Sábado 28 de Mayo de 2022

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22 de febrero de 2022

EL PENAL MÁS LARGO DEL MUNDO PARA ALBERTO FERNÁNDEZ.

Por : MIGUEL WIÑAZKI .
Fuente: CLARIN.

Se arrojó bien el Presidente.                                                                                                                    Conoce el oficio de arquero, pero no alcanzó a retener el balón.                                                              Quizás recordando al gran arquero de Argentinos Juniors, Enrique Bernardo Vidallé, héroe de la final de la Libertadores que ganó el Bicho, Alberto Fernández asumió la gran responsabilidad de atajar penales.

Así, en las playas de Mar de Ajó como en la política nacional, resultó vulnerado.                                         Pero tal y como escribió en la canción de su autoría, fue raudamente fiel a su máxima: “Si me caigo, me levanto”.                                                                                                                                                                    Y con la valla vencida se incorporó ipso facto sin elegancia pero con cierta dignidad, desde la arena.    No es fácil recomponerse desde las arenas que siempre son movedizas sobre todo para quien las transita con mocasines en los pies.                                                                                                                     Pero se irguió como si nada, o como si casi nada, hubiera ocurrido.                                                            Poner a la Argentina de pie, requiere ponerse rápido de pie tras los goles que ingresan en contra, revolcones mediante.

Hay diversas cuestiones interesantes para pensar observando la perfomance presidencial en su rol de atajador.

Una, que no es menor, proviene del hecho de que quien remataba al arco, no ejecutó esa pena para cuidar el prestigio presidencial.

  

Disparó con precisión y envió la pelota a un rincón de las ánimas. Inatajable.

No fue en realidad error del portero, sino impiedad y candor de quien pateaba. 

Pateó como si fuera Fernanda Vallejos imputándole a Alberto Fernández los peores calificativos imaginables, venciendo la estirada para retener prestigio, imposibilitando cualquier orgullo, con el irrefutable y malévolo gol perforando su investidura.

Otra cuestión para pensar: ¿por qué decidirse a atajar penales cuando la posibilidad de ser vencido por las circunstancias es mayúscula?

Por ejemplo; ¿para qué presentarse en el juicio que se le sigue a Cristina Fernández para afirmar que ignoraba todo lo relativo a Lázaro Baez? Eso es hablar para perder. Nadie le creyó al Primer Magistrado.

Se puso solito bajo los tres palos para que lo pelotee la opinión pública.

La soledad del arco no convoca a la misericordia. Por el contrario, atrae a todos los que patean.

En la sucesión de imágenes que componen el arduo esfuerzo de levantarse desde la arena tras un penal en contra y convertido por el adversario, el presidente queda de rodillas. Nadie, ningún arquero en el mundo, elude esa instantánea del sometimiento. Pero podría haber elegido no sacrificarse sin que nadie se lo exigiera accediendo a atajar un penal inatajable.

Es como el poder; un penal inatajable.

El poder pelotea a sus portadores.

“Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.

–Bien, pibe –me dijo–. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.”

Es el final del legendario cuento titulado El penal más largo del mundo, del inmenso Osvaldo Soriano.

La historia tiene mil vericuetos, idas y vueltas, pero la política imita mal a la literatura.

Curioso, el arquero vencido tenía el mote de “Gato”, como el presidente anterior.

No hay presidente que no se lleve la canasta llena de goles en contra, merecidos o no.

Pero hay una sentencia probablemente profética. “Nadie se va a acordar de mí”.

¿El Presidente estará también destinado al olvido y al gris polvo de la historia?

Quizás si, o tal vez no.

Algunos ya claman para él; ni olvido ni perdón.

¿Quién le patea a diario los penales ultra esquinados al Presidente?

Su socia e íntima enemiga, la vicepresidenta, no erra nunca y siempre lo tiene a mal traer con el inalcanzable efecto de sus remates oblicuos o frontales y siempre lacerantes para el arquero que ella eligió apoltronar en el sillón de Rivadavia.

Esa tarde en Mar de Ajó el arquero de pantalón largo claro y camisa celeste obtuvo sin embargo quizás la estampita que le faltaba para completar el álbum de su trayectoria desigual.

Fue un penal, esa instancia tan dramática, esa cámara lenta en la que decide estirar las manos al extremo, prolongar sus dedos hasta lo imposible para que esa pelota no pase la línea de gol, para no quedar allí con las manos vacías, por el tiro de un pibito que le vació esa alegría que es siempre la del milagro de detener la humillación de la pena máxima.

La pena máxima.

Para él, para todos.

No llores por él Argentina.

Nadie se lo ordenó.

Eligió atajar el penal inatajable Y no lo atajó.

Miguel Wiñazki

Fuente: Clarin



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