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10 de enero de 2021

LOS DUEÑOS DE LA PLAZA : POR QUE MIGRAR A PARLER NO ES LA SOLUCION .

Por : ALEJO SCHAPIRE
Fuente : Origen: ko-fi.com

                                                                      

Que Trump se quede sin su cuenta de Twitter es una cuestión mucho más importante que Trump.

¿Quién es el próximo en la lista?                                                                           

¿Quién decide qué se puede decir?                                                                       

¿Por qué dictadores exóticos difundeb amenazas y teorías conspirativas y a @Jack no se le mueve un pelo de su barba hipster?                                             

¿Hay que migrar hacia otras alternativas?

Twitter suspendió el viernes de manera permanente la cuenta personal @realDonaldTrump, desde la que el presidente de Estados Unidos se dirigía a sus más de 88 millones de seguidores.

“Después de una revisión detallada de los tuits recientes de la cuenta @realDonaldTrump y el contexto que los rodea, específicamente cómo se reciben e interpretan dentro y fuera de Twitter, hemos suspendido permanentemente la cuenta debido al riesgo de una mayor incitación a la violencia”, se justificó TW.

Trump siguió entonces tuiteando desde su cuenta presidencial @POTUS (33,4 millones de seguidores). Twitter replicó borrando los mensajes del presidente de Estados Unidos, recordando que penalizaba a quienes trataban de sortear la suspensión utilizando una cuenta secundaria.                                                                  Entre las primeras reacciones, Stephen King y Sasha Baron Cohen aplaudieron la censura.                               

Otros sobre todo lamentaban que los mandamases de las redes sociales se animaran a expulsar a Trump tan tarde, cuando estaba de salida, luego de 4 años dejar que se expresara a través de sus plataformas.               

Esta misma semana, Facebook-Instagram, Snapchat, TikTok, Twich habían cortado el micrófono del presidente saliente de Estados Unidos, a dos semanas del final de su mandato y tras el asalto al Capitolio por parte de sus simpatizantes, incentivados por Trump a “resistir” a la certificación de la victoria de Joe Biden, tachada de fraude por estos y desestimada por la justicia por falta de pruebas.

En resumen, empresas privadas amparadas en sus reglas de utilización censuraban al presidente de Estados Unidos y a otras personalidades de su entorno (Michael Flynn, ex consejero en Seguridad Nacional y la abogada Sidney Powell).                                 

Sé que la utilización de la palabra “censura” molestará a un eventual lector.                   

La razón es que el término estaba asociado hasta ahora a la intolerancia de la derecha (política, eclesiástica, ligas de virtud…) y la izquierda no se siente tan cómoda con la prenda nueva.                                                     

Pero llamemos a las cosas por su nombre.

Migrar, la alternativa imposible.

Trump reaccionó a que le arrebataran SU juguete favorito y principal instrumento de comunicación (recordemos que echaba a ministros por TW), diciendo que estaba “negociando con varios sitios” y evaluando “las posibilidades de construir su propia plataforma” para seguir comunicándose. Entretanto, en protesta, otros migraban a plataformas como Parler, que prometen una mayor libertad de expresión.

No es la solución. No se trata de decir la comida es mala en este restaurante y el servicio pésimo, voy a cruzar al local de enfrente y hacer que triunfe la libre competencia.

Los gigantes de las redes sociales han acumulado un poder económico tal, llevan una ventaja de tantos años y han absorbido cualquier intento de hacerles sombra que nada puede crecer a su lado. No puede haber otro Facebook (¿se acuerdan de FacePopular de Luis D’Elía?), ni otro Twitter (¿se acuerdan de Mastodon?), ni otro YouTube (Dailymotion está tan lejos de rivalizar) y su casa central ALPHABET, también posee los inevitables Google y Gmail (sí, ya sé que todavía hay gente con Hotmail). Por más deseable que sea no se desarrollan.                                                                         

A la cantidad de recursos económicos de estos monopolios de hecho, se añade otro problema a la hora de buscar una alternativa: que haya una masa crítica de personas que migren a estas otras plataformas, si no uno se encuentra hablando solo. Uno puede salir de WhatsApp (y en estos días de actualizaciones de “terms and conditions” para que Facebook aspire más tus datos, hay todavía más razones de hacerlo) e instalarse Telegram o Signal, y lo hace, pero de momento es privarse de estar en contacto con demasiada gente que no se ha mudado.

Jugar en otro lado.

Este no es el único inconveniente: Parler, Gab, DLive, Odysee son los nombres de plataformas que tratan de existir como alternativa ofreciendo libertad de expresión, pero de momento son todas “echo chambers” semivacías donde manda la extrema derecha, la simbología nazi, las teorías conspirativas…                               

Hay que tener ganas de estar un sitio donde predomine el margen de la sociedad.       

Incluso si alguna alternativa parece con ganas de prender, la llamita es sofocada.         

Una de las variantes más prometedoras como Parler parece ya tener los días contados.                                     

El viernes, Google la suspendió de su Google Play Store.                                               

¿Apple le dio a Parler 24 horas para “eliminar todo el contenido cuestionable de la aplicación”.                           

También el viernes, Youtube dijo prohibió el podcast del ex estratega de la Casa Blanca Steve Bannon.

Pretender “ir a jugar a otro lado” resulta infantil. No hay otra estructura de juegos en la plaza y los dueños de la que funciona se ocupan de derribar cualquier intento de crear una nueva por parte de los indeseados e indeseables.                                                   

Les patean el castillo de arena.                                                                                         

Además, ¿la solución es que cada quién tenga su burbuja, sin discusión por fuera de su propio ecosistema ideológico, sin intercambio de argumentos?                                 

