de edad ganó el maratón de los Juegos Olímpicos de Londres.

Al comenzar la carrera fue el representante de Corea quien marcó el paso, pero pronto tomaría la cabeza de la competencia el belga Étienne Gailly, quien comandaría las acciones durante casi toda la carrera. Junto a Delfo habían viajado los maratonistas Eusebio Guiñez y Armando Sensini. Los tres competidores argentinos tenían como estrategia reservar fuerzas para el sprint final. Cabrera se fue acercando poco a poco al líder hasta la entrada al mítico estadio de Wembley donde entró en el segundo puesto. A pesar de que faltaban sólo metros el belga, que todavía marchaba en punta, parecía quebrado físicamente por el extenuante calor. Fue allí que Cabrera con un excelente final logró superarlo ante la ovación de la gente que había llenado el estadio, viendo la consagración del atleta sudamericano. Además de la medalla dorada, una vez de vuelta en su país recibió como premio una vivienda otorgada por la Presidencia de la Nacion, en Villa Dominico.

Aquel histórico hito para el deporte argentino se magnificó cuando Eusebio Guíñez y Armando Sensini arribaron a la meta en quinto y noveno lugar. Hay un dato que remarca lo significativo de este logro: ningún otro país pudo clasificar nuevamente a tres corredores entre los diez primeros puestos en un maratón olímpico sino hasta los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, donde Etiopía ubicó a sus tres corredores entre los siete primeros puestos.

Además de su vocación deportiva, Delfo fue bombero, y ya de adulto cursó estudios de Educación Física. Murió trágicamente el 2 de agosto de 1981, a sus 62 años, tras sufrir un accidente de tránsito cuando regresaba de ser homenajeado por su carrera deportiva. En ese momento se fue el atleta, y nació un mito.

 

ATLETISMO Joyas del deporte argentino

Delfo Cabrera, más rápido que un bombero.

La semana que pasó, se cumplió un nuevo aniversario de una de las mayores hazañas de un atleta nacional en el exterior: el oro olímpico en la maratón de Londres 1948.                                                         

Su historia a 39 años de su muerte.

Delfo Cabrera: del oro olímpico en Londres a la persecución por peronista

Las imágenes muestran la llegada de un barco y mucha gente saludando.                            La voz engolada del locutor del noticiero Sucesos Argentinos arroja un lugar común tras otro para resaltar la hazaña de Delfo Cabrera: “Los pañuelos agitados al viento saludan a los bravos muchachos criollos que demostraron en Londres el valor del deporte nacional. Una compacta muchedumbre le testimonia el reconocimiento del pueblo argentino que supo aquilatar el esfuerzo de esta juventud que enfrentó con éxito a rivales de Europa y América".                                                                                                                                          Cambio de imagen y el locutor sigue ceremonioso: ”Delfo Cabrera, el humilde bombero que deslumbró a Europa en el final electrizante de la maratón, es agasajado en el Departamento Central de Policía” .                                

Cambio de imagen y el locutor sigue ceremonioso: 

”Delfo Cabrera, el humilde bombero que deslumbró a Europa en el final electrizante de la maratón, es agasajado en el Departamento Central de Policía” .

Año 1948, primer gobierno de Juan Domingo Perón, buenos vientos empezaban a soplar en el deporte con el apoyo estatal. Cabrera, que ya simpatizaba con el movimiento, se hizo más peronista con los honores y el regalo de una casa en Sarandí para él y los otros maratonistas. El 7 de agosto de 1948 aquel muchacho fortachón, de bigote tupido, que representaba más que sus 29 años, se había consagrado campeón olímpico en el mítico estadio de Wembley. Un antiguo video que se conserva muestra un final de película. El belga Etienne Gailly con el numero 252 entra en primer lugar al estadio, a los tropezones, extenuado, a punto de desmoronarse. Unos segundos después los 70 mil espectadores se sacuden con la aparición en escena de otro atleta, en marcha firme y segura, el número 233: Delfo Cabrera. Erguido, a tranco firme, pasa como si nada a Gailly y con la sonrisa abierta completa los 42 kilómetros 195 metros de la maratón en 2h 34m 51s. “Cabrera , argentino, Cabrera argentino, ganó la maratón”, grita al borde de las lágrimas, el recordado periodista Washington Rivera que trasmitía en vivo, para la radio. 

La expresión “más rápido que un bombero” cobró más sentido que nunca en aquel glorioso día del deporte argentino.

