Miércoles 10 de Agosto de 2022

Hoy es Miércoles 10 de Agosto de 2022 y son las 19:36 - Tomemos Conciencia. "No me preocupan los corruptos y ladrones." Me preocupa todo un pueblo que mira con indiferencia el comportamiento mafioso. "El miedo sólo sirve para perderlo todo."

26 de febrero de 2022

DESPUÉS DE LA BATALLA DE CASEROS - EL DÍA QUE SAQUEARON BUENOS AIRES

Por: Arístides Domínguez.

 

EL DÍA QUE SAQUEARON BUENOS AIRES 

Gabriel Di Meglio 

Pocos acontecimientos tuvieron consecuencias tan determinantes para la historia  argentina o, mejor, rioplatense, como la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852.  La caída del poderoso sistema federal encabezado por el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas, el inicio de un rápido proceso de organización constitucional en la  Confederación Argentina, la separación de Buenos Aires de ella y su existencia como  Estado independiente durante algunos años, el fin del predominio federal en esta  provincia y el regreso del Imperio brasileño a una posición preponderante en el Río de  la Plata fueron las principales, todas ya evidentes en los meses posteriores al combate. 

Otras derivaciones de Caseros fueron menos importantes para la “alta política”, pero  no por ello menos dramáticas. Fue el caso del saqueo general de decenas de tiendas  en todos los barrios porteños, que comenzó en la madrugada del 4 de febrero de  1852 y concluyó esa misma noche con una masacre de saqueadores. Se trató de  una de las jornadas más trágicas de la historia de Buenos Aires y el inicio sangriento  de una nueva década de conflictos. 

Todas las soldadescas dispersadas y la que estaba en la ciudad, desmandada en  partidas con la plebe, se pusieron a saquear las casas de comercio. 

Juan Manuel Beruti, escritor

Justo José de Urquiza, general vencedor, acampó en las afueras de la ciudad.

La batalla 

(...) La mañana del 3 de febrero de 1852 dos grandes ejércitos se enfrentaron delante  del palomar de Caseros, a pocos kilómetros de Buenos Aires y cerca del campamento  de las fuerzas de Rosas, en Santos Lugares. El choque fue relativamente breve y poco cruento, pero produjo miles de dispersos, muchos de los cuales se dirigieron  hacia la Capital. La caballería de Buenos Aires, en particular, se desbandó por  completo al inicio del combate, tras ser derrotada y perseguida a fondo por la de Justo  José de Urquiza

Rosas, herido en una mano, logró escapar. Al llegar a Buenos Aires, redactó su  renuncia al gobierno de la provincia y se refugió en la casa del cónsul británico  Robert Gore, quien con presteza organizó su huida a bordo de una fragata.  Finalmente, la enésima alianza acordada contra el gobernador bonaerense había  conseguido lo que durante años fue imposible: vencerlo, y así poner fin a una era. 

La población porteña estaba consternada. Al mediodía, los primeros desbandados de  las tropas rosistas empezaron a entrar a la ciudad con noticias aún confusas, pero dos  horas más tarde los que llegaban portaban una certeza, la de la derrota. “Han llegado  muchos, la mayor parte sin armas”, dice un relato anónimo fechado ese mismo día a  las dos de la tarde. 

(...) Lucio Mansilla, general que había dirigido seis años antes la resistencia de  la Vuelta de Obligado contra la escuadra anglofrancesa, era ahora comandante de la  ciudad y en un momento pareció ensayar alguna organización defensiva, pero al  enterarse del desenlace muchos de los milicianos que comandaba se dispersaron

Según el imprentero español Benito Hortelano, residente en Buenos Aires, la población estaba preocupada desde antes de la batalla con cualquier resultado:  “Se temía una derrota, porque se creía que Urquiza entraría a degüello y se temía que triunfase Rosas, porque después del triunfo y no teniendo ya enemigos se cebaría en  la población, empezando los degüellos como en el 40 y el 42” (aludía a esos dos  episodios de matanzas de opositores a manos de la Mazorca, en sendos momentos  críticos de las guerras contra los enemigos de Rosas). 

