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29 de diciembre de 2015
El kirchnerismo le declaró la guerra a Macri. La Korrupción pretende
En su lamentable resistencia disfrazada de épica, Sabbatella fue acompañado por parte de la dirigencia K, algunos sospechados de enriquecimiento ilícito, otros de tratos secretos e ilegales tendientes presuntamente a encubrir a los autores del atentado contra la Amia de julio de 1994. Todos cargaron contra el gobierno de Mauricio Macri al que acusaron de ser "un gobierno electo que actúa de facto". Una frase efectista que oculta una realidad que al kirchnerismo no le conviene analizar: si el gobierno que ha dejado el poder fuese el de Macri y el flamante gobierno fuese, es sólo un juego de suposiciones, de Cristina Kirchner, y los funcionarios atornillados en sus sillones fuesen del macrismo, ¿qué harían y dirían los dirigentes K?

El kirchnerismo le declaró la guerra a Macri.

El kirchnerismo  le declaró la guerra a MacriEl nuevo gobierno enfrenta una guerra de desgaste planteada por los aliados de Cristina      Kirchner                                                                                                                                              Los conflictos con la AFSCA, Cresta Roja y la agrupación Túpac Amaru, así como la polémica en la cumbre del Mercosur, fueron una muestra de ello 
La decisión del Gobierno de intervenir la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación (AFSCA) no es otra cosa que el primero de los pasos para desmontar el descomunal andamiaje montado por el kirchnerismo para sostener su proyecto de eternizarse en el poder. El organismo que presidía MartínSabbatella encaró las dos puntas de una pinza con la que el gobierno de Cristina Kirchner 
pretendió instaurar una política de Estado: por un lado, la persecución a la prensa independiente, a la opinión disidente y, en general, a la libertad de expresión y, por el otro, la propaganda ilimitada de los actos de gobierno de la ex presidente. Como en los viejos regímenes totalitarios del siglo XX, propaganda y persecución marcharon de la mano y bajo una misma batuta. 

El AFSCA y Sabbatella fueron también una de las más efectivas puntas de lanza de la ofensiva cultural kirchnerista que intentó demostrar lo indemostrable: que la prensa independiente es antidemocrática, es golpista y destituyente y que el deber de todo buen ciudadano es combatirla y silenciarla. 

El patético escándalo desatado por  Sabbatella , que se atornilló al sillón del organismo para "resistir" lo que calificó como un atropello del Gobierno hasta que un juez ordenó el desalojo del edificio, como si se tratara de una guarida y no de una dependencia oficial, muestra en gran parte la decadencia que acompaña a casi todo lo que roza o ha rozado al ex gobierno: Sabbatella    era un prometedor dirigente de la izquierda bonaerense, con cierto caudal popular de votos en Morón, antes de dilapidarlo todo y de convertirse poco menos que en una marioneta después de atravesar la trituradora ideológica del kirchnerismo. 

En su lamentable resistencia disfrazada de épica,  Sabbatella  fue acompañado por parte de la dirigencia K, algunos sospechados de enriquecimiento ilícito, otros de tratos secretos e ilegales tendientes presuntamente a encubrir a los autores del atentado contra la Amia de julio de 1994. Todos cargaron contra el gobierno de Mauricio Macri al que acusaron de ser "un gobierno electo que actúa de facto". Una frase efectista que oculta una realidad que al kirchnerismo no le conviene analizar: si el gobierno que ha dejado el poder fuese el de Macri y el flamante gobierno fuese, es sólo un juego de suposiciones, de Cristina Kirchner, y los funcionarios atornillados en sus sillones fuesen del macrismo, ¿qué harían y dirían los dirigentes K? 
Bajo la manta del escándalo AFSCA quedó una semana agitada que empezó con la reunión de mandatarios del Mercosur en Paraguay, donde Macri  exigió a Venezuela la liberación de los presos políticos. La canciller de ese país, Delcy Rodríguez, respondió con dureza y con una falacia: acusó al presidente argentino de "liberar a los responsables de torturas, desapariciones y asesinatos durante la dictadura". Macri no liberó a ningún represor y en Venezuela hay presos políticos.                                                                                                         Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. 
El conflicto gremial con los trabajadores de la empresa avícola Cresta Roja, otro "regalito" del kirchnerismo a la nueva administración, no terminó en desastre por milagro.                     Una violenta represión de la Gendarmería dejó numerosos heridos entre los manifestantes que durante días cortaron el ingreso al Aeropuerto de Ezeiza.                                                       Al final, triunfó algo parecido a la sensatez en manos del ministerio de Trabajo y de los delegados gremiales que acusaron a "infiltrados", el viejo sustantivo adjetivado padre de las grandes tragedias argentinas, de provocar los disturbios. 
MACRI HACE GALA DE UNA PACIENCIA QUE NO TARDARÁ EN SER VISTA COMO DEBILIDAD 
En Jujuy, la activista Milagro Sala, titular de la agrupación Túpac Amaru, salpicada por varias denuncias de violencia y que gusta rodearse de gente armada, acampa frente a la casa de Gobierno provincial en espera de que vuelva a sus manos el flujo de setenta millones de pesos mensuales que recibía del kirchnerismo y por el que las nuevas autoridades jujeñas le exigen una rendición de cuentas.                                                             La agrupación también armó ya otro acampe en la 9 de Julio en reclamo de planes de vivienda. 
¿Alguien está buscando que la impericia, la fatalidad, la estupidez o la premeditación, provoquen el primer muerto bajo el flamante gobierno?                                                        
Porque si es así, bien valdría anticipar quiénes están detrás de esos propósitos siniestros. 
El gobierno de Macri, que todavía no cumplió veinte días en el poder, enfrenta una formidable guerra de desgaste planteada por el kirchnerismo residual.                                     No responde a los ataques, hace gala hasta hoy de una paciencia que no tardará en ser vista como debilidad y confía o parece confiar en las investigaciones judiciales: la ex presidente afronta una acusación por traición a la patria a raíz de la firma del memorándum de entendimiento con Irán por el caso AMIA y también un pedido de indagatoria que la justicia extendería a su hijo Máximo, líder de La Cámpora, por el caso Hotesur en el que la Justicia sospecha lavado de dinero. 
Mientras, empiezan a conocerse unos pocos detalles de la devastación que dejó el kircherismo en su retirada del poder: tres días antes de la transmisión del mando muchos organismos oficiales renovaron los contratos de miles de empleados, una carga de dinamita con la mecha encendida en manos del gobierno por llegar; lo mismo hicieron las intendencias de los tradicionales "barones" del conurbano; uno de los intendentes flamantes del sur bonaerense encontró en las arcas municipales la bonita suma de ciento sesenta pesos como único capital; el intendente de La Plata no encuentra un número importante de máquinas viales a las que parece haberse tragado la tierra; la economía, detenida durante los últimos cuatro años, amenaza con empezar a crujir; las arcas casi vacías del Banco Central tras la retirada K, recién empezaron a recibir un flujo de dólares y, por pudor, por temor, por estrategia o porque aún no cerraron las auditorías, el Gobierno aún no dio a conocer la verdadera dimensión del desastre. 
En nombre de cuáles ideales de izquierda, de cuáles metas nacionales y populares el kirchnerismo hizo lo que hizo y hace lo que hace, es una pregunta que quién sabe si alguna vez podrá responder la historia. 

 



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