EL PERMANENTE TRIUNFO DE LO INESPERADO . . .

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Festejos en el búnker de Unión por la Patria, Sergio Tomás MassaFestejos en el búnker de Unión por la Patria, Sergio Tomás Massa.            Rodrigo Nespolo.

La política está en ebullición.                                      Por lo menos, está en ebullición la dirigencia, que está tomada también por el desconcierto general que domina a toda la sociedad por una razón bastante evidente: está triunfando, repetidamente, en este trance electoral que vive la Argentina, lo inesperado

Era inesperado para la mayoría de los electores que Javier Milei, con La Libertad Avanza, ganara las primarias.  Fue inesperado para la mayoría de los electores, aun cuando algunas encuestas lo habían previsto, que Massa ganara la primera vuelta.                                                                              Y ahora estamos de nuevo en presencia de una gran incertidumbre, que anida más que nada en la voluntad del electorado y que se refleja sobre las dificultades de los principales candidatos.

Sabemos algo desde hace tiempo.                            Lo preveíamos y estaba sugerido en muchos movimientos que suceden en la política: hay una tendencia inquietante a la fragmentación. 

Lo que se insinúa es que la Argentina entró en una nueva época que se distingue de la anterior, porque ya no organiza la política alrededor de dos bloques.                                          La polarización impedía el diálogo y el acuerdo, pero que le daba un orden más nítido a lo que sucedía.

Ahora vemos tendencia a la dispersión, sobre todo en el campo opositor.                                                                        Y esto inquieta y nos llama a la preocupación ya que miramos los desafíos enormes que plantea la economía y la necesidad de estabilizarla y, cuando miramos el instrumental de la política, vemos que ese instrumental puede no ser el más eficiente. 

De hecho, el bloque más homogéneo, que es el del Gobierno, solo sacó 37% de los votos.

Sorprendió el triunfo de Massa en relación con su propia performance en las primarias, pero sorprende también la caída del oficialismo en más de tres millones de votos entre la elección de Alberto Fernández en 2019 y las de este año.              También ahí hay, si no fragmentación, fuga de votos y pérdida de consenso. 

No hay que dejarse distraer por lo anecdótico.         

Lo importante al final de todo es qué instrumental va a quedar a disposición de la sociedad argentina para que la política resuelva la crisis económica. 

¿Le va a saber dar respuestas el sistema político a las expectativas angustiantes de la sociedad respecto de los problemas económicos?                                                              Ésta es la pregunta de fondo de toda esta película.

Existe una clase política amenazada.                        Milei, con la motosierra, encuentra una metáfora exitosa, por más que sea discutible, para expresar un malestar social muy extendido por parte de la sociedad respecto de los dirigentes. Expone una crisis de representación y, como siempre, esa crisis de representación asusta al político. En el fondo, el consenso, el favor de las mayorías, termina siendo misterioso. Una de las manifestaciones más evidentes de este estado de temor y alarma de los políticos respecto de los votantes es la crisis que vemos en los procedimientos, sobre todo en la oposición. Ha habido en los últimos días una especie de festival de mala praxis, que es la manifestación superficial de una crisis que atraviesa  Juntos por el Cambio y cuyo resultado desconocemos. Todavía no sabemos qué va a pasar y cuál es el destino de esa fuerza política durante y después de este proceso electoral. Va a depender muchísimo de quién se imponga en las elecciones.

La crisis que estamos viendo en estos días en JxC no es un fenómeno desencadenado por los resultados electorales. 

Los resultados electorales precipitaron un proceso mucho más antiguo. 

Es difícil fechar estas historias en su comienzo, encontrarles la partida de bautismo.                                                                              Pero podríamos remontarnos a principios de abril de 2018, cuando aparece la primera disidencia encarnada en Alfredo Cornejo y Elisa Carrió respecto de un aumento de tarifas de Mauricio Macri.                                                              No era una discusión energética.                                      Ni siquiera una discusión fiscal.                                          Que estas haciendo Macri con tu gestión en relación con nuestro electorado?”.                                                                        Esa es la pregunta que se abrió.

“Estás llevando adelante una gestión económica que nos va a hacer perder nuestra base electoral”, le reprochaban.                                                                      Esa discusión que se abre con aquel aumento de tarifas en abril, y que es anterior a la corrida cambiaria que se desencadenó a fines de aquel mes, se agudiza por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y por el programa de ajuste que va ligado al acuerdo con el FMI. Empieza a haber una discusión que incluye a figuras del Pro. 

Empieza a haber una disconformidad de sectores importantes de esa coalición con la gestión de Macri. 

Esto decanta después en estrategias electorales. Es cierto, la estrategia electoral final fue llevar a Macri como candidato a la reelección. Pero si uno repasa todo el proceso, va a recordar que muchos de los que hoy están peleados con Macri por su apoyo a Milei, en aquel momento, desde mediados del año 2018 en adelante, empezaban a pensar en alternativas que después no se realizaron. 

Por ejemplo, una candidatura de María Eugenia Vidal o de Roberto Lavagna, quien finalmente terminó siendo un candidato independiente. Estamos viendo que las raíces de lo que está pasando hoy son bastante profundas.

Todo esto se agudiza, aparece expuesto, amenaza con la fractura, porque desaparece de escena el principal factor de unidad de Juntos por el Cambio: la presencia de un kirchnerismo amenazante. 

O, en otras palabras, la presencia de una Cristina Kirchner proyectándose a partir del 2011 como la titular de una especie de hegemonía o autoritarismo bolivariano, que iba contra la prensa, la Justicia y generó un gran motivo para la unidad opositora.  Desaparecido ese factor amenazante, eclipsado el kirchnerismo, y sin la presencia de Cristina, que tiene una capacidad extraordinaria para ocultarse como por arte de magia, las razones por las cuales los distintos protagonistas de esa coalición opositora encuentran motivos para la unidad empiezan a volverse difusas. 

Y se preguntan “¿Qué hago yo con este otro al lado?” Y se responden a sí mismos: “Tenés que acordarte de lo que pasaba en el año 2012, 2013 y 2014. ¿Te acordás de aquello?”.

Hay que reconstruir aquel clima hiperkirchnerista para entender una unidad que, desprovista de ese clima, se fragmenta.

En el fondo de esto, hay lo que los estudiosos de la ideología, formas de pensar, y visiones del mundo que atraviesan a la política, llamarían como un “conflicto de sensibilidades”. 

En Juntos por el Cambio hay dos sensibilidades que históricamente se llevan mal. Una de ellas es la sensibilidad del radicalismo, sobre todo a partir del liderazgo de Alfonsín. La otra es la sensibilidad conservadora.

Es mucho más difícil, si no hay un motivo muy poderoso de por medio, que se entiendan un radical con un conservador a que se entiendan un radical o un conservador con un peronista.