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30 de octubre de 2016
MEDALLA AL VALOR. Por : "El Café de SDcolaro ".
Nuestros héroes.., que los tenemos, permanecen en la oscuridad, no tienen reconocimiento, Sin libros, algun film, en fin como sucedería con un actor, sin recibir el aplauso despues de una brillante actuación. Por eso creo un deber publicar esta historia en este medio, donde creo sabremos evaluar la magnitud del valor, fortaleza y capacidad de uno de nuestro aviadores que le tocó luchar en Malvinas, sin olvidar a todo el conjunto de apoyo, tanto en el aire como en tierra.

MEDALLA AL VALOR. . . 

Por : El Café de Scolaro.

          

Revelador Relato  : *** UN CAPÍTULO DE HISTORIA ***

" Este relato no es un cuento"... Es historia.  
Como siempre nos  sucede a los latinos, a diferencia de los sajones..
Nuestros héroes..,  que los tenemos, permanecen en la oscuridad, no tienen reconocimiento, Sin  libros, algun film, en fin como sucedería con un actor, sin recibir el  aplauso despues de una brillante actuación. Por eso creo un deber  publicar esta historia en este medio, donde creo sabremos evaluar la  magnitud del valor, fortaleza y capacidad de uno de nuestro aviadores  que le tocó luchar en Malvinas, sin olvidar a todo el conjunto de  apoyo, tanto en el aire como en tierra.  
HÉROE CONTEMPORANEO ARGENTINO
¡ QUE DIOS LOS PROTEJA Y BENDIGA !  
SOLO SE APRENDE A VOLAR VOLANDO..
 Viste la película ... "Top Gun" ? Si ? Y conoces la historia del  Alférez   Guillermo Dellepiane
¿ No... ? Leela... este relato es real  y Dellepiane es argentino !
Imperdonable que no conozcas este hecho  de guerra.
Tenía veinticuatro años, volaba a ras del mar y estaba a . . .  punto de bombardear un destructor y una fragata misilística.
Le decían  Piano . . .  porque se llamaba Guillermo Dellepiane, y era alférez en una  fuerza que no tenía héroes ni próceres porque jamás habían entrado en  combate.
Se trataba de la primera misión de su vida y acababa de  despegar de Río Gallegos.
Una escuadrilla de ocho aviones argentinos  avanzaba en silencio de radio hacia dos barcos británicos
.Los cuatro   primeros iban adelante y dispararían primero.
Los cuatro halcones de  atrás, a una distancia prudencial, tendrían una segunda oportunidad o  entrarían a rematarlos.
Para Piano , era una misión iniciática, la  última lección de un profesional de la guerra: la guerra misma.  
Hasta entonces todo habían sido aprendizajes y pruebas. Alférez es el primer grado de los oficiales, y Dellepiane ni siquiera había experimentado el reabastecimiento en vuelo, una compleja operación que en este caso consistía en acercarse volando a un Hércules, encajar la lanza de la trompa del A-4B en la canasta de combustible y cargar tanques para seguir viaje.
Muchos fallaban en ese intento: se ponían nerviosos y no podían meter la lanza.
"Mirá si yo no puedo, es una vergüenza", se decía.
 Estaba más preocupado por ese bochorno que por la muerte.
Pero cuando tuvo al Hércules frente a frente no falló, y rápidamente se unió a su jefe, un primer teniente, que ordenó bajar a menos de quince metros de las olas y avanzar a toda máquina. Volaban tan bajo que dejaban estelas en el mar. Ese día el cielo estaba infestado de aviones ingleses.
Era una trampa mortal, y la lógica indicaba regresar de inmediato al continente. Piano y su grupo estaban atacando un enorme vivac armado por los ingleses en Monte Dos Hermanas.
Más de dos manzanas con carpas, containers y helicópteros, un campamento desde donde dirigía la guerra el general Jeremy Moore. Dellepiane había lanzado sus tres bombas de 250 kilos, provocó destrozos, y percibió que les tiraban con todo lo que tenían.
 Desde misiles y artillería antiaérea hasta con armas de mano.
Era un festival de fuegos artificiales.
Y casi todos los pilotos se desprendieron de los tanques de reserva y de los portamisiles e hicieron una curva para regresar por el Norte, cada uno librado a su inteligencia.
Piano voló haciendo maniobras de elusión y acrobacias, y sintió impactos en el fuselaje.
Era otra vez un espectáculo increíble y aterrador.
A la altura de Monte Kent se topó con un helicóptero Sea King en pleno vuelo y le disparó.
Salieron dos proyectiles y se le trabó el cañón, pero una bala pegó en las palas y obligó al piloto inglés a un aterrizaje de emergencia.  
Enseguida, por la izquierda, vio que pasaban dos bolas de fuego que iban directamente hacia el avión de su teniente, así que le gritó por la radio "Cierre por derecha" y siguió virando hasta ver que los misiles pasaban de largo y se perdían.
