ENTREMOS A LA CASA DE MACRI . . . ¿…?

Clarín                                                  Cafe

LA INTIMIDAD DEL PODER

Hola Rodolfo Atilio

El martes, a las ocho y media de la noche, Antonia Macri abrió el portón de su casa en Acassuso.

Entraron Javier y Karina Milei.                                            Fue el principio de todo.

Te invito a entrar a la casa de Mauricio Macri para contarte los secretos del acuerdo con Milei: las conversaciones, las dudas, quiénes participaron del cónclave y hasta dónde alcanzan las negociaciones rumbo al balotaje con Sergio Massa. 

Pero antes vamos a pasar por el departamento de Patricia Bullrich, en Palermo, donde la candidata a presidente de Juntos por el Cambio empezó a decidir el apoyo, el lunes a las 2 de la mañana.

Bullrich convocó a sus aliados a su oficina de campaña, ubicada a solo cien metros de la Casa Rosada.

Hoy te cuento todos los pormenores del cambio de estrategia.

También nos vamos a meter en el universo Massa.

Sus primeros mensajes, post victoria, apuntaron a seducir a viejos amigos, que hasta el domingo eran sus rivales.

¿Qué les dijo?

El escenario electoral del 19 de noviembre está abierto.

Entremos juntos a la intimidad del poder.

Nos reencontramos el próximo domingo, que tengas una hermosa semana.

SANTIAGO FIORITI

Del editor

Macri rescata a Milei por temor a que Massa repita el ciclo del dormitorio.

La jugada del ex presidente es a cara o ceca.

Puede salirle bien o marcar el final de su carrera ¡.

Lo moviliza el recuerdo de otro matrimonio político y el plan de quedarse 20 años en el poder.

Por :  RICARDO KIRSCHBAUM

La derrota de Patricia Bullrich, que la dejó fuera del balotaje, detonó lo que se venía incubando desde hace demasiado tiempo y que solo una victoria –o su posibilidad– podía detener.

Aún en ese caso era dudoso el futuro de Juntos por el Cambio. 

El modo y las formas que utilizó Macri para firmar su certificado de defunción revelan su urgencia compulsiva para tratar de evitar que se corporizara su peor pesadilla.

Ya se sabe cómo se juega la política en la Argentina en este siglo.

Se resuelve en un dormitorio: lo intentó la astucia de Néstor Kirchner, alternándose por turnos de cuatro años con su mujer Cristina.

Su súbita muerte frustró el plan de quedarse veinte en el poder pasándose la posta con su esposa, hoy todavía protagonista central del drama nacional.

Macri piensa que Sergio Massa, si triunfa, como buen discípulo de las artes políticas de Néstor, aunque con otro contenido, puede reavivar esa dinámica con su esposa Malena Galmarini, dueña también de una inocultable ambición política.

El precio de la emboscada que tendió Macri a sus sorprendidos invitados -esperarlos con Javier Milei en su propia casa sin que éstos supieran de su presencia allí- es todavía una incógnita pero tiene ese trasfondo.

Sí se descuenta que el filoso riesgo de la jugada es un cara o ceca.

Si Milei, con el auxilio del séptimo de Caballería de Macri, gana la segunda vuelta, el ex presidente habrá acertado su movida y se convertirá el poder detrás del trono en un gobierno que necesitará ayuda en todo sentido.

Si ocurre lo contrario, pagará por el error y terminará con su carrera política.

Así de simple.

Aunque de finados políticos, cualquiera puede verlo, está llena nuestra política.

El acuerdo Milei-Macri tuvo una consecuencia directa inmediata, afectando los dos eslóganes exitosos del libertario: pactó con la casta sobre la que había derramado su escatología y mandó la dolarización al freezer.

La motosierra perdonaría también al Banco Central. El libertario, acicateado por Macri, queda aún más aferrado, como principal motor para su voto, a un elemento nada menor en la vida argentina: el antikirchnerismo.

Mejor dicho, el antiperonismo redivivo en una elección de gran polarización.

Pero todavía más que eso, el desastre económico que le da marco a esta elección.