Mansilla congregó al resto de la milicia en torno de la Plaza de la Victoria, pero en  seguida decidió declinar y pactar con Urquiza, para lo cual recurrió a la mediación de  diplomáticos extranjeros. A la vez, a las cuatro y media de la tarde de ese día,  permitió que los barcos europeos anclados frente a la ciudad hicieran descender a sus  tripulaciones para proteger a sus connacionales. Marinos británicos y franceses se  apostaron delante de la aduana, del banco y de las casas de sus agentes; también  desembarcaron estadounidenses, suecos y sardos. 

A esa misma hora, en los suburbios, comenzaban episodios de saqueo: “una partida de  soldados echó abajo las puertas” de la pulpería de Daniel Bertola en la calle Larga de  Recoleta, “hiriendo a más al dueño de un balazo”, y otras pulperías de la zona  sufrieron igual suerte. Fueron los derrotados en Caseros los que iniciaron la  acción

Dijo el testigo Miguel Estévez Seguí: “Empezó un saqueo que quiso atribuirse a la  tropa acampada en las orillas o suburbios, pero si bien hubo algunos de estos o quizá  empezaron en ese indigno robo, lo cierto fue que muchos de los soldados dispersos  del campamento derrotado de Rosas, y poniéndose al pecho una especie de pañuelo  triangular blanco (que había sido el distintivo de la tropa de Urquiza al entrar en  pelea, para no confundirse con los enemigos, pues unos y otros estaban federalmente  uniformados), se lanzaron al saqueo”. 

En igual sentido se expresaron otros testigos. El general César Díaz, jefe de los  orientales en Caseros, habló de “un enjambre de soldados, seguidos de porción de  gente a pie, todos munidos de la divisa de guerra que nuestra caballería había usado en la batalla”; Hortelano sostuvo que “no fueron las vencedoras, sino las vencidas las que cometieron los crímenes”, y uno de los comerciantes saqueados señaló como  responsables a “tropas desbandadas a consecuencias de la acción del Montecasero”. 

Por la noche, Mansilla se refugió en un vapor francés, y las “fuerzas ciudadanas” –la  milicia que aún quedaba organizada– abandonaron por completo sus puestos y sus  armas, sin cumplir la misión de “garantizar el sosiego y la propiedad”. No había,  pues, fuerzas armadas para el control de la ciudad

Se calcula en 500 personas las que murieron en las calles y fusiladas por la  Comisión Militar. Lo admirable de este saqueo es que en cinco horas que duró se  necesitaron después, para recoger los efectos de bulto robados, más de 300  carros. 

Benito Hortelano, imprentero 

El caos 

“En la esquina de la Catedral como en las otras, había trincheras formadas de piedras  y tercios de yerba, abandonadas lo mismo que las piezas de artillería”, recordó  Antonio Somellera, en referencia a las posiciones defensivas que se habían empezado  a levantar por si la ciudad decidía resistir; “los que andábamos por las calles centrales en busca de noticias, presenciábamos el desbande de las fuerzas de policía y  guardia de cárcel, abandonando armas y parte del uniforme; la salida de los  presos cargados de sus camas y sus ropas”. 

El ejército de Urquiza se quedó en las inmediaciones de la ciudad. “La ciudad quedó  acéfala”, escribió Hortelano: “El Fuerte, punto principal, quedó a merced de quien  quisiese apoderarse de él, todo lleno de armas y pertrechos de guerra, con gran  cantidad de municiones tiradas por los patios. Las cárceles fueron también  abandonadas y, por consiguiente, todos los presos y lo criminales se escaparon”.

En ese contexto, las situaciones aisladas de la jornada de la batalla se convirtieron en  un saqueo general al día siguiente, cuando más gente se agregó a los soldados. 

Por la madrugada, en la tienda y mercería de Domingo Pinedo, ubicada en la  periférica parroquia de Balvanera, fueron forzadas a balazos las cuatro puertas de  la casa entrando en ella un considerable número de hombres armados los que  acompañados de infinidad de comedidos de las vecindades, dio principio al más  grande saqueo, el que cesó cuando quedó la casa completamente destituida de cuanto tenía”. 

El día empezaba agitado; hacía un calor agobiante y soplaba viento del norte. 

