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ACTUALIDAD

25 de febrero de 2022

El Donbás y la geopolítica defensiva de Rusia

Por: esglobal.org

Manifestantes ucranianos sostienen una pancarta contraria a la decisión de Putin de reconocer la independencia de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk durante la concentración denominada «El Imperio debe morir» cerca de la embajada rusa. (Sergei Chuzavkov/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

 

Moscú traza sus líneas de seguridad con Occidente a través de «Estados tapón» como Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria y ahora el Donbás.

El anuncio realizado este 21 de febrero por el presidente ruso Vladímir Putin de reconocer la independencia de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk, también conocidas por su región, el Donbás, altera significativamente el equilibrio de fuerzas y el panorama existente en la crisis ucraniana. Toda vez, este 22 de febrero, el Senado ruso autorizó el uso de tropas en el extranjero.

La apuesta de Putin por el Donbás evidencia al mismo tiempo la estrategia geopolítica rusa de procrear Estados de facto (EDF) como entidades tipo «Estado tapón» («Buffer States«) con la finalidad de concretar un «colchón estratégico» de seguridad para sus líneas defensivas y atenuar cualquier tentativa de expansión de la OTAN hacia el área euroasiática posoviética.

La decisión de Putin de reconocer la independencia del Donbás y de abrir acuerdos de Amistad, Cooperación y Ayuda Mutua ocurre dos días después de la intervención del presidente ucraniano Volodímir Zelenksi durante la Conferencia de Seguridad de Múnich el pasado 19 de febrero, en la que aseguraba que Ucrania era «la frontera de defensa de Europa contra Rusia», pidiendo a la OTAN acabar «con la política de apaciguamiento ante Rusia».

En cuanto a la perspectiva de los EDF y su presencia dentro de la geopolítica rusa, la crisis ucraniana de 2022 tiene leves recuerdos con la acontecida en 2008 con Georgia, cuando el entonces presidente georgiano Mikheil Saakashvili lanzó una ofensiva militar contra las hoy independientes de facto repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur. En ese entonces, Moscú reconoció la independencia de ambas entidades, siendo secundado por Venezuela, Nicaragua y Nauru.

 

El «cordón sanitario» ruso de Crimea al Mediterráneo

Un guión similar al de Abjasia y Osetia del Sur lo repitió Putin en Crimea en 2014, tras la caída del presidente ucraniano Víktor Yanúkovich, cuyo Partido de las Regiones precisamente proviene del Donbás. Si bien Crimea no es un EDF debido a que la Federación rusa ya la integró en su territorio, Putin logró aquí acicalar la efectividad de su audaz y no menos arriesgada apuesta.

Así, Putin ha logrado vertebrar un «cordón sanitario anti OTAN» desde Bielorrusia hasta el Mediterráneo, con epicentro en Crimea por su potencialidad naval estratégica y con el Donbás como «Estado tapón» entre Moscú y Kiev. Por otro lado, la crisis ucraniana le ha permitido también fortalecer el eje euroasiático trazado con China como mecanismo de contención al «atlantismo» de EE UU y la OTAN, con puntos de sintonía en temas sensibles como Ucrania y Taiwán y en lo referente al rechazo a cualquier tipo de injerencia occidental en Rusia y China así como en sus áreas de influencia.

A este escenario hay que agregarle la presencia militar rusa en Siria desde 2015, que ha potenciado su base militar en Tartus, puerto sirio mediterráneo existente desde los tiempos soviéticos.

Toda vez, Rusia se ha implicado cada vez más en la situación de la Libia posterior a Gadafi, manifestando su apoyo al general Jalifa Hafter como «hombre fuerte» del país. Un aspecto que supone igualmente para Moscú colocar una especie de «cabeza de puente» en el área mediterránea, así como en el Magreb y el Sahel, escenarios donde la OTAN y la Unión Europea también tienen intereses estratégicos. De este modo, el Kremlin está configurando un escudo defensivo desde Crimea y el Mar Negro hasta Tartus y el Magreb con el foco puesto en el Mar Mediterráneo, una vieja aspiración geopolítica rusa que ansía alcanzar mares cálidos para su poderosa Armada.

Por otro lado, queda por ver cómo se configurará la relación de Putin con Turquía, miembro estratégico de la OTAN que en los últimos tiempos había virado su orientación geopolítica hacia el eje ruso-chino.