Más adelante se topó con otro Sea King y volvió a intentar dispararle, pero también fue en vano: el cañón no se destrababa.
Así que en el último instante levantó el Skyhawk y pasó a centímetros de las aspas del helicóptero para evitar que el piloto de casco verde lo liquidara con su gatillo.
Luego, otro objetivo: buques.
Con el alma en vilo escucharon que, cinco minutos antes de llegar al blanco, los primeros cuatro aviones atacaban.
En el horizonte no se veía nada pero Piano se dio cuenta en seguida de que a sus compañeros no les había ido muy bien.
En dos minutos supieron que tres aviones habían sido alcanzados por la artillería antiaérea y que habían sido derribados en medio de hongos de fuego y estampidos de agua.
El cuarto avión regresaba por las suyas. Piano vio de repente los buques enemigos.
Eran efectivamente dos y les estaban disparando.
En ese momento no pensaba en la patria ni en Dios, sólo veía con una cierta incredulidad esa película fantástica y en technicolor.  
La veía como si él no fuera parte de ella.
Era un espectáculo corto y  alucinante pero sin ruidos, porque en la cabina no se oía nada.
Fueron fracciones de segundos: Piano contuvo el aliento verificando la  velocidad y la altura, y en el momento exacto en el que pasaba por  encima de uno de los dos barcos, mientras recibía y eludía disparos de  todo tipo, apretó el botón y soltó una bomba de mil libras.
Las bombas  impactaron en el destructor y le abrieron agujeros horribles y  definitivos.
Quedó fuera de servicio, pero eso Piano lo supo mucho  después porque en ese instante lo único que pudo hacer fue salir  rápido de la ratonera evadiendo misiles y huyendo a toda velocidad.   Cuando una escuadrilla dispara los aviones se dispersan y cada uno  regresa como puede.             El joven alférez se sintió solo unos minutos pero  de pronto divisó la nave de su jefe y la alcanzó. Hasta que de repente  un proyectil rasante surgido de la niebla pegó en un alerón del avión  del primer teniente.
Fue un golpe mortal a velocidad infinita que le  hizo dar una vuelta de campana, pegarse contra la superficie del  océano y explotar en mil pedazos.
Todo en un pestañeo de ojos.
Piano  lo vio sin poder creerlo pero sin dejar de apretar el acelerador.  
Descendió todavía más y prácticamente aró el mar con un gusto metálico  en la boca.
Dependía emocionalmente de su jefe.
Había bajado por un momento la  guardia, pensando "me va a llevar a casa", pero ahora estaba solo y  desesperado.
Ahora dependía únicamente de su propia pericia, o de su  suerte.
Voló un rato de esa manera, huyendo del diablo, y luego,  cuando estuvo seguro de que no lo seguían, avisó al Hércules C-130,  que los cazadores le llaman "La Chancha", e inició el ascenso. "La  Chancha" puso la canasta y sin perder el pulso el joven alférez empujó  la lanza y recargó combustible.
Después voló el último tramo casi a  ciegas: el mar había formado una gruesa capa de salitre en el  parabrisas del avión.
Fue más o menos en ese instante cuando se dio  cuenta de que estaba sucediendo algo inesperado: se estaba quedando  sin combustible.
Un proyectil le había perforado el tanque, y tenía  sólo 2000 libras.
Precisaba más del doble para alcanzar la posición de  "La Chancha". Pero no pensaba en ese momento crucial en llegar a  ningún lado sino en escapar del acoso de los Harriers.
Se desprendió  entonces de los portamisiles y siguió volando un trecho pidiéndole al  radar de Malvinas que le dijera, sin tecnicismos y con precisión,  dónde estaban sus verdugos. Los Harriers volaban a una distancia  considerable, así que ya sobre el norte del estrecho San Carlos dudó  sobre si debía eyectarse en la isla o tratar de llegar al Hércules. 
Sus maestros, en las lecciones teóricas, le habían recomendado siempre  que en una situación semejante intentara regresar.
Eyectarse  significaba perder el avión y caer prisionero.
Cruzar significaba  enfrentar el riesgo de no lograrlo y terminar en el mar.
Si caía no  podría sobrevivir más de quince minutos en las aguas heladas, y no  había posibilidades operativas de que ninguna nave pudiera rescatarlo  a tiempo.
Sus compañeros, por radio, trataban de darle consejos y  sacarlo del dilema.
Pero su jefe tronó: "Déjenlo a Piano que decida".
Y entonces Piano decidió.
Salió a alta mar, se puso en la frecuencia> del Hércules y comenzó a conversar con el piloto que lo comandaba.