Unas horas más tarde, cerca de allí, “se presentó una turba de soldados al frente de la  puerta” del negocio de Mariano Paete, “los que consiguieron abrirla a fuerza de balas  y hacha” para luego robar todo lo que allí había. 

Escenas similares se sucedieron a partir de entonces en distintos barrios. “Todas las  soldadescas dispersadas y la que estaba en la ciudad, desmandada en partidas con la  plebe”, dijo Juan Manuel Beruti en su diario personal,se pusieron a saquear las  casas de comercio, como tiendas, almacenes, pulperías, casas de oficios, platerías,  zapaterías, etc.”. 

En la parroquia de la Piedad, al este de Balvanera, el saqueo fue especialmente  intenso. Joaquín Celis sostuvo que su tienda, en Plaza Lorea, “fue una de las primeras  que sufrieron en este lamentable acontecimiento”, mientras que la confitería de  Lorenzo Balerga fue atacada por un grupo armado a las seis y media de la mañana y  “después entraron otras dos veces más otras dos fuerzas y plebe”, que le robaron de  todo y lo amenazaron “con puñales y carabinas”.

La tienda de Cayetano Podestá fue forzada por una partida de soldados armados que  lo amenazaron de muerte; también el zapatero Giuseppe Passarelli fue intimidado  hasta que abrió su puerta, para perder todo lo que tenía. 

(...) A primera hora de la mañana, Urquiza, que se había instalado en las afueras –en  Palermo, donde Rosas tenía su residencia– nombró a Vicente López, veterana figura  política, gobernador provisorio de Buenos Aires. Se entrevistó con los enviados  extranjeros, y luego estos regresaron a la ciudad, “que encontramos en manos de la  ralea que la pillaba y saqueaba los negocios, especialmente los de los joyeros”, según  informó el cónsul británico. 

Muchas escenas salvajes he visto, pero nunca vi hombres  sacrificados con tanta ligereza y tan sin piedad, como en esos días. 

Axel Adlesparre, oficial sueco

 

Juan Manuel de Rosas. Herido de una mano, se refugió en la casa del cónsul inglés.

La masacre 

“El primer deber del Gobierno Provisorio es asegurar en las críticas circunstancias  actuales la propiedad y las personas de sus habitantes”, aseguró el bando por el cual el  anciano Vicente López inició su breve gestión el 4 de febrero.

Obligaba a “todos los ciudadanos de la milicia activa y pasiva de la ciudad” a volver a  sus puestos con sus antiguos jefes, bajo amenaza de penas, y aclaraba que “en el  término de ocho días, contando desde la publicación de este bando, todo individuo  que se hallase por las calles robando, y se le tomase infraganti, será fusilado en el  término de un cuarto de hora y en el mismo lugar de la perpetración del delito”. 

A la vez, López le escribió a Urquiza para que pusiera orden, ya que “hay saqueos  parciales en algunos puntos y es urgente que V.E. tenga a bien realizar su primer  pensamiento y mandar una fuerza, a cargo del señor coronel Galán, para que reprima  los desórdenes del populacho, a la mayor brevedad”. La medida tomada por López era  extrema e inédita en su dureza en la historia porteña, y nada ilustra mejor el pavor que  muchos tenían en la ciudad. 

El primer destacamento que envió Urquiza “después de dar una vuelta por la plaza, se  retiró hacia la plaza del Retiro, sin tomar ninguna disposición para mantener el  orden”. 

Ante este panorama, algunos individuos se juntaron en la central Plaza de la Victoria  para enfrentar el saqueo; incluso habían sido atacadas tiendas y platerías a una cuadra  de allí. 

Tres décadas más tarde, Somellera –corroborado en cartas de otros protagonistas de  esa jornada– relató cómo él inició junto con Mariano Billinghurst la convocatoria a  los vecinos. Primero entraron al Fuerte y se apoderaron de armas que había en el  cuarto de guardia. Luego fueron a la “Pirámide al frente del Cabildo, nos colocamos  en línea y con el sombrero en la mano, puesto en alto, en voz altísima llamábamos al  pueblo a tomar las armas para repeler a los vándalos que ya habían invadido esta  ciudad”.

