Domingo 27 de Septiembre de 2020

Hoy es Domingo 27 de Septiembre de 2020 y son las 20:28 Tomemos Conciencia. "No me preocupan los corruptos y ladrones." Me preocupa todo un pueblo que mira con indiferencia el comportamiento mafioso.

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15 de agosto de 2020

ALGARROBO : EL Árbol de la Salvación .

Por : Daniel Chocobar.
Fuente Diario El Tribuno.

LA ROSA, Martín.

ALGARROBO :  EL ÁRBOL DE LA SALVACIÓN. 

1º. Parte.   Hoy.

En Morillo, a 170 kilómetros al este de Embarcación, por la ruta 54, funciona una fábrica de harina de algarroba.                                                                         

El proceso industrial de “Tayhi Kos Lhay” (Frutos del monte) guarda el rigor de la producción de alimentos para consumo humano, pero el aspecto fundacional y el espectro social que abarca la fábrica, van más allá de las cuestiones productivas.                                                                                   

Es una industria que esta conformada por tres comunidades aborígenes (wichí) las que cuentan con aval del gobierno, ya que obtuvieron el plan de manejo que dictamina la ley de ordenamiento territorial.                                 

En ese pequeña fábrica trabajan manos originarias, desde la cosecha con las viejas técnicas de las comunidades, hasta la producción con modernas máquinas que fueron gestionadas por Tepeyac, una organización civil que surgió desde la Pastoral Social de Orán.                                                       

Esta es la historia del esfuerzo y la esperanza de un pueblo que lucha contra los estereotipos y los prejuicios que le impone la sociedad, pero también es la reivindicación a un elemento de la naturaleza que es el sinónimo de la salvación.

Daniel Chocobar

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2º. Parte.  La Historia.

Algarrobo: el árbol de la salvación

El guerrero ancestral pidió a sus dioses, con el último aliento y en la gota final de su sangre, que ayude a su pueblo ante el avance del enemigo.                                                      Las plegarias, desde los labios del cacique, se perdían entre el monte y el cielo.                  Para Ipachi Naguan, la única razón de vida, más allá de sus espantosas heridas por la batalla, era la protección y alimento a sus mujeres y niños ante la inevitable derrota.
En la huida, Ipachi guió a su pueblo a un espeso monte y antes de morir les dio la indicación para el escape.                                                                                                            Desangrándose se quedó en el lugar para cuidar la retaguardia y nunca más supieron de él.
Los invasores se creyeron dueños de la victoria, pero con el tiempo la tribu pudo salir de su escondite y hambrienta buscó a Ipachi, aunque no lo encontró. En el lugar donde los había dejado, solo hallaron un enorme árbol de amplia copa, madera fuerte, ramas espinosas y frutos dorados que caían al suelo cada vez que la tribu buscaba refugio.          Aprendieron a nutrirse de esa vaina dulce.                                                                                  La madera se utilizó para reconstruir sus viviendas.                                                                  El árbol, con su copa, les dio protección en los veranos incinerantes y en los crudos inviernos, sus ramas y troncos fueron el combustible para las noches más frías.                  El árbol les brindó protección y alimentos en los momentos más difíciles y así concluyeron que Ipachi estaba encarnado en ese misterio que los había salvado de la muerte.
La leyenda del algarrobo tiene varias adaptaciones a lo largo del país, pero siempre el final se empeña en las atribuciones de una especie que por años dominó el monte en la mayor parte del país.

Es una especie arbórea de Sudamérica que habita el centro de Argentina, la ecorregión de Gran Chaco, parte de la Mesopotamia y el Chaco Paraguayo.                                              Prosopis alba, llamado popularmente algarrobo blanco, es una especie que caracteriza a una región y por sobre todas las cosas cumple una función biológica y social de incontables alcances.
El algarrobo es una pieza clave en el contexto de la biodiversidad.                                          Tiene una función fundamental para evitar la desertización con la cobertura vegetal, fija el suelo y evita inundaciones, además de aportar a la humedad del ambiente.                          Pero más allá de su rol ambiental, su función social es fundamental.                                      Es un elemento crítico en las comunidades originarias y criollas del Chaco.                          Su fruto es consumido desde tiempo inmemoriales antes de la conquista española y su poder nutricional es enorme.

El ingeniero del monte.