El principal combustible que movió a Macri a hacer lo que hizo fue crear la única posibilidad de impedir que Massa sea presidente, tratando de reconstruir en teoría el gran frente opositor quebrado por impericia de Juntos por el Cambio, por la irrupción de Milei como outsider y por la habilidad del ministro-candidato de fomentar y respaldar esa aparición.

Jugó y mucho el factor personal, no solo razones políticas. La inflación, la falta de reservas y el dólar tomando nuevamente impulso para desbocarse, es el marco de la inquina de Macri con el candidato de la UxP. Ese sentimiento le es retribuido por su adversario con igual dosis de odio personal. Así como se especula que Massa sería mucho más eficaz que Alberto Fernández para intentar esterilizar los juicios abiertos contra Cristina, aunque se espera que los jueces resistan cualquier embateMacri puede temer que se reavive el frente judicial contra él.

Al menos así lo dicen fuentes que solían dialogar con frecuencia con el ex Presidente.

La separación con los radicales y con Carrió, paradójicamente los que lo ayudaron a su ajustada victoria en 2015 sobre Scioli, era una vieja cuenta a saldar. A sus aliados Macri les endilga la responsabilidad de no haber podido hacer lo que quería hacer cuando ocupó la Casa Rosada. Admisión de su propia impotencia.

Lo que Macri y Bullrich querían impedir fue que las discusiones frustraran una clara definición a favor de Milei. 

Sospechaban con certeza que los radicales y Carrió apostarían a la “neutralidad” que directa o indirectamente significa jugar para Massa.

¿Por qué entonces la ruptura de JxC dominó la escena y hasta oscureció la elección de Milei?

La primera razón es porque el libertario se llevó una pared por delante.

Por inexperiencia, soberbia o la combinación de ambas cosas, creyó que su populismo de derecha ganaría en primera vuelta.

El resultado lo metió en un brete del que lo intenta rescatar Macri, con condiciones que le restan al libertario el dudoso atractivo que había despertado en un electorado dispuesto a saltar sin red. Un electorado que, hay que reconocer, es amplio.

Hay un hecho que hay que seguir con atención: los diez gobernadores de JxC se declararon neutrales. Ellos tienen que gobernar con Massa o con Milei por lo que tienen que conservar el equilibrio. ¿Harán campaña por el libertario en sus provincias? ¿O dejarán que los hechos fluyan?

Rodríguez Larreta también tomó distancia y su socio Santilli, sorprendido en la emboscada, enmudeció entonces para decir después que Juntos por el Cambio se reformulará, con otros actores.

Es decir, sin Macri y sin Bullrich, entre otros.

Anuncian que harán oposición cualquiera sea el presidente.

Sus definiciones no son garantía de que el electorado haga lo que le plazca, en estos tiempos en los que la disciplina partidaria es papel mojado.

En este juego de mancha venenosa, vuelan las facturas sobre presuntas relaciones públicas y privadas de dirigentes de JxC con Massa.

Por ejemplo, le endilgan a Ritondo, alineado con el ala mileista del PRO, haber coincidido con el ministro en la defensa de un ex fiscal de la zona norte bonaerense.

Ese trasiego aumentará en los días por venir.

Y después, posiblemente más, pero también con el resultado de no penetrar en un electorado cada vez más impermeable a las maniobras. 

Y Milei se pasteurizó para encajar en el acuerdo con Macri.

No interpreta muy bien ese papel de varón o león domado.

De pronto Massa se encuentra ante una posibilidad que hace muy poco tiempo parecía imposible.

Demostró que no le tiembla la mano para jugar su mayor ambición utilizando todas las herramientas del Estado en su favor del modo que más le convenga.

Cada día tiene más problemas –la falta de nafta se agrega a la larga lista de necesidades, rememorando en la Argentina de Vaca Muerta la escasez de combustible de la Venezuela de Maduro– pero persiste en mostrarse como alguien que directamente no tiene que ver con el gobierno que de hecho preside.

Ese espejismo lo trajo hasta aquí y, de alguna forma, lo ha ayudado a autoconstruir su liderazgo en el peronismo. Ya nadie lo discute porque es una posibilidad concreta de seguir en el poder, a pesar del gobierno desastroso de Fernández y… de Massa. Y eso es un arte político en el que el justicialismo es imbatible.

Ricardo Kirschbaum

Editor General de Clarín