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24 de enero de 2018
Argentina y Rusia: los débiles y los fuertes
Se trata de una muy larga relación diplomática que desafortunadamente no es acompañada en materia comercial: poco más de 800 millones de dólares es una cifra exigua para dos actores que, más allá de la distancia física, deberían exhibir un intercambio más robusto.

Argentina y Rusia: los débiles y los fuertes.

 Fuente :  Soberanía Digital

Por : Alberto Hutschenreuter*

Durante estos días Argentina y Rusia celebran en Moscú un encuentro que seguramente arrojará resultados fructíferos, pues el terreno para la cooperación entre los dos países es vasto. Se trata de una muy larga relación diplomática que desafortunadamente no es acompañada en materia comercial: poco más de 800 millones de dólares es una cifra exigua para dos actores que, más allá de la distancia física, deberían exhibir un intercambio más robusto.
Pero dejemos de lado el factor geo-comercial y, aprovechando el encuentro entre un actor débil internacional pero con potencial de ascenso y un actor preeminente con el que, guste o no, habrá que contar, ampliemos el enfoque y concentrémonos en cuestiones que merecen atención y meditación estratégica.                                                                         
Consideremos todos los países del globo, pero sobre todo aquellos menos fuertes (pero viables) y, por tanto, con menor capacidad de respuestas a diferentes retos que se presenten; son estos actores los que deberían apreciar e interpretar las múltiples crisis que acontecen en las principales “placas geopolíticas” del globo, como así otras, sobre todo aquellas hipotéticas y latentes que se desprenden de lo que ha sido habitual en el mundo, es decir, la seguridad, competencia, los intereses, la ambición, el temor, la autoayuda, la dominación, etc., y que pueden suponer una amenaza o impacto en su segmento de seguridad nacional.
Desde estos términos, existe una pluralidad de “situaciones” sobre la que los países laterales, retóricos o que “no cuentan” en el orden interestatal deberían meditar, de cara a un siglo que presenta pocas certezas sobre el porvenir, sin esquemas de orden y, es necesario repetirlo, con los clásicos de siempre en liza.
En primer lugar, como efectivamente desde hace tiempo vienen advirtiendo expertos como Paul Kennedy, la ONU (y prácticamente todo el abanico multilateral) sufre un proceso de declinación en relación con sus capacidades para cumplir con su propósito central, cual es la salvaguarda de la paz y seguridad internacionales. Teniendo presente que la organización inter-gubernamental es el principal foro para la declamación y amparo de los países débiles o poco influyentes del escenario interestatal, la realidad es por demás preocupante.
Segundo, queda suficientemente claro que el instrumento militar es uno de los activos centrales del poder nacional; y aunque puedan existir tiempos de concordia global, continental o regional, con dicho instrumento sucede lo que sucede con los extinguidores de fuego: siempre se debe disponer de un dispositivo “cargado y actualizado” (Charles De Gaulle acostumbraba decir que “las Fuerzas Armadas no servían para nada, hasta que todo dependía de ellas”).
Tercero, hay quienes consideran que la geopolítica se halla en retirada; sin embargo, la crisis es contundente en relación a su vigencia. Más todavía, vigente en su versión más extrema: la apropiación de territorios y recursos.
Uno de los más efectivos mensajes que contiene la globalización es que sumarse a ella exige des-geo-politizarse, es decir, abandonar aquellos sistemas o amparos nacionales.      Así fue que la “globalización 1.0” fue enormemente efectiva en lograr que muchos Estados “desmontaran” sus aparatos regulatorios, creando de este modo situaciones de fácil acceso (centralmente a bienes económicos) para los actores que impulsaron la globalización.
Una “globalización 2.0” no solo implicaría “más de lo mismo”, sino que los países no fuertes consideren mercancías de alto valor sus espacios nacionales, es decir, oportunidades para (como sucedió con aquella primera globalización) transitar rápidamente el camino del crecimiento y el desarrollo ofreciendo “facilidades” a otros para que utilicen dichos espacios.
La alerta es sobre todo pertinente para aquellos “países de geopolítica cero”, es decir, actores con dilatados espacios terrestres, aéreos y marítimos, pero con inconvenientes, ineptitudes, etc., para desarrollar poder terrestre, aéreo y marítimo.
Cuarto, la integración regional no necesariamente implica una dirección inalterable en la que se superan intereses nacionales y todos parecen compartir los mismos enfoques en materia de prioridades, riesgos, exigencias, etc. 
Esto muy bien se puede apreciar en el espacio más integrado o “pos-nacional” del globo: Europa; al punto que hoy no hay una sola Europa sino “varias Europas”, desde la de mayor velocidad hasta la gradualista, pasando por la de los intereses nacionales primero e incluso la “no Europa”, es decir, la de las fuerzas que rechazan y hasta repudian la integración.
En relación con la integración o complementación regional latinoamericana, el “peso de los intereses primero” se pudo constatar en ocasión del voto en la Asamblea General de la ONU que condenó la anexión rusa de Crimea: la región exhibió una inquietante división (Argentina se abstuvo).
Quinto, la discusión acerca de ilegalidad y legalidad puede ser fútil frente a la primacía de intereses nacionales. 
Siempre será condenable, claro, una acción ilegal, pero las relaciones interestatales han sido, son y continuarán siendo relaciones de poder, no de derecho.
Por último, en relación con esto último (y con el punto tercero) la cuestión de los recursos estratégicos es central, pues los mismos son uno de los tópicos que podrían poner en duda capacidades efectivas de los países (no preeminentes, claro) para gestionarlos y, por tanto, ser pasibles estos países de presiones (legales incluso) para “compartir” dicha gestión con otros Estados u organizaciones: una “combinación de soberanía westfaliana y soberanía formal”.
Pero también puede sobrevenir, como advierte Helio Jaguaribe, una “nueva era imperial de suministros”, frente a la que de poco servirán los tratados y avales internacionales; es decir, una “aplicación sin sutilezas de la soberanía westfaliana”.
En suma, existen otras situaciones a considerar, pero aquí tenemos realidades suficientemente preocupantes para países “anémicos” en términos de defensa y poder nacional, dos conceptos aparentemente perimidos, pero que volverán a reclamar atención y algo más en los años venideros.

Alberto Hutschenreuter.
*Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum laude, USAL). Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas ( FLACSO). 
Profesor Titular de Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra Aérea. 
Ex profesor en la UBA. 
Fue Director del Ciclo Eurasia en la Universidad Abierta Interamericana. 
Ha sido director del medio Equilibrium Global. 
Columnista y colaborador en revistas especializadas nacionales e internacionales. 
Autor del libro “La política exterior rusa después de la guerra fría” (2011), 
“La Gran Perturbación. Política entre Estado en el siglo XXI” (2014).
 Coautor de Debate Internacional, Escenarios actuales” (2014), y
 El Roble y la Estepa, Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy (2016).


Soberanía Digital | enero 23, 2018 en 7:01 pm | 
Alberto Hutschenreuter, 
Argentina, Geopolitica,   Politica exterior,   Relaciones Internacionales,   Rusia | 
Categorías: Geopolítica, Política exterior | URL: https://wp.me/p8B8QZ-5hV



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