Cabrera nació en Armstrong, un pueblo santafesino de apenas dos mil habitantes, a 90 kilómetros de Rosario, el 2 de abril de 1919. Fue el cuarto de seis hijos de Claro Cabrera y Juana Gómez. Quisieron anotarlo como Delfor, pero el empleado del registro civil se equivocó y quedó Delfo para siempre. El día que nació, su padre plantó un naranjo, una ceremonia repetida ante la llegada de cada hijo. De familia humilde, Delfo solía recorrer las polvorientas calles de su pueblo cubriendo la distancia que separaba su hogar (“La casa de los Naranjos”, decían los vecinos) de los lugares en los que conseguiría alguna changa. Así se fue forjando su futuro de corredor. Cuentan que en su infancia Cabrera solía decirle a su madre: “Yo voy a ser como Zabalita”, por Juan Carlos Zabala, quien se había consagrado campeón olímpico en Los Angeles, curiosamente también un 7 de agosto. Sus progresos como atleta lo llevaron a Buenos Aires. Lo federaron en San Lorenzo de Almagro y, bajo las ordenes de Francisco Mura, tal vez el más brillante maestro del atletismo nacional, empezaron a llegar las conquistas locales, sudamericanas y panamericanas.

No participaba en competencias de largo aliento, sus actuaciones regulares no pasaban de los 10 kilómetros y no tuvo mucha suerte en la maratón de El Gráfico de fines del 47, porque se acalambraba seguido, pero siguió entrenando con tenacidad porque quería ser parte del equipo olímpico del año siguiente. En una de las pruebas selectivas llegó segundo detrás del fondista mendocino Eusebio Guiñez, y entró. Ellos dos más el porteño Armando Sensini fueron los elegidos para la maratón. Los calambres eran producto de su mala alimentación y la imposibilidad de una rutina adecuada porque a veces, en su trabajo de bombero, debía cumplir turnos de 24 horas. Tres semanas en barco no eran lo más indicado para mejorar la preparación de los tres argentinos inscriptos en la maratón. Las tibias esperanzas de una medalla estaban puestas en Guiñez y Sensini cuando se largó la carrera, con 41 participantes, a las tres de la tarde de un día infernal. El consejo de Francisco Mura para Cabrera fue que no forzara la marcha, que no se dejara llevar por el impulso de ser un corredor acostumbrado a las distancias cortas. Cumplida la mitad de la prueba lideraba el belga Gailly y los tres argentinos se entreveraban en el pelotón de escoltas. Guiñez se fue quedando, Sensini también y Cabrera se dio cuenta en los tramos finales que podía acariciar una medalla. El belga le llevaba treinta metros de ventaja cuando entró al estadio, pero él ya se había dado cuenta que era posible y cuando sobrepasó la línea de su rival se sintió más entero que nunca y se fue derechito hacia su destino de gloria. Unos minutos más tarde pudo abrazarse con Guiñez que terminó quinto y con Sensini que alcanzó el noveno lugar. Tres argentinos en los primeros diez puestos, una postal irrepetible.

Cuatro años más tarde, el campeón fue el abanderado de la delegación en Helsinki y en la maratón bajó ocho minutos su marca, pero terminó sexto en la prueba que ganó el checo Emile Zatopek, la “Locomotora Humana”. 

El sueño de participar de los Juegos de Melbourne en el 56 se lo truncó la autodenominada Revolución Libertadora del 55. 

Y como estaba tan identificado con el peronismo además de proscribirlo como deportista, primero lo dejaron cesante en su trabajo y luego lo confinaron a una tarea de pincha papeles en el Jardín Botánico.

Con los años se recibió de profesor de educación física y acomodó un poco sus días, pero siempre con el gusto amargo de haber sido marginado durante años.

Murió trágicamente, un día como hoy, el 2 de agosto de 1981, en un accidente automovilístico en el kilómetro 187 de la Ruta 5 cuando regresaba de un homenaje en la ciudad de Lincoln. Dijeron que el choque había sido provocado por una mala maniobra suya, pero la causa se reabrió en democracia y quedó claro que todo había sido responsabilidad de un funcionario de la dictadura.

La medalla de Cabrera fue el último gran logró del atletismo nacional. Diría el locutor de Sucesos Argentinos: “Es menester que lo recordemos como lo que fue, un cabal campeón, que vivirá eternamente en el corazón del deporte argentino”.

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