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31 de enero de 2016
LA SAGRADA MISIÓN DE LA CRISTIANDAD. Por Mario Corvalan.
Tanto los occidentales como los soviéticos “convertidos”, sueñan con un presente más venturoso. Tal parece ser el punto de encuentro del comunismo y del capitalismo: el hedonismo, el bienestar generalizado, por virtud del mercado de la ideología que ha vencido y que domina al mundo.
Lo que contará, en suma, para la unificación del mundo, será la economía a secas, la prevalencia de lo económico un principio que es muy bien visto en occidente y hace eco a la doctrina marxista del primado de la economía, o de la infraestructura:

LA SAGRADA MISION DE LA CRISTIANDAD.            Por : Mario Corvalan.

La Humanidad está en peligro.
Hoy se ha lanzado un nuevo grito de esperanza.
Tras el derrumbe del coloso soviético, que resultó un gigante con pies de barro, hay quienes piensan que ha llegado al umbral de los tiempos paradisíacos.
Tanto los occidentales como los soviéticos “convertidos”, sueñan con un presente más venturoso. Tal parece ser el punto de encuentro del comunismo y del capitalismo: el hedonismo, el bienestar generalizado, por virtud del mercado de la ideología que ha vencido y que domina al mundo.
Lo que contará, en suma, para la unificación del mundo, será la economía a secas, la prevalencia de lo económico un principio que es muy bien visto en occidente y hace eco a la doctrina marxista del primado de la economía, o de la infraestructura: esta Europa moderna, liberal, marxistante, capitalista, burguesa, fraguada por revolucionarios de opereta, reunidos a logias masónicas o supuestamente católicas, atea o agnóstica, es la antítesis de la Cristiandad.
Ni sus instituciones, ni su espíritu tienen nada de común con la Cristiandad.
La tendencia a la mundialización se manifestó también en el filón socialista, esta vez sobre la base del proletariado:
“Proletarios del mundo, uníos”.
Lenín esperaba que el capitalismo se suicidara en brazos del socialismo.
No sucedió así, sino al revés.
Lo que Dostoyesvky había predicho: de padres liberales, hijos socialistas, hoy se revierte, los hijos vuelven a sus padres.
El actual intento apunta a una sociedad mundializada, a una nueva ecúmene, una réplica de lo que fue la Cristiandad en la Edad Media, pero desacralizada.
En la cumbre, los EEUU, un poco más abajo, China y Alemania, y luego los demás.
Se acabará la Patria; no habrá filosofía ni coraje, ni idealismo alguno.
“Una gran infelicidad dentro de la impersonalidad y vacuidad espiritual de las sociedades consumistas liberales”.
Parecería una utopía soñar hoy con un renacimiento de la Cristiandad.
También debió parecerlo pensar en ella, proyectarla, aunque más no fuera con la imaginación, en la época de las catacumbas, con el transcurso de las invasiones bárbaras. 
A ello hay que apuntar, aún hoy, en medio de la situación dramática en que nos toca vivir.
Y nosotros debemos sentirnos no solamente los últimos romanos fieles a la antigüedad, eterna verdad y belleza, sino también los centinelas vueltos hacia el día invisible creador del futuro, cuando se levante el sol del nuevo renacimiento cristiano.
La España que nos conquistara es la España de los Reyes Católicos, la de Isabel y Fernando; la España que nos educó es la España de Carlos V, ante todo, quien retomó la antigua noción romana de imperio, según la cual todos los hombres eran considerados al modo de una gran familia, pero transfigurada por la idea de imperio católico como marco temporal de la expansión misionera del mensaje evangélico, entendiendo continuar el imperio carolingio, y el Imperio Romano-Germánico; y también de Felipe II, bajo cuyo reinado “la Cristiandad iberoamericana alcanzó su plenitud.
Los mejores valores de la cultura grecolatina, asumidos por el catolicismo, parecieron concentrarse en España, y desde allí, se irradiaron hasta nosotros.
Sólo un pueblo sacudido por un desorbitado dinamismo aventurero, tras siglos de batallas y de empresas arriesgadas y con una hipersensibilidad religiosa extrema, podía acometer la aventura. De donde se deduce que América fue descubierta, colonizada, cristianizada, y organizada como proyección de la singular Edad Media que padeció y gozó España.
Más aún, si los musulmanes no hubieran puesto pie en España, los españoles no hubieran podido realizar el milagro de América.