Lalo Bertera es ingeniero electrónico y forma parte de la pastoral social de la Diócesis de Orán. Vive en Morillo, la localidad cabecera de Rivadavia Banda Norte, ubicada a unos 170 kilómetros al este de Embarcación. Bertera es integrante de una asociación civil (Tepeyac) que trabaja junto a tres comunidades wichis de la zona en la recolección y procesamiento de la fruta de algarrobo.
El año pasado inauguraron una sala de industrialización que tiene interesantes aristas económicas y sociales en el proceso de aprovechamiento sustentable del monte chaqueño.

“Esta es una época distintas donde los pueblos indígenas o los miembros de las zonas wichi, que son mayoría en el Chaco salteño, tienen una presencia significativa, sobre todo al ser reconocidos por el Estado. La mayoría de las comunidades son titulares en la propiedad de sus tierras. En la zona de Morillo hay más de 50 mil hectáreas que se reconocieron en las últimas décadas y esa posesión va unida a qué hacen con la tierra. Mucha gente desconoce la interculturalidad y se pregunta para qué quieren tierras si no la trabajan, lo cual no es verdad. Pero aún así, eso es poco significativo ya que la relación de los pueblos indígenas con la tierra, con el entorno del bosque es una relación esencial reconocida en todo el mundo”, asegura Bertera.

Las comunidades van unidas a los recursos naturales del bosque nativo. Salta es actualmente la mayor reserva de bosque nativos del país sobre todo en la zona chaqueña que está amenazada, pero aún constituye una gran reserva. Las comunidades siempre hallaron la forma de vivir de los recursos del monte. Gran parte de lo que comen y lo que usan para curarse viene del monte, de manera que su relación con la tierra es vital. Su cosmovisión con el monte los coloca es una relación inseparable.


Los “añaperos”

La algarroba madura en noviembre y diciembre. Cuando empiezan los calores, las primeras plantas que se ponen verdes son estos árboles pese a que aún las lluvias no llegan.                                                                                         

Esto ocurre porque los ejemplares tienen una raíz que va a la napa, saca humedad y aporta esta humedad al ambiente cuando todavía no llueve.                                                    Esa función los hace únicos y verdaderos gladiadores en contra de la desertificación.

El fruto tiene componentes de minerales y vitaminas de alto valor nutricional.                      Esto se hace evidente en la época de “algarrobeada” donde las personas aprovechan los mejores frutos para “añapear”, es decir, preparar la molienda de las vainas con un poco de agua y comer ese alimento.                             

Los animales y las personas se ponen robustos para esta época.                                            Es algo tan evidente como sorprendente.
“Los mismos wichis nos convidaban la harina que fabricaban en los morteros y con eso fuimos aprendiendo que se podían hacer muchas cosas”, recuerda Bertera.
En 2007 se aprobó la ley nacional de Bosques que fija pautas para la preservación de los bosques nativos.               

A partir de allí empezaron a surgir posibilidades concretas para aprovechar de otra manera esa biodiversidad. Surgieron planes de manejo controlados y objetivos para aportar a la salud de la población, siempre afectada por los índices de desnutrición infantil.

También se empezaron a instrumentar planes con el aporte de la Nación para que los aborígenes puedan hacer un manejo sustentable de sus recursos sin necesidad de desmontar o vender la madera y aportar a una mejor calidad de vida. Allí se cristaliza el plan para el aprovechamiento de la algarroba.
Una comisión de la pastoral social de la Iglesia, junto a miembros de las comunidades viajaron a Santiago del Estero donde ya habían experiencias industriales a baja escala. La Universidad Nacional de Santiago, con la carrera de ingeniería forestal montó una sala de aprovechamiento de algarroba de la cual sacaron el modelo.

“Fuimos con una arquitecta de Salta a Santiago a ver qué es lo que estaban haciendo a través de la REDAF, miembros de asociaciones de indígenas y criollos para compartir posibilidades y experiencias y allí surgieron los aportes. Armamos Tepeyac y convocamos a los actores fundamentales del proceso. Tres comunidades wichis se integraron con el proyecto y conseguimos los fondos a partir de la aprobación del plan de manejo por parte de las comunidades originarias. Era el tiempo de poner manos a la obra”, recuerda Bertera
La mesa de gestión entre Tepeyac y las tres comunidades, Los Baldes, La Cortada y Chañar, dio lugar a la sala de aprovechamiento “Tayhi Kos Lhay” (Frutos del monte en wichi).

