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16 de noviembre de 2015
Hay que ponerles un freno a los mercaderes de la debacle
Esta frase forma parte de un texto elaborado hace más de 30 años por mi padre, el dirigente sindical Antonio Balcedo. Tiene una actualidad asombrosa ya que representa el rol que necesariamente deben empezar a cumplir las organizaciones sindicales en la etapa que se inicia a partir del 10 de diciembre, especialmente en la provincia de Buenos Aires. Para lograr la tan ansiedad justicia social, los peronistas y dirigentes obreros, como hombres y mujeres de bien, debemos empezar por respetar la decisión popular y convertirnos en artífices de la transformación.

Hay que ponerles un freno a los mercaderes de la debacle

 
DIARIO HOY, 16-11-2015, LA PLATA, PROVINCIA DE BUENOS AIRES.-
 
Por Ing. Marcelo Balcedo (secretario general del SOEME).
 
-Especial para Hoy
 
"El movimiento obrero debe pasar de ser factor de presión a actor de poder, al igual que el sector empresarial.                                                                                                             Para ello no debe detenerse exclusivamente en el rubro salarial –sin que ello signifique que deje de plantearlo en ningún momento con todo vigor, dado la angustiosa situación que hoy sufren los trabajadores-, sino que debe gravitar en la elaboración de la política económica global, de la que el salario será su consecuencia, en una relación de causa- efecto”.

Esta frase forma parte de un texto elaborado hace más de 30 años por mi padre, el dirigente sindical Antonio Balcedo.                                                                                         Tiene una actualidad asombrosa ya que representa el rol que necesariamente deben empezar a cumplir las organizaciones sindicales en la etapa que se inicia a partir del 10 de diciembre, especialmente en la provincia de Buenos Aires.                                             Para lograr la tan ansiedad justicia social, los peronistas y dirigentes obreros, como hombres y mujeres de bien, debemos empezar por respetar la decisión popular y convertirnos en artífices de la transformación.                                                                   Esto implica no ser convidados de piedra, pero tampoco elementos incendiarios guiados por la idea de que  “cuanto peor, mejor” ya que aquellos que buscan sembrar el caos han sido, históricamente, funcionales a los sectores más reaccionarios de la sociedad que buscan que nada se modifique.

Siguiendo el mensaje de las urnas, en el seno del sindicalismo tenemos que superar el  accionar que, desde hace años, vienen desplegando tanto los gordos de la CGT como los gordos de la CTA kirchnerista que, como los gorilas en el pasado, ahora intentan aferrarse a sistemas corruptos que atentan contra los intereses de los trabajadores. 

Los trabajadores tenemos que cabalgar la historia, como aconsejaba Juan Domingo Perón, y ser protagonistas del cambio. Y para ello se debe superar el escenario sindical que predominó en los últimos 12 años, con un grupúsculo de dirigentes pactando y tejiendo negociados en beneficio propio. Temerosos de perder estos privilegios, en los últimos días pudimos ver como personajes seriamente cuestionados por sus propias bases, como los ultrakirchneristas Hugo Yasky y Roberto Baradel, se empecinan en intentar llenarle el camino de espinas al gobierno de María Eugenia Vidal que se está preparando para tomar las riendas en la Provincia. 

La realidad es que, antes de salir a dictar sentencia, estos dirigentes tendrían que explicarle a la sociedad qué hicieron en los lugares institucionales que les facilitó el poder político en la última década. Sin ir más lejos, ellos formaron y forman parte del directorio del IOMA, una obra social que, como ya explicamos en la columna de la semana pasada, ha sido vaciada por los negociados realizados a costa de la salud de los trabajadores. También fueron cómplices de la mayor debacle de la escuela pública registrada en el último siglo. A cambio de miles y miles de contratos en la Dirección de Escuelas para financiar estructuras políticas y sindicales, miraron para otro lado mientras se le quitaba autoridad a docentes y empleados de la educación en las escuelas; se manipulaban los sistemas de evaluación para truchar estadísticas y se permitía que la mayoría de los chicos terminen la secundaria sin los conocimientos para resolver una ecuación simple.

Es necesario que se le declare la guerra a los ñoquis que saquean las arcas del Estado. Esto nos permitirá que los recursos millonarios que hoy se están malgastando sirvan para emprender un programa de modernización de la infraestructura escolar. Y para reconocer económicamente el esfuerzo y el sacrificio que, diariamente, hacen los verdaderos docentes y trabajadores que con gran esfuerzo sostienen lo que queda del sistema educativo.   

Hay otros dirigentes sindicales que también han sido cómplices de la entrega, mercaderes de la debacle. Hasta se convirtieron en empresarios para quedarse –utilizando como pantallas cooperativas y sociedades anónimas- áreas sensibles del Estado, como la prestación de los servicios de agua y cloacas. Las consecuencias fueron y son devastadoras ya que hoy tenemos una Provincia con numerosos distritos donde sus habitantes beben agua contaminada con arsénico. Además, según el último censo, menos de la mitad de la población bonaerense tiene acceso a la red cloacal (por debajo de provincias como Tucumán y Catamarca), con el riesgo que ello representa para la proliferación de enfermedades infecciosas.
La salud pública es otra de las áreas donde más se han sentido las consecuencias del proceso de decadencia. Hay indicadores que hablan por sí solos: a nivel nacional hay 70.000 camas de internación, 52.000 menos que al finalizar la gestión del ilustre Ramón Carrillo en el año 1954.
La Provincia, obviamente, no escapa a esta debacle.                                                             Sólo basta con recorrer algunos centros de salud y unidades de pronta atención tan promocionados por el actual gobierno para darse cuenta que son cáscaras vacías.           Es más, pese a que ya fueron inaugurados en pomposos actos, en los que participó hasta la Presidenta de la Nación, en muchos casos ni siquiera comenzaron a funcionar.

A partir del legado que me dejó mi padre, estoy convencido que los representantes de los trabajadores no sólo tenemos que hablar de paritarias y sueldos, sino que también debemos ayudar a promover políticas de Estado transformadoras, integradas en un proyecto estratégico de desarrollo económico. Así podremos desterrar la peor de las corrupciones que nos toca padecer como es que proliferen la pobreza y la marginalidad en un país plagado de riquezas naturales, que alguna vez fue una de las principales potencias del mundo.                                                                                                                 Sólo trabajando en un marco de unidad, el movimiento obrero organizado y comprometido en la defensa de los intereses nacionales, los empresarios, la Iglesia y los representantes de todos los sectores de la producción lograremos contribuir a la felicidad de nuestro pueblo. Qué así sea.

(*) Secretario general nacional del Soeme
 


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