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24 de noviembre de 2016
Los Caballos Blancos del General - Reflexión: Por Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón
¡Caballito criollo que de puro heroico se alejó una tarde de bajo su ombú, y en alas de extraños afanes de gloria se trepó a los Andes y se fue al Perú! ¡Se alzará algún día, caballito criollo, sobre una eminencia un overo en pie; y estará tallada su figura en bronce, caballito criollo que pasó y se fue!

Los Caballos Blancos del General.                                              Reflexión:

Por :  Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón.

Tengo en mis pagos, paisano,                             

de fletes una tropilla: 

una yegua que es tordilla 

y un petizo rabicano;  

bien plantao un tobiano  

y un pangaré regalón..."

cantaba un campesino describiendo sus animales entre los que se incluían un obscuro aguatero, un zaino de linda estampa y un parejero overo rosado…-


Diríamos que el paisano describía una típica tropilla de pobre, porque los ricos se daban el lujo de tener todos de un mismo color. Para eso no se precisaba ser un potentado. “Martín Fierro” recuerda que en tiempos mejores hasta "el gaucho más infeliz / tenía tropilla de un pelo”. Los ejércitos se hacían de caballos por donaciones, confiscaciones o pillando baguales que los soldados domaban sobre la marcha. ¡Pobres matungos que si no morían en combate como el de Pueyrredón en Perdriel, el de San Martín en San Lorenzo, el de Paz en Ayohuma, morirían de sed en los desiertos o de agotamiento en esforzadas marchas interminables! Pero el soldado tiene el deber de cuidar su caballo, que es su crédito en el peligro. En mi enigmático Don de estar en varias partes que me convierte en un noctambulo imperdible después de leer a Rubén Darío: enseñando que “No se puede concebir a Alejandro Magno sin Bucéfalo; al Cid sin Babieca; ni puede haber Santiago a pie”. Le di la razón: la historia está repleta de caballos “heroicos”. Uno de ellos, Incitatus, hasta fue nombrado senador. Si se hiciera justicia, muchos personajes compartirían gloria con sus monturas. Y Bueno. Después de trasnochar leyendo historias de admirables caballos, mi energía luminosa, capaz de alejarme de mi cuerpo carnal, me transporta nuevamente –ya me estoy fastidiando - como un cordel luminoso en un viaje de revoloteo volátil. En mi bilocación nocturna, de inmediato visualice a un viejo general. Con la compostura marcial de un militar de la época, me contó que se llamaba Conrado Villegas. Estuvimos largamente charlando de episodios que integran la vasta y heroica tradición de la conquista del Desierto. Que después de pelear en el Paraguay contra López Jordán fue a dirigir la división del norte contra Pincén y Catriel. Entonces pude distinguir que sus ojos apagados empezaron a tomar mayor vivacidad. Me explicó que era coronel en ese entonces y fue con mucha esperanza, con el único ánimo de fomentar el cuidado de la caballada. No podía ni siquiera pensar que sus soldados tuvieran mancarrones rejuntados sino tropilla de un pelo. Son mis blancos. Son los blancos de Villegas. Sus célebres caballos tan victoriosos como el guapo coronel que me daba charla que se tornaba cada vez más intensa y exaltada. Eran tiempos de Avellaneda, ministerio de Alsina. Me llamó la atención que en su recuerdo únicamente puso énfasis en un golpe que de alguna manera exaltaba al indio. Al cacique. La audacia, el arrojo y sacrificio que narraba me conmovió hasta las lágrimas. El solo episodio era digno de una película, tan vivaz y dinámica como la del mejor “western” norteamericano. Y yo era el espectador único de lo que estaba describiendo en mi singular bilocación. El viejo general había comprendido, que no habría victoria posible y duradera sobre los indios si no se contaban con buenos caballos. Juntó para su regimiento seis mil animales de silla Luego, de ese lote apartó 600 pingos blancos, tordillos y bayos claros, destinados exclusivamente