El monte da comida y remedios.

Si el proyecto se sustenta y avanza sin dudas será un incentivo para cuidar la integridad del monte chaqueño.                                                                                                                    “Si esto va mejor, antes de voltear un algarrobo lo vas a pensar dos veces, porque puede ser una unidad de producción muy interesante”, se ilusiona Bertera.
“No hay un bosque inservible y tampoco lo son las comunidades.                                       
Con la filosofía de los cultivos intensivos hay que hacer esta aclaración.                            El capital del bosque es de un altísimo valor que hoy se pone en consideración con la crisis ambiental.                                                                                                                              El monte vale mucho.                                                                                                                    No es solo fauna y flora sino que está lleno de gente.                                                                Los aborígenes que viven desde hace miles de años y los criollos están desde hace 4 o 5 generaciones.                                                                                                                                  Se alimentan con los recursos del monte.                                                                                  Decir que el ganado se alimenta mejor con los balanceados es una falacia.                        Está probado que el potencial energético de la alimentación natural del monte es altísimo. El monte da comida.                                                                                                                      Lo que demostraron los estudios con aborígenes de la zona es la propiedad de la mayoría de las plantas y el algarrobo es una de las principales”, indica Bertera.

Después de la Amazonia, el Gran Chaco es la región del mundo con mayor biodiversidad y allí está inscripto el algarrobo. El monte chaqueño tiene el 51 por ciento de la superficie nativa del país y está presente en 11 provincias de la Argentina. Salta tiene una gran parte. El valor de eso es incalculable. 

Las mujeres como actoras

A 32 kilómetros de Morillo está la comunidad de Los Baldes, la primera en obtener el plan de manejo. Allí las mujeres se encargan de “algarrobear”, de ir a los lugares para recoger el algarroba según la costumbre antigua. Lo hacen para ellos y para vender porque siempre hay criollos que les compran, sobre todo porque los animales comen mucho de esta planta.
Como una forma de darle valor agregado se plantearon capacitaciones y se establecieron precios para permitir el ciclo completo y más de aprovechamiento. El precio fijado por la mesa de gestión resultó superior al que se paga habitualmente a las comunidades.

Los frutos comenzaron a transportarse a la planta que está en Morillo, en la sede de Tepeyac. Era un depósito y allí se acumularon las vainas. El proceso establece normas sanitarias como el lavado con agua clorada por regla bromatológica ya que el algarrobo está dentro del código alimentario nacional.
Allí se lavan las vainas y se acondicionan según las normas de bromatología que tiene controles desde Salta para verificar el cumplimiento de las reglamentaciones alimentarias.
Los frutos son colocados en secaderos al sol, con energía natural y una vez secos se los muele en maquinarias a distinta granulometría. Las harinas resultan más finas o más gruesa y quedan los restos que luego se prensan con resina hebrea y se elaboran unos cubos que se envasan para alimento balanceado de los animales. El aprovechamiento es íntegro.
Las harinas se envasan con una máquina para envasado al vacío y salen con las normas establecidas. La demanda del producto va en crecimiento, no solo por la calidad sino también por la alternativa alimentaria que es utilizada en mayor medida por los chefs de la cocina internacional y como sustituto del gluten. Es un alimento ideal para las personas con celiaquismo.

El viejo guerrero

La producción de Tayhi Kos Lhay aún es muy limitada.                                                           Se producen unos 400 kilos de harina de distintas graduaciones que se comercializan hasta el momento en forma casera.                                                                                          De esa venta, las ganancias se fue ubicando para hacer conocer las bondades del producto.                                                                                                                                        “La gente se sorprende en Buenos Aires que este producto sea mucho mejor que el que ellos compran que viene de España.

La mesa de gestión estableció que los trabajadores de la planta serán miembros de las comunidades y un técnico de Tepeyac por lo que el esquema laboral también brinda cobertura a las comunidades con una industria que garantice que el trabajo va a ser a favor de los originarios. El retorno de las ganancias se reinvierte en la planta y la idea es sumar a otras comunidades indígenas y también gente criolla para que aprovechen y al mismo tiempo defiendan al algarrobo. Ese viejo guerrero de la leyenda, una vez más está salvando a las comunidades.

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