Dispararon sin éxito sobre algunos soldados saqueadores que pasaron y eso  contribuyó, según Somellera, a que el vecindario se diera cuenta de la gravedad de la  situación. 

Billinghurst gritaba:¡¡Defendamos nuestra vida, nuestros intereses y el honor de  nuestras familias!!”. Se acercaron tenderos de la Recova (la gran construcción que  dividía en dos la Plaza de la Victoria), varios extranjeros y otros, pero para ampliar el llamado decidieron “echar al vuelo la campana del Cabildo, como en otras épocas en  casos análogos se había hecho” (el Cabildo como institución no existía desde 1821,  pero es evidente que seguía vivo el recuerdo de su ascendencia sobre la población). 

De inmediato empezaron a organizar grupos de diez hombres o más para avanzar  sobre las calles y desarmar a los saqueadores, dispuestos a disparar sobre los que se  resistieran. 

A la una de la tarde ya había un “numeroso pueblo” en la plaza, y las armas  disponibles no eran suficientes. Poco después se hizo presente un nutrido batallón del  ejército de Urquiza, al mando del coronel Ramón Lista, quien tomó posición en la  plaza. Estaba todo dispuesto para la represión. Según Pastor Obligado (hijo), por entonces de 10 años, el primer fusilamiento fue frente al Fuerte, en la esquina de  Victoria y Representantes. 

El relato de Hortelano solo difiere en el inicio de la reacción: “Los soldados  norteamericanos que daban la guardia al cónsul, viendo que estaban saqueando una  platería inmediata, acometieron a los ladrones, dejando tendidos a dos, lo que dio  ánimo a los vecinos extranjeros para armarse y lanzarse a las calles en persecución de  los ladrones”. 

Hortelano y unos comerciantes de la Recova sacaron fusiles y municiones del Fuerte,  “con los que armábamos a los que iban llegando, ordenando patrullas de a ocho 

hombres, nombrábamos un jefe de cada una, y dábamos instrucciones para que  saliesen en persecución de los ladrones”. Así comenzó la matanza. 

“Veíase a los vecinos formando grupos armados unos con escopetas, pistolas, chuzos  y cuanto había a las manos, cazando como en una cacería de jabalíes a cuantos se  encontraban robando”. 

Las tropas de Urquiza, los vecinos autoorganizados y las tripulaciones  extranjeras aunaron esfuerzos e iniciaron la persecución. 

Según César Díaz, las patrullas arrestaron “muchas personas cargadas de botín, unas  en el interior de las tiendas, y otras corriendo por las calles a poner en seguridad su  presa: había entre ellas soldados y paisanos, hombres y mujeres. A medida que se  iban capturando, se remitían a la casa de Policía, y allí eran inmediatamente pasados  por las armas, sin más justificación de delito, que la de haber sido aprehendidos  llevando en las manos, alhajas u otros objetos robados”. 

De hecho, muchos de los bienes saqueados cayeron en manos de quienes detenían  y fusilaban a los implicados, y quedarían en poder del gobierno de Buenos Aires. Urquiza y López organizaron una comisión militar. 

“Se calcula en 500 personas las que murieron en las calles y fusiladas por la Comisión  Militar. Lo admirable de este saqueo es que en cinco horas que duró se necesitaron  después, para recoger los efectos de bulto robados, más de 300 carros, llenando varios  almacenes para que de allí fuesen recogiendo los dueños lo que les pertenecía”  (testimonio de Benito Hortelano). 

Para Beruti la cifra de muertos fue aún mayor, dado que las patrullas de ciudadanos  mataron “a más de seiscientos ladrones, que se mandaron en carradas sus cadáveres al  cementerio y entre ellos algunas mujeres”.

(...) Sin dar precisiones de números, el sueco Axel Adlersparre, oficial de una corbeta  anclada frente a la ciudad de la cual desembarcaron armas para contribuir a la defensa  vecinal —y en particular de un par de residentes suecos—, dijo más tarde: “Muchas  escenas salvajes he visto, pero nunca vi hombres sacrificados con tanta ligereza y  tan sin piedad, como en esos días”. En efecto, es probable que la represión de los  saqueos haya producido más muertes que la batalla de Caseros misma. 

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