Desde finales de 2021, Turquía ha fortalecido acuerdos militares con Ucrania, en especial la venta de drones que Kiev ha utilizado precisamente en el conflicto del Donbás, lo cual ha irritado a Moscú. En medio de la actual crisis ucraniana, a principios de febrero, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan visitó el país con la intención de buscar una alternativa diplomática al conflicto ruso-ucraniano. Pero esta visita puede también ser interpretada como una presión por parte de la OTAN hacia Turquía para alcanzar una salida diplomática a un conflicto cada vez más enquistado y entrampado.

 

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, firma los decretos sobre el reconocimiento de la autoproclamada República Popular de Donetsk (RPD) y la República Popular de Luhansk (RPL) en Moscú, Rusia, el 21 de febrero de 2022. (Kremlin Press Office / Handout/Anadolu Agency via Getty Images)

 

Radiografía del Donbás, el «hermano menor» del Kremlin

En cuanto al Donbás, ésta es una región minera e industrial localizada en la cuenca del río Donets, fronteriza con Rusia. Incluye los óblast de Donetsk y Lugansk, aunque su configuración histórica y geográfica también se expande hacia el óblast de Dnipropetrovsk y del sur de Rusia. La mayor parte de la población del Donbás habla ruso, lo cual visto en perspectiva constituye aproximadamente un 40% de la población total ucraniana.

El Donbás vive desde 2014 un conflicto armado con Ucrania que ha dejado más de 12.000 muertos. Los Acuerdos de Minsk de 2014-2015 buscaron una pacificación hasta ahora infructuosa. Moscú ha acusado al gobierno ucraniano de, presuntamente, violar estos acuerdos, toda vez las tensiones se recrudecieron en el Donbás ante la actitud de Washington y Kiev de anunciar una «inminente invasión militar» rusa al país vía Donbás.

El reconocimiento ruso de las independencias de Donetsk y Lugansk podría condicionar la viabilidad de los Acuerdos de Minsk. En el discurso en el que anunció el reconocimiento de estas repúblicas, Putin hizo hincapié en el revisionismo histórico «posoviético» al considerar que «fue un error permitir a las repúblicas dejar la URSS».

Por otro lado, China reaccionó al reconocimiento ruso del Donbás con prudencia. Acogió la necesidad de revitalizar el proceso de Minsk, lo cual entra en sintonía con una de las prioridades para Putin, pero evitando pronunciarse sobre el nuevo estatus del Donbás aplicado por Moscú, tomando en cuenta que Pekín tiene sus propios problemas separatistas y de autonomía (Xinjiang, Tíbet, Hong Kong).

 

Las EDF como esferas de influencia para Moscú

Una revisión preliminar sobre la existencia de los EDF permite observar una característica clara: la mayor parte de ellos se encuentran en la periferia euroasiática exsoviética. Son por tanto realidades geopolíticas herederas de los conflictos emanados de la desintegración de la URSS.

De los once Estados de facto que se pueden observar en la actualidad, cuatro de ellos están localizados en la periferia euroasiática exsoviética: son los casos de Transnistria, Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno Karabaj, al que muy probablemente habría que agregarle ahora dos más, las repúblicas de Donetsk y Lugansk en el Donbás. De todos ellos, tan sólo Nagorno Karabaj no tiene fronteras físicas con Rusia.

El resto de estos EDF están repartidos en diversas áreas geográficas: Kosovo en los Balcanes; la República Turca del Norte de Chipre; Sáhara Occidental, Somalilandia y Puntlandia en África; Palestina en Oriente Medio y Taiwán, foco estratégico para China y EE UU en el Sureste Asiático.

Para los intereses geopolíticos rusos, la existencia de estos EDF ha servido para asegurar las «esferas de influencia» del Kremlin ante vecinos incómodos con vocación «atlantista», como son los casos de Ucrania (Donbás, Transnistria), Georgia (Abjasia y Osetia del Sur) y en menor medida Moldavia (Transnistria).

Caso diferente es Nagorno Karabaj, que supone un pulso geopolítico entre dos históricos enemigos como Armenia y Azerbaiyán, países con los que Rusia mantiene relaciones estratégicas. Ello hace que Moscú ejerza una influencia decisiva a la hora de pacificar el conflicto armenio-azerí.