Dos  hombres hicieron ese día caso omiso a las órdenes de los altos mandos:  el piloto de "La Chancha" salió de su posición de protección, entró en  la zona de peligro y avanzó a toda máquina al encuentro del  A-4B de  Piano , y un oficial de San Julián tuvo un arrebato, se subió a un  helicóptero y se metió doscientas millas en el mar a buscarlo, un vuelo completamente irregular y arriesgado que no ayudaba pero que  mostró el coraje suicida del piloto y la desesperación con que se  seguía en tierra la suerte de aquel cazador herido de combustible que intentaba volver a casa.
El alférez escuchó "Vamos a buscarte" y trató  de mantener el optimismo, pero el liquidómetro le indicaba a cada rato  que no conseguiría salir vivo de aquel último viaje.
"¿A qué distancia están?" -preguntaba cada tres minutos-. "¿A qué distancia están?"
La  radio se llenaba de voces: "Dale, pendejo, con fe, con fe que llegás".
 El alférez sacaba cuentas sobre la cantidad de combustible, que se  extinguía dramáticamente, y pronosticaba que se vendría abajo.
Y sus  oyentes redoblaban los gritos de aliento: "¡Tranquilo, pibe, con eso  te alcanza y sobra!"
Sabía que le estaban mintiendo.
Cuando llegó a  200 libras se dio por perdido.
De un momento a otro el motor se  plantaría y se iría directamente al mar.
Comida para peces.
Cuando  llegó a 150 libras recordó que eso equivalía, más o menos, a dos  minutos de vuelo. "¡No me abandonen!" -los puteó, porque había > silencio en la línea-.
De repente el piloto del Hércules C-130 creyó  verlo, pero era un compañero.
Piano pasó de la euforia a la depresión  en quince segundos.
El liquidómetro marcó entonces cero, y de pronto  Piano escuchó que lo habían divisado y vio por fin a "La Chancha".
La  vió cruzando el cielo, hacia la derecha y bien abajo.
Le pidió al  piloto que se pusiera en posición y se largó en picada sin forzar los  motores, planeando hacia la canasta salvadora.
Cuando la tuvo enfrente  le dio máxima potencia con una lágrima de combustible en el tanque y  al ponerse a tiro pulsó el freno de vuelo y metió la lanza...
 Todos atronaban de alegría en la radio y se abrazaban en tierra.
Piano también gritaba, pero quería abastecerse rápido, retomar el control y regresar a San Julián por su propia cuenta.
Pronto descubrieron que eso no era posible.
Todo el combustible que entraba, pasaba al tanque y caía por el orificio.
"Quedate enganchado", le dijo el piloto del Hércules.
No tenían alternativa.
Volaron así acoplados el resto del camino, perdiendo combustible y con el riesgo de una explosión o de no llegar a tiempo.
Fue otra carrera dramática hasta que vieron el golfo y luego la base.
Entonces el A-4B se desprendió y chorreando líquido letal buscó la pista.
Piano intentó bajar el tren de aterrizaje pero la rueda de nariz se resistía.
Estaba todo el personal de la base de San Julián esperando, y él dando vueltas, dejando estelas de combustible de avión y tratando de lograr que esa maldita rueda bajara. Finalmente bajó..., y el alférez aterrizó, se desató rápido, se quitó el casco, saltó al asfalto y se alejó corriendo del enorme lago de combustible que se formaba a los pies del A-4B. Medalla al valor...! Hubo fiesta hasta tarde y felicidad desenfrenada en San Julián.Como Piano se consideraba vivo de milagro se tomó muchas copas y tuvieron que compañarlo hasta su habitación: se durmió con una sonrisa y se despertó muy tarde.
Era el 14 de junio de 1982 y sus compañeros le informaron que la Argentina se había rendido.
El Alférez Dellepiane fue condecorado con la Medalla al Valor en Combate, y se mantuvo dentro de la Fuerza Aérea haciendo una callada carrera con foja intachable y mucha capacitación profesional.  
Hace dos años fue enviado como agregado aeronautico a Londres.  
Los ingleses lo recibieron como un gran guerrero.
Las aspas  atravesadas del Sea King que había derribado Piano en Monte Kent están  en el Museo de la Royal Navy, y el helicopterísta que conducía aquel  día estába vivo, pero retirado.

Piano consiguió su teléfono y conversó  afectuosamente con él.

Aquel alférez, convertido en comodoro, fue  invitado una tarde a entregar un premio en la escuela de aviación de  la RAF. 
Por la noche, los pilotos de guerra recién recibidos y sus  señores oficiales cenaban en un salón majestuoso de mesas larguísimas.    
Piano ocupó un lugar privilegiado, y el director de la escuela pidió " silencio y habló del piloto argentino.
Se sabía su currículum bélico  de memoria y en su discurso mostraba el orgullo de tener esa noche a un hombre que había luchado de verdad contra ellos. **************************************************************
 


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Comentarios:
Dr.Francisco Bénard »
Es realmente emocionante.
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