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22 de septiembre de 2020

MBE: Medicina Basada en la Evidencia, en tiempos de pandemia e incredulidad.

Por : LINA MARCELA GALLEGO.
Fuente : Mas Science.

Ciencia Ficción vs Ciencia Real

Nunca durante el transcurso de una pandemia se había generado tal cantidad de información epidemiológica y clínica como ha sucedido en solo unos cuantos meses con la COVID-19.

La comunidad científica ha respondido a este frenesí de información con el inicio de múltiples investigaciones que intentan definir la efectividad de antiguos y nuevos fármacos para prevenir contagios, disminuir la carga viral en infectados o mitigar los síntomas en los casos más graves. Esto entre muchos otros frentes en los que la ciencia trabaja para combatir la pandemia.

A pesar de los esfuerzos para comprender mejor la enfermedad y su tratamiento, ciertos sectores de la sociedad consideran que el ritmo al que estos estudios ofrecen respuestas resulta lento y decepcionante.

Y es que en un momento histórico que parece salido de una película de Hollywood, una gran parte de la sociedad espera que investigadores y médicos personifiquen los roles que han visto una y otra vez representados precisamente en tales producciones: héroes con curas que salvan la vida de millones en cuestión de días.

Se podría decir que el valor de la ciencia en la actualidad es medido por muchos en términos de la rapidez con la que consigue respuestas y ofrece soluciones.

No necesariamente en relación con la calidad o fiabilidad de tales productos.

Paradójicamente, la ciencia en la vida real difiere de la ciencia ficción exactamente en eso mismo: 

Las respuestas no son inmediatas y cuando aparecen, normalmente vienen acompañadas de muchas más preguntas por responder.

Cómo funciona la ciencia en la vida real.

¿Por qué no podemos esperar inmediatismo en ciencia, por más que pensemos que la situación lo amerita, por ejemplo, en medio de una pandemia?

Una buena forma de aproximarnos a esta cuestión es observando con detenimiento el siguiente esquema, donde se muestra la estructura lógica del quehacer científico:

© 2015 The University of California Museum of Paleontology, Berkeley, and the Regents of the University of California.

Uno de los mensajes más potentes en esta imagen es que la ciencia, para llegar a ser esa ciencia fiable, consistente e inclusiva que ha producido los grandes avances de la actualidad, necesita de tiempo y de criterio por parte de los investigadores para consolidar este engranaje que conecta:

  • Exploración y descubrimiento
  • Prueba de ideas
  • Análisis y respuesta comunitaria
  • Evaluación de beneficios y resultados

Todo esto sin perder el rigor y sin  caer en sesgos interpretativos.

¿Y qué mejor coctel para tropezar con la falta de rigor que una pandemia de muy rápido avance, en un mundo hiperconectado e hipervigilante? ¿Una donde somos bombardeados minuto a minuto por cifras sobre contagiados y muertos a nivel local y global?

 

Recordando por qué usamos MBE

 

El estereotipo de la ciencia heroica e inmediatista es comprensible, si consideramos que la población general se encuentra poco o nada familiarizada con la forma como la ciencia en el mundo real trabaja para ofrecernos esos grandes descubrimientos de los que disfrutamos hoy en día.

Pero hay algo más. Es comprensible también que no se entienda la velocidad a la que la ciencia produce conocimiento, incluso en medio de una pandemia, si se desconocen las graves consecuencias que se han experimentado en el pasado por culpa de “soluciones” que estaban basadas en interpretaciones erradas de los datos.

Recordemos que no fue por arte de magia que se llegó a la consolidación del método científico unos siglos atrás.

Tampoco fue de la noche a la mañana que se acordó la implementación de uno de los paradigmas que caracterizan la práctica médica moderna: la MBE o Medicina Basada en la Evidencia.

La MBE se define como un proceso cuyo objetivo es la selección de los mejores argumentos científicos para la resolución de los problemas que la medicina cotidiana plantea [1].

Este método tiene sus orígenes teóricos a mediados del siglo XIX y es reconocida como una de las iniciativas que más ha contribuido al avance de la medicina en el mundo.

http://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2017/12/evidencias-y-preferencias-de-la-mbe-la.html

Antes de la implementación de la MBE, la toma de decisiones en medicina seguía las premisas de lo que Claude Bernard denominó medicina experimental:

  • Primero se realizaba investigación experimental en laboratorio (no en humanos).
  • A continuación, se hacía extrapolación de los resultados de laboratorio a seres humanos utilizando el principio de analogía.

Suena bien, en principio. El gran fallo en este planteamiento era asumir que el saber práctico se adquiere de forma válida por extrapolación del conocimiento teórico o experimental.

En otras palabras, asumir que lo que sucede en el laboratorio con animales, o células en cultivo, se puede extrapolar a lo que acontece dentro del organismo humano.

Cuando la extrapolación sale cara.

El ejemplo más clásico de los grandes errores a los que conduce el principio de extrapolación es el de la Talidomida, un sedante e hipnótico que se introdujo en el mercado en 1957 para tratar la ansiedad, el insomnio, las náuseas y los vómitos en mujeres embarazadas.

La creencia errónea de que la placenta era una barrera impermeable a los medicamentos se sustentaba sobre algunos datos experimentales, pero se basaba sobre todo en una serie de extrapolaciones y en el hecho de asumir que los controles históricos eran suficientes para dar evidencia.

Básicamente el pensamiento era: “Como no hay casos reportados que indiquen que la placenta es permeable, entonces concluimos que la placenta no es permeable”.

Resultado: miles de recién nacidos con graves malformaciones, sobre todo en los brazos y antebrazos (síndrome denominado focomelia) y problemas en órganos internos por causa de la ingesta del fármaco durante los primeros meses de embarazo.

Estatua de Allison Lapper, víctima de la Talidomida quien nació con focomelia. La monumental estatua del artista británico Marc Quinn fue exhibida en Trafalgar Square, en Londres entre 2005 y 2007.     

Extrapolando a la reina.

Otro buen ejemplo es el del caso del cloroformo, usado durante el siglo XIX en Inglaterra. Lo llamaban el “anestésico de la reina” ya que fue usado durante el octavo parto de la reina Victoria.

Nuevamente, un caso de extrapolaciones experimentales, aderezado además con la presión social del momento. Si fue usado en la reina, ¿por qué no generalizarlo para toda la población? Bueno, su uso se popularizó como era de esperarse, pero sólo por corto tiempo.

https://sandraferrervalero.files.wordpress.com/2014/05/reina-victoria-anestesia.jpg

En 1870, un estudio realizado sobre 80.000 pacientes demostró que el empleo de cloroformo era más peligroso para la salud que el éter (la alternativa del momento) provocando la muerte de 1 de cada 2.500 pacientes, mientras que el éter sólo lo hacía en 1 de cada 23.000.

Hoy sabemos que el cloroformo es un potente depresor cardiaco y que su sobredosis puede provocar una parada cardiorespiratoria.

Estos son solo un par de ejemplos -entre muchos otros- de práctica clínica basada en sesgos interpretativos sobre datos experimentales.

Si bien en ambos casos parecían ofrecer mejorías en la salud en ciertos contextos, la MBE fue determinante para exponer cómo estos beneficios son superados por los perjuicios que se producen cuando las decisiones clínicas se basan sobre errores teóricos y omisión de datos.

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