 

Las repúblicas bálticas: ¿próximo desafío?

La defensa de la diáspora rusa en países exsoviéticos es una de las prioridades de la política exterior de Putin. Por ello, no sería descartable la posibilidad de que, con Ucrania en el caldero geopolítico y el Donbás separado de facto de Kiev, el Kremlin trace una política similar hacia las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), donde viven minorías étnicas y lingüísticas rusas, en algunos casos con situaciones legales complejas.

En el caso báltico, la diferencia es sustancial con respecto a Ucrania, ya que esas tres exrepúblicas soviéticas forman parte desde 2004 tanto de la OTAN como de la Unión Europea. Por tanto, dar curso a una especie de casus belli para Moscú en esta región, similar a lo ocurrido en el Donbás, implicaría una reacción automática de la Alianza Atlántica en defensa de sus tres socios bálticos, a diferencia del Donbás, tomando en cuenta que Kiev no pertenece ni a la UE ni a la OTAN.

Los actuales ejercicios militares entre Rusia y Bielorrusia, que reúnen entre 20.000 y 45.000 efectivos militares rusos, ejercen un efecto inmediato de disuasión en las repúblicas bálticas, las cuales observan cómo Moscú podría estar aumentando la presión hacia ellas. No obstante, es más probable que en el caso báltico, Putin apueste por configurar una especie de «escudo de seguridad» vía Bielorrusia para evitar mayor presión por parte de la OTAN. También podría denunciar ante los organismos internacionales la posible situación de discriminación legal de las minorías rusas en esos países bálticos.

 

El presidente ucraniano Volodímir Zelenski asiste a una reunión durante la Conferencia de Seguridad de Múnich 2022, Alemania. (Matt Dunham – Pool / Getty Images)

 

La apuesta de Putin: ¿riesgo calculado?

Con el reconocimiento de la independencia del Donbás por parte de Rusia, quedan en el aire varias interrogantes: ¿seguirá Moscú propiciando a largo plazo estos EDF en el espacio euroasiático exsoviético como entidades que garanticen su seguridad defensiva ante Occidente? Con el paso del tiempo, ¿supondrán estas maniobras un riesgo estratégico para Rusia? ¿Pasarán factura política a Putin?

A grandes rasgos, Putin ha logrado afianzar algunos de sus objetivos estratégicos. En el marco de las tensiones con Occidente y ahora con el reconocimiento del Donbás se disipa la posibilidad de que Ucrania ingrese a corto plazo en la OTAN, a la vez se materializa de facto la partición geográfica y política de Kiev, otorgándole a Rusia una esfera de influencia en la política de ese país vía Donbás.

Por otro lado, el «cordón de seguridad» en el Este europeo trazado por Moscú le permitiría fortalecer aún más su condición de suministrador energético para Europa, un objetivo geoestratégico para el Kremlin. De hecho, las primeras reacciones en el mercado energético tras el reconocimiento ruso de la independencia del Donbás apuntaron a un alza del 10% en el precio del gas natural de referencia en Europa. En este sentido, la capacidad energética rusa podría suponer un canal de expansión comercial hacia Occidente para el eje euroasiático sino-ruso, algo que preocupa geopolíticamente a Washington y Bruselas.

No obstante, Putin ya comienza a observar las consecuencias de su reconocimiento al Donbás precisamente por parte de uno de sus socios energéticos europeo. Un día después de este reconocimiento, Alemania anunció el bloqueo a la certificación del gasoducto Nord Stream II, pieza estratégica clave en la geopolítica energética del Kremlin. La probable presión de Washington contra el gasoducto, así como de su socio de coalición Los Verdes muy probablemente determinaron la decisión del canciller Olaf Schölz de suspender este proyecto.

Conjeturar con la posibilidad de que la crisis ucraniana pase factura política a Putin es, cuando menos, un ejercicio incierto. El reconocimiento del Donbás podría escalar el nacionalismo ruso a un nivel similar al observado con la anexión de Crimea en 2014. Pero en términos económicos, Rusia observa ganancias geopolíticas que pueden verse empañadas por las fuertes sanciones económicas occidentales, las cuales pueden mermar una economía tan dependiente de los recursos naturales como es la rusa.