Esto no haría más que agravar una polarización ya irrespirable y agudizar la esquizofrenia social donde cada quien tiene un recorte de la actualidad hecho a medida por algoritmo y desconoce absolutamente la visión del vecino.

Trump no, Jamenei sí.

Que Jack Dorsey o Mark Zuckerberg, a quien nadie votó, decidan que el presidente de Estados Unidos, votado por más de 70 millones de personas, deba ser censurado es un problema que supera por mucho a Trump, su política y su personalidad.                   

Existen varias declaraciones de Dorsey (los invito a escuchar el podcast que hizo con él Sam Harris, quien de hecho rechaza la publicidad para que no condicionen su libertad de expresión) o Zuckerberg, hechas por periodistas o en audiciones parlamentarias, que muestra que ellos mismos desconocen cuáles son precisamente las reglas para censurar a alguien.                                                             

Subcontratan esta decisión, muchas veces al subcontinente asiático o sudamericano, donde moderadores improvisados, que muchos veces filtran material producido en una lengua que no es la suya, deben en un puñado de segundos decidir si un mensaje viola o no las ambiguas y a veces contradictorias reglas de la casa.

Pero la arbitrariedad no sólo ocurre por falta de reglas claras o tercerización de moderadores que, entre un video de una decapitación de ISIS y una imagen pedopornográfica de Filipinas deben decidir si Fulano en Canelones, Uruguay, estaba realmente discriminando a Mengano en Ulán Bator, Mongolia, cuando le dijo “dmkljadofjad”.                                                                                                         

El mismo día que Twitter suspendió la cuenta de Trump por “el RIESGO de una mayor incitación a la violencia” (las mayúsculas son mías) decidía hacer la vista gorda con un tuit del líder supremo iraní, Alí Jamenei, que decía sin ser molestado por Twitter de modo alguno:  

“Está prohibida la importación de vacunas fabricadas en los Estados Unidos o el Reino Unido.                                         

No puede confiar en ellas en absoluto.

No es improbable que quieran contaminar otras naciones.

Dada nuestra experiencia con los suministros de sangre contaminada con VIH en Francia, las vacunas francesas tampoco son confiables”.

-UPADTE: el tuit de Jamenei arriba citado acaba de ser censurado por Twitter-

Twitter no ha reaccionado en el pasado cuando Jamenei negó el Holocausto o llamó a borrar a Israel del mapa.                                                                             

Esta doble vara es un reflejo de la lectura geopolítica que prevalece en Silicon Valley y debe aplicarse al resto de la humanidad.                                                       

Porque más allá de Trump, la mentalidad dominante tanto en los medios, la academia como en el mundo de las Startups tiene un sesgo progre claramente marcado: intratable con lo que considera de derecha, benevolente si el extremismo de derecha (el caso del clérigo mojigato de  Teherán) es exótico o bien de un dictadorzuelo, de una ex república soviética europeo o bolivariano, con permiso ideológico progre para perseguir y matar.

Lo que el establishment progre considera que no se puede decir es cada día más amplio.

Quedan ya pocas cosas que escapen a la etiqueta “fascista”.

La censura en nombre de combatir “el discurso de odio” alcanzó a JK Rolling (la mamá de Harry Potter!) o el futbolista uruguayo Edison Cavani en los ejemplos más recientes.

Entretanto, la “cancel culture” se lleva puesto a los clásicos de la literatura, la pintura o el cine, de Platón a Agatha Christie, de Carmen a Lo que el viento se llevó.

La lista de artistas y obras consideradas maestras han caído en la purga del neopuritanismo que manda tanto en Hollywood como en Silicon Valley,  es apabullante, crece a cada minuto, y moldea lo que se puede o no decir en nuestro barrio.

¿Quién decide qué es “discurso de odio”? Ni siquiera tienen una definición clara de la expresión, que se aplica, por supuesto, única y exclusivamente al que vota distinto. Queda para otro debate si se puede o si hay que prohibir la expresión del odio.

Las plataformas no pueden seguir alegando que no son editoras de contenido y funcionar como tales.   

Trump tiene razón en cuestionar la “sección 230” (Communications Decency Act de 1996) que las exonera de la responsabilidad por contenidos de terceros cuando, al mismo tiempo, las plataformas se arrogan una potestad editorial.         

No pueden pretender tener la inmunidad de una línea telefónica y decidir quién habla y cuándo cortan la llamada si no les gusta lo que el usuario dice.                 

¿Pero es lo que queremos, que las plataformas sean lo editores de nuestras conversaciones?                 

En realidad, la solución es mucho más simple: respetar la ley.                                 

La incitación al odio, la difamación, la amenaza no nacieron con las redes.           

En el caso de Estados Unidos, la Primera Enmienda ya regula perfectamente la libertad de expresión.     

Ni Dorsey ni Zuckerberg necesitan disfrazarse de legisladores, filósofos o editores, una labor para la que, ellos mismo reconocen, no están a la altura.         

El debate sobre la libertad de expresión no nació en una startup.                           

En cambio, desde hace siglos de Voltaire a Orwell, de Gutenberg a Charlie

Hebdo, nuestras sociedades occidentales han pagado con sangre, reflexionado, manifestado, legislado.                                                 

Con su mártires y torquemadas, la libertad de expresión es una frágil conquista diaria, demasiado preciosa como para que una parte de magnates de Silicon Valley pretenda hacer tabula rasa y redefinirla a su antojo.                                       

En cuanto a nosotros, el resto de los mortales, tratemos de preservar un espacio de juego común con la mayor cantidad de gente posible, así es más divertido.     

En una época que se jacta de impulsar la diversidad, hay que defender una que realmente está en vías de extinción, la diversidad de la ideas.

Origen: ko-fi.com

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