a servir como reserva para el combate o para una retirada imprevista. El general hablaba de sus caballos blancos como una obsesión que finalmente se convirtió en mito. Su Caballería adquirió fama legendaria, y aún entre los indios se revistió de contornos fantasmales y de leyenda. Los blancos de Villegas eran un azote para el indio y un orgullo para los soldados de la frontera. Ya como extasiado por la añoranza me narra con absoluta precisión que la noche del 21 de octubre de 1877, un grupo de indios plasmó dar un golpe de audacia al campamento que él dirigía. Era el 3º de Caballería, en Trenque Lauquen. El objetivo robarle sus caballos blancos. Después le contaron, que esa noche, como otras, los blancos habían sido encerrados en un corral, a pocas cuadras del campamento. El corral estaba delimitado únicamente por una zanja bastante profunda y ancha, que las caballadas no podían cruzar. La noche era tranquila. Nada indicaba la proximidad de los indios. La modorra fue aconándose en los párpados de los rudos hombres que protegían su orgullo y con el primer frescor de la noche quedaron dormidos sobre sus carabinas. Esta fue la oportunidad aguardada por los indios. Cuando con la diana, la guardia despertó, se halló con la novedad: ¡Los blancos habían sido robados!. La orden de mi amigo fue categórica “… No se animen a volver sin los blancos. El general los vio partir, con la mirada sombría. Después de días de búsqueda cerca de unos toldos, en el bajo de una laguna divisaron a los blancos robados!…. Con ellos, una gran caballada pastoreaba sin vigilancia a la vista. Y en el silencio más absoluto se acercaron, al paso. Los caballos blancos, no bien sintieron el ruido familiar de los sables y los gritos de sus antiguos dueños, hicieron punta hacia el camino y el resto de la caballada los siguió. Nunca arreo tan grande fue reunido en menos tiempo. ¡Los blancos habían sido recuperados! Pero el capitanejo más valiente del cacique Pincén no se iba a quedar de brazos cruzado y salió al encuentro a recuperar su trofeo. El ataque fue rechazado. Los soldados llegaron montados en los blancos. Y así, con altivo aire de conquista, como una conmovedora oleada fantasmal, entraron a Trenque Lauquen. Sin duda el general presagiaba que, a pesar de haber sido vengada la audacia de los indios, el episodio del robo de sus blancos correría por toda la pampa como una sátira aclamada, como el alarido del salvaje golpeándose la boca. Un arrojo e intrepidez desusada. Tal vez una de las últimas que se permitía la indiada y como tal, todavía más grata. Pincén ya era viejo como de setenta años, pero siempre diablo y lúcido. Tunante y travieso. El bravo Villegas -"mucho toro" era el hombre. Sí; el triunfo final tenía que inclinarse por los que además de ser valientes, sufridos, abnegados, capaces de generoso sacrificio, también tenían disciplina, organización, armas superiores. Sí, sin duda. Pero aquel 18 de octubre habrá gozado la indiada de uno de sus últimos golpes de intrepidez y locura. Seguramente el viejo general sabía que la indiada era experta para apreciar buenos caballos y se sintió honrado. Como el cacique cuando vio de a pie a la gente de Villegas mientras ellos escapaban montados en una prestigiosa tropilla de un pelo. Extasiado por la anécdota que nos marca la historia, el viejo general se despedía recitando con voz ronca y melancólica una de las tantas poesía que recitaba mi madre. “… ¡Caballito criollo del galope corto, del aliento largo y el instinto fiel, caballito criollo que fue como un asta para la bandera que anduvo sobre él! ¡Caballito criollo que de puro heroico se alejó una tarde de bajo su ombú, y en alas de extraños afanes de gloria se trepó a los Andes y se fue al Perú!   ¡Se alzará algún día, caballito criollo, sobre una eminencia un overo en pie; y estará tallada su figura en bronce, caballito criollo que pasó y se fue! 
DR. JORGE B. LOBO ARAGÓN                            



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