No obstante, la crisis ucraniana ha confirmado un punto de no retorno por parte de Putin en sus relaciones con Occidente. Por otro lado, está la alianza rusa con China, que alcanzó un punto elevado en esta crisis de Ucrania. El distanciamiento con Occidente puede ser levemente complementado por el Kremlin con una mayor implicación económica en Asia vía China.

En el otro extremo, está la posición de Joseph Biden. Tras su fracaso en Afganistán, ¿cómo queda el presidente estadounidense en lo que respecta a la crisis ucraniana, donde Putin sigue imponiendo sus líneas? ¿Le pasará factura inmediatamente en un año electoral decisivo, con los comicios legislativos en noviembre próximo?

Biden ha mantenido una actitud intermedia entre la intransigencia para atender las demandas rusas y cierto distanciamiento a la hora de ayudar a Ucrania de manera irreversible. La Casa Blanca nunca dejó claro si la gravedad de la crisis con Rusia propiciaría una especie de asistencia inmediata a Kiev que conllevara su admisión en la OTAN.

Por otro lado, han sido precisamente Washington y Kiev los que más han advertido a la opinión pública de una «inminente invasión militar rusa» que, hasta el momento, no ha ocurrido. Biden ha observado también con recelo las iniciativas diplomáticas realizadas por el presidente francés Emmanuel Macron con Rusia y Ucrania bajo la perspectiva de desescalar la tensión, mostrando una actitud independiente con respecto a los imperativos geopolíticos estadounidenses y de la OTAN.

En este sentido, Macron, quien busca la reelección presidencial en mayo, podría ahora erigirse como el líder más visible para conducir a la Unión Europea tras el final de la etapa Merkel, toda vez el propio sucesor de esta en la Cancillería alemana, Olaf Schölz, está iniciando su tiempo político con la necesidad de consolidar su tripartito inédito en el poder en Berlín.

Por otro lado, la crisis ucraniana ha provocado una sintonía de intereses en EE UU entre el Partido Demócrata y el Republicano con el objetivo de contener a Rusia. Pero esta puede ser circunstancial tomando en cuenta la proximidad de los comicios legislativos de noviembre próximo. A no ser que Washington observe que Putin no dará su brazo a torcer en Ucrania y termine congelando un conflicto cada vez más latente, que, además, el Kremlin ha logrado utilizar con destreza en materia de disuasión estratégica.

El reconocimiento ruso del Donbás implica poner el foco en otro actor, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski. Su situación política es delicada. Ucrania es cada vez más dependiente de un Occidente que no ve clara su apuesta por salvar a Ucrania a toda costa de la influencia rusa.

Zelenski podría observar un fuerte descontento de los sectores nacionalistas ucranianos más radicales, molestos por la partición geopolítica de facto de Ucrania y también por la influencia rusa en la política ucraniana vía Donbás. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, Zelenski se esforzó por convencer a Occidente de que Ucrania era la «puerta de seguridad europea ante Rusia» y que su vocación proccidental podría suponer un foco de democratización y de expansión de valores liberales que podrían penetrar en la conservadora Rusia de Putin.

Pero este contexto es poco claro. A la corrupción endémica de la política ucraniana y su excesiva dependencia de Occidente se le une ahora el cuestionamiento de su integridad estatal tras la separación de facto del Donbás, lo que la coloca en la órbita de influencia rusa. Más que la «puerta de contención y de seguridad europea contra Rusia» que Zelenski se esforzó hasta la saciedad por ilustrar a sus aliados occidentales, el contexto actual acrecienta las perspectivas, ya observadas con anterioridad en la crisis de 2014, de que Ucrania se convierta en una especie de «Estado fallido» a las puertas de Europa.

La crisis ucraniana está lejos de solucionarse y se encamina más bien a enquistarse como un conflicto latente entre Rusia y Occidente. Pero el contexto 2022 altera el equilibrio geopolítico hasta ahora establecido. El reconocimiento de la independencia del Donbás por parte de Rusia confirma que los imperativos geopolíticos del Kremlin en el espacio euroasiático pasan por configurar esferas de influencia y entidades paraestatales que aseguren la contención a la expansión occidental vía OTAN. El Donbás es, hasta ahora, el último ejemplo de esta calculada estrategia geopolítica rusa.



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