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3 de septiembre de 2022

Los trajes de Alberto y las perlas de Thatcher. Aciertos y errores en el estilo de los poderosos a la hora de vestirse

Por : INES BEATO VASSOLO
Fuente : LA NACION

“Cristina emula a Eva Perón, con un vestuario aspiracional que no busca conectar con la base política sino posicionarla en otro nivel, por encima de las masas, en un lugar verticalista”, explica María Soto

Madeleine Albright usaba prendedores de serpientes, misiles y avispas para plantarse ante iraquíes y rusos en nombre de la Secretaría de Estado de Bill Clinton.

Mismo estilo, distintos colores, así vestía la canciller alemana Angela Merkel en las reuniones semanales de gabineteCon un “Pantone propio, la excanciller alemana Angela Merkel transformó sus trajes masculinos en medios para ejercer psicología del color.               

El expresidente Mauricio Macri dejó de lado la corbata para separarse de la casta empresarial e intentar llegar a todos los argentinos.                                                                                                                                              Y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, usa sus medias para desplegar banderas de apoyo a la comunidad LGBTQ+ y a los musulmanes.

Nada de esto fue casual. En el impacto de un discurso, las palabras se llevan solo el 7% de la importancia, mientras que el otro 93% recae en la comunicación no verbal –38% para ritmo, el tono, las pausas; 55% para los gestos, la puesta en escena, la estética y la indumentaria–. Los datos científicos llegaron en los 70 de la mano de Albert Mehrabian, psicólogo y antropólogo armenio nacionalizado en Estados Unidos; pero lo adelantaba, desde mucho antes, el dicho popular: una imagen vale más que mil palabras.

En América del Norte y en Europa, los políticos no tardaron en entender la regla y exprimirla a su favor, a tal punto de convertir el estilismo en una fuerte herramienta de negociación, en muchos casos, incluso, devenida en marca personal.

Por estas latitudes de democracias jóvenes, sin embargo, todavía predomina la informalidad y lo casual, según coinciden especialistas en marketing político consultados por LA NACION, y son pocos los ejemplos de una comunicación de imagen consciente, en la que sí parecen haber acertado los expresidentes de Venezuela y Cuba, Hugo Chávez Fidel Castro –respectivamente–, así como algunos referentes del Pro, en el caso de la Argentina.

Lo cotidiano es toparse con incongruencias como la del primer mandatario Pedro Castillo y el uso del sombrero chotano que no pudo sostener; el ostento de la vicepresidenta Cristina Kirchner, autoproclamada militante de izquierda, y los trajes demodé de Alberto Fernández, holgados.

“La falta de atención en el cuidado tiene que ver con un tabú generado en torno a la imagen. Las religiones monoteístas han presentado al cuerpo como pecaminoso y nos han hecho considerar que todo lo que tenga que ver con el arreglo va en deterioro de nuestro intelecto porque lo importante es el alma y no el cuerpo”, explica a este medio la española Patrycia Centeno, magíster en comunicación política y especializada en asesoramiento de imagen.

Según la experta, el vínculo entre la estética y el poder político es por demás estrecho y fue forjado en tiempos remotos. “El poder ha tenido muy en cuenta la imagen desde las épocas de los griegos y los romanos, que eran muy conscientes de la importancia de las apariencias y la belleza. También, en la Edad Media, las leyes suntuarias determinaban cómo podía vestir una persona y que telas o joyas podía llevar según su clase social”, fundamenta Centeno, autora del libro Política y Moda: la imagen del poder.

Amparada en la regla del 55-38-7 –o “regla de Mehrabian”–, la española insiste en la importancia de apostar al uso estratégico de la apariencia en el campo político para conseguir objetivos, siempre y cuando este sea genuino y tenga coherencia con las ideas que se quieren transmitir.

De acuerdo al estilo, o su carencia, se pueden identificar cinco categorías de políticos en relación a su imagen.

Impericia de estilo.

Mientras algunos mandatarios acompañan sus metas políticas con asesoramientos de imagen estratégicos, otros impostan autenticidad al no poder sostener montajes de campaña, obviar sus orígenes, desvincularse de sus ideales o, simplemente, desestimar el impacto de la comunicación no verbal.

“El límite es el uso de la imagen como vía para manipular a la población”, advierte Centeno. Y continua: “Jair Bolsonaro, en Brasil; el expresidente Donald Trump, en Estados Unidos, o Boris Johnson, en el Reino Unido, son ejemplos de gente pudiente que pretende, a través de la dejadez y la desprolijidad, desconectarse de la elite y conectar con una parte de la sociedad con baja autoestima, a la que no le preocupa la apariencia. Los quieren convencer de que su foco está en solucionar problemas y no en lucir bien”.

De inmediato, la especialista en estética hace un salto a la Argentina, para referirse a Alberto Fernández y sus trajes grandes, de mangas que sobrepasan la muñeca: “Igual de grave es cuando no llega la madurez indumentaria, como en el caso del presidente argentino, que parece un adolescente en busca de su talla.

 ¿Cómo vas a ser capaz de gestionar un país si no sabes cuál es tu tamaño adecuado de chaqueta?”.

El presidente argentino, Alberto Fernández, junto al intendente de José C. Paz, Mario Ishii; su traje oversize y las mangas que avanzan sobre sus manos son indicio de que "el puesto le queda grande", según expertos.

La politóloga y consultora de imagen corodobesa María Soto, que trabaja asesorando a políticos y profesionales desde 2014, coincide con su par española. En diálogo con LA NACION, explica: “En la Argentina, todavía muchos personajes pivotan con lo clásico y quedan demodé. Con su bigote tupido y su corte de pelo, Fernández parece un caudillo. Sus trajes están desactualizados y le quedan muy holgados; eso comunica que su rol le queda grande”.

Las analistas también se detienen en la vicepresidenta argentina Cristina Kirchner. Señalan un desajuste entre los ideales que profesa y el lujo que irradia su estilo. “Es incongruente que una persona que se proclame de izquierda haga un alarde de ostentación tan grande como el suyo. Recurrir a marcas y ostentar de ellas es un error, en tanto es difícil que las filosofías coincidan con los intereses que quiere transmitir el político”, explica la periodista española.

Y Soto agrega: “Cristina emula a Eva Perón, con un vestuario aspiracional que no busca conectar con la base política sino posicionarla en otro nivel, por encima de las masas, en un lugar verticalista”.

Otro líder lationamericano que, según Soto, falla en conjugar sus ideales y su imagen es el presidente de PerúPedro Castillo, quien lució un sombrero chotano –típico de la zona rural en la que nació– durante toda su carrera al Palacio de Gobierno, a modo de remitir a sus raíces y alejarse del establishment político, pero se lo sacó al poco tiempo de asumir. “Fue tan forzado que no lo pudo sostener. Fue un montaje, puro marketing, y una traición hacia la audiencia”, afirma, con determinación, la politóloga argentina.

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