La Reconquista no fue sólo el crisol del alma española, sino también su mejor preparación para la gesta de América, porque en el transcurso de la Historia, ningún pueblo de Occidente había tenido un entrenamiento parejo al de las gestas hispanas en aventuras conquistadoras y colonizadoras.
Toda la sociedad hispanoamericana estaba impregnada del espíritu y la doctrina de la Iglesia Católica, y se expresaba en sus leyes, en sus instituciones tanto peninsulares como americanas, realmente vividas por todas las capas de la sociedad.
¿No se muestra acaso España por sus hazañas en América, por su reciedumbre casi sobrehumana, yendo y viniendo sus soldados y sus misioneros a través de mares, montañas, selvas, desiertos, ríos y llanuras?
Los siglos de lucha y esfuerzo contra el enemigo musulmán habían templado los espíritus y los cuerpos de sus guerreros, de sus labriegos, de sus misioneros y aún de sus místicos.
El honor, que tanto caracterizó al alma hispana fue la columna vertebral del descubrimiento y conquista de América.
España nos trajo el Cristianismo y la Cristiandad, es la España que vino a proclamar la Buena Nueva a los indios, levantando templos dignos de la gloria de Dios y administrando sacramentos a los nuevos hijos de la Iglesia; evangelizó la cultura, creando universidades y colegios por doquier, donde se enseñaban las ciencias naturales y sobrenaturales; evangelizó el arte, posibilitando la aparición de escuelas estéticas locales y obras de gran nivel, como las del arte cuzqueño, etc.
Quizás el ejemplo más relevante de Cristiandad haya sido el que nos ofrecieron los Padres de la Compañía de Jesús en ese gran experimento sagrado que fueron las reducciones de los indios guaraníes, donde todo el orden temporal, trabajo, cultura, arte, familia, matrimonio, propiedad, se veía vivificado por el espíritu del Evangelio.
Así fuimos engendrados, tal es nuestra matriz, por eso, tanto el liberalismo como el marxismo apenas si han logrado echar raíces en el alma de nuestro pueblo.
De ahí la insistencia de ambos para que olvidáramos nuestros orígenes y mirásemos otros modelos, que antes pudo ser la Unión Soviética y ahora los EEUU.
El primer paso para la instauración de cualquier ideología ajena al ser nacional es provocar el desarraigo, que se traduce, positivamente en el proyecto de colonización cultural, hoy vigente en toda Sudamérica.
Hoy se nos exhorta a integrar el primer mundo, y a través de él el Nuevo Orden Mundial.
La Hispanidad es quizás la alternativa valedera que estamos en condiciones de presentar frente al Nuevo Orden Mundial.
Ya Pío XII pensaba que el mundo hispánico podía constituir una disyuntiva a los grandes bloques de nuestro tiempo.
“España tiene una misión altísima que cumplir, pero solamente será digna de ella si logra totalmente de nuevo encontrarse a sí mismo en su espíritu tradicional y en aquella unidad que sólo sobre tal espíritu puede fundarse.
Levantemos, pues las banderas de nuestra tradición nacional, greco-latina-hispánica-católica. Nuestra época, a pesar de su aparente triunfalismo, es una época de naufragios.
No podemos permanecer como espectadores mudos, es preciso actuar.
Ante todo salvando, en la medida de nuestras fuerzas, los valores que hemos recibido y que todavía sobreviven y trasmitirlos a la siguiente generación.
“La Civilización no está por inventarse”, dijo el Papa Pío X, ni la ciudad por construirse en las nubes.
Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana, es la Ciudad Católica.
No se trata más que de instaurarla y restaurarla sobre sus naturales y divinos fundamentos, contra loa ataques, siempre renovados de la utopía nociva de la rebeldía y de la impiedad.
Frente a un mundo que se encarniza de la idea misma de filosofía cristiana, de costumbres cristianas, de políticas cristianas, de cultura cristiana y hasta de derecho natural, alentemos el renacimiento de un orden temporal vivificado por el espíritu del Evangelio, absolutamente diverso de mundialismo hedonista e inmanente esta que se pretende instaurar.
Hagamos eco a las palabras de Juan Pablo II: “Que se abran las puertas, todas las puertas, las de la política, de la economía, de la cultura, del arte, al Cristo Salvador”
.
LASTIMA QUE DE TODO ESTO NO SE HABLA
 
M.A.CORVALAN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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