ECONOMIA EN TONO PINOCHO.

Clarín

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Por :  Oscar Martínez.

Buenas tardes, Rodolfo Atilio.

Hoy vamos a comenzar por los datos duros.

La inflación mayorista del mes de agosto fue del 18,7%, contra un índice de precios minoristas del 12,4%.

¿Qué podría significar este número? En principio que hay un porcentaje de aumento en muchos precios que fueron absorbidos -o no reconocidos todavía – por la cadena de distribución y venta.

Pero nadie quiere perder plata, y por eso no es descabellado que este mes primaveral algunos sectores tomen revancha y recuperen márgenes de ganancias.

La «estrategia» antiinflacionaria del ministro-candidato parece ahora más clara: un súbito fulgor de precios, devaluación incluida, y luego a disfrutar de los congelamientos y los diversos mecanismos de seducción monetaria de la campaña: devolución de IVA, Ganancias (ya volveremos), bonos, sumas fijas, y toda la lluvia de pesos destinados a entrar al ballotage. Después, con los números en la mano, vemos cómo le explicamos a Kristalina Georgieva la piñata electoral. Y si no, será el turno de «los otros».

La intención es bajar la inflación este mes (por ahora estaría por debajo de agosto, pero ahí nomás) y poder mostrar precios más civilizados antes de llegar al cuarto oscuro el 22/10 y con algún dinero adicional en el bolsillo.

Sería bueno que lo logre por todos nosotros, aunque después habrá que esperar el tsunami del descongelamiento del dólar, energía, tarifas y combustibles, entre otros.

Una esperanza: si entra a una segunda vuelta el ministro-candidato habría otro mes de tregua para los bolsillos. Pobre consuelo, pero mejor que nada.

De todas maneras, casi todo indicaría que diciembre sería un mes como para no olvidar.

Un asunto discutible pero que evitará discusiones estériles en la Popular de la Economía: no es mala praxis.

Es una política deliberada para ganar las elecciones. Así de sencillo. No debe haber juicio moral en eso. Es un escrúpulo pacato y sensiblero (¡guau! qué fuerte suena) apelar a la moral y las buenas costumbres cuando está en juego el poder. Es una especie de dogma de la política que abarca principios y credos.

Aleluya hermanos.

Ya pasó con el crédito del FMI, ¿recuerdan? Y sucede ahora mismo con el silencio hipócrita -pero eficiente en la coyuntura- de los libertarios que tocan su propia canción casi en modo zen. 

Lo hacen junto al ubicuo Luis Barrionuevo, curtido representante de una casta más perdurable que la política.

Dato: fue el que dijo que si un gobierno no roba dos años la Argentina resuelve todos sus problemas.

Lo importante es que las medidas alcancen para el 22 de octubre y se explican por la necesidad oficial de llegar bien parados al 12 de noviembre, en caso de ser necesaria una votación entre los dos candidatos más votados.

La gran incógnita, en términos de este explosivo desguace de cualquier prolijidad macroeconómica en la que se sumergió el oficialismo, es qué podría pasar si el candidato-ministro no es de la partida.

Podría haber algún antecedente ya que una leyenda urbana (rural en este caso) sostiene que el ex gobernador de Catamarca, senador y titular del PJ, Vicente Leónidas Saadi, por caso, no entregaba la segunda zapatilla en caso de perder las elecciones. Los gorilas ya no saben qué inventar.

Por acción u omisión.

Por olvidos o memorias.

Por gritos o silencios, por críticas o alabanzas, la campaña rumbo al 22/10 asumió un tono digno de Pinocho.

Si algo no es del todo verdadero (sutileza necesaria para evitar malos entendidos), alcanza que llegue a un oyente indicado para convertirse casi en artículo de fe.

Después, qué importa del después,

toda mi vida es el ayer

que detiene en el pasado.

Sentido homenaje a «Naranjo en flor» en la voz de Roberto Goyeneche.

Ganancias y pérdidas para todos.

Según fuentes oficiales, el cese del pago de Ganancias para 800.000 trabajadores que ganan hasta 15 salarios mínimos, unos $2.000.000 al mes, le élite asalariada, costará algo así como un billón de pesos al año.

Todo el mundo se agarra de la cifra como un hierro (candente o helado, según cada uno) en uno de los mejores ejemplos de falta de institucionalidad del país. Una carencia que incluyó al ahora ministro-candidato.

El tema es que ese impuesto, como muchos otros, debían ajustarse por el Índice de Precios Mayoristas, el IPIM del comienzo, pero la disposición fue anulada por la Ley de Convertibilidad, que prohibió de jure las actualizaciones.

Por eso, y porque ningún gobierno ni siquiera nacional y popular derogó esa ley totalmente (es verdad, averigüe estimado lector) cada vez más empleados comenzaron a pagar el impuesto a la ganancia por el simple expediente oficial de no elevar el mínimo no imponible.

Tampoco las deducciones autorizadas, que tienen montos ridículos y en muchos casos injustificables al estilo latrocinio. Por cierto, que hubo mejoramiento en los niveles de ingreso a partir de 2005.

Pero también es verdad que la necesidad fiscal hizo que se apelara al mecanismo de aplazar la actualización de los valores mes tras mes.                                                                                          Año tras año.                                                                                                    Y de este sistema también participó activamente el firme defensor de los asalariados, en plena campaña electoral ahora, cuando fue jefe de Gabinete.

Tampoco lo hizo la oposición (¿hierro frío o candente?), cuando estuvo en el gobierno y aprovechó ese mecanismo perverso para no perder ingresos fiscales, como sí lo hizo con otros impuestos distorsivos que afectan a las empresas.

De haber aplicado la actualización como correspondía, otro sería el cantar. Aunque el ex presidente Macri prometió derogarlo en la campaña electoral. Más o menos como ahora.

Mucho menos se escuchó la voz de los sindicalistas que «ganaron la calle« para apoyar la buenaventurada medida electoral para esas 800.000 personas cuando al gobierno le quedan tres meses de presencia. Fueron pocos los gremios que protestaron hace años.                 Hoy lo festejan incluso aquellos dirigentes cuyos representados apenas escapan de la línea de pobreza. Que son muchos más que esos 800.000 agraciados con toda justicia.

Hablemos de las otras deudas.

Salgamos un poco de la campaña para comparar vis a vis con otros desembolsos, el monto de la cifra que se «pierde» por la eliminación de Ganancias. Aprovechamos para recomendar las excelentes notas que viene publicando Clarín.

La deuda remunerada del Banco Central asciende a la bonita suma de 20 billones de pesos, algo así como el 11% del PBI, que generan intereses por 1,8 billones al mes. Comparado con este valor, la «pérdida» fiscal de Ganancias es muy, muy pequeña.

Tampoco es nuevo.                                                                                    Desde que asumió como ministro el ahora también candidato, esa deuda (que se expresa en el stock de Pases y Leliqs) trepó casi un 200%. ¡Sorpresa!

La diferencia es que mañana, por decir algo, el gobierno puede anular los subsidios, cortar de raíz los beneficios para los más pobres, etc., etc. Pero esa deuda del Banco Central y la consiguiente usina de emisión multimillonaria de pesos seguirá funcionando.

Para Facimex, los pasivos remunerados del BCRA triplican la base monetaria y sus intereses son el principal motor de la emisión. Y se trata de un pasivo deliberado, como antes dijimos, no es mala praxis.

Cuentos para adultos.

 

El debate por la rebaja en el impuesto a las Ganancias para trabajadores en relación de dependencia fue, sin dudas, un espectáculo digno de Gepetto.

No, la ropa no.                                                                                                    El carpintero ¿remember?                                                                Bueno, como existe wikipedia podemos seguir.

Aquellos que pocos años atrás derogaron rebajas impositivas aduciendo la necesidad de equilibrio fiscal, se rasgaron las vestiduras (pueden ser pintadas en madera para estar a tono) para defender los ingresos de la cúspide de los asalariados hasta   $2.000.000, piso.

Otros legisladores, que defendieron aquellas rebajas impositivas se quejan amargamente, como jubilados en una reunión de consorcio, por el costo fiscal que deberá afrontar la próxima administración (que suponen serán ellos).

El tercero en discordia, primus inter pares, en tanto deja que el río fluya y suma un toque de coherencia en medio de sus arrebatos al aprobar la rebaja. Además, y bien lejos de las motosierras, se reúne con un símbolo de la casta sindical. Sin ponerse colorado.

No es que todos mientan, aunque realmente lo hagan, sino lo admirable para cualquier mortal es que lo hacen con ese sublime desparpajo de saber que una nariz estirada se resuelve con algún toque de cirugía. En una clínica privada, sin turnos ni copagos.

¡Feliz Primavera!                                                                                              Y nos reencontramos el próximo miércoles.

OSCAR